Jorge Vignolo y Daniela Lopes son ciudadanos uruguayos. Pero quizá son menos ciudadanos uruguayos que otros ciudadanos uruguayos.
Se trata de dos uruguayos, pertenecientes a la Flotilla Global Sumud que busca desde hace tiempo romper el bloqueo que Israel impone sobre el ingreso de alimentos, medicamentos y cualquier otro tipo de artículos para la población de Gaza, que es objeto de un metódico proceso de asfixia contra unos dos millones de palestinos. Un genocidio que no ha dejado casi ninguna técnica ni práctica de exterminio sin desarrollar: bombardeos, invasión terrestre, diseminación y/o facilitamiento de enfermedades y epidemias, hambre, destrucción de hospitales y asesinato masivo y selectivo de personal de salud, entre muchas otras atrocidades. Todavía hay nueve mil prisioneros rehenes palestinos en manos de Israel, en condiciones dantescas, muchos de ellos menores de edad y buena parte de ellos sufriendo torturas inenarrables.
La Flotilla Global Sumud se dirigía a Gaza para romper el bloqueo de Israel sobre esa zona de Palestina cuando, a unos mil quilómetros de Gaza, en pleno Mediterráneo y en aguas internacionales, las 22 embarcaciones fueron interceptadas por la Marina israelí. Casi dos centenares de activistas humanitarios -incluyendo a los dos uruguayos- fueron secuestrados por militares israelíes y llevados a un barco cárcel israelí. Allí muchos de ellos fueron golpeados y torturados, y todos ellos sufrieron maltratos. Permanecieron en ese barco cárcel unas 30 horas y el 1º de mayo el barco cárcel entró en aguas territoriales griegas, donde los prisioneros fueron transferidos a un barco griego y llevados a Creta, a un puerto petrolero. 34 de los cautivos tuvieron que ser llevados urgentemente a un hospital por las heridas sufridas en manos israelíes. El resto permanecieron, en pésimas condiciones, en manos griegas, quienes los hicieron caminar varios quilómetros hasta un aeropuerto cercano. Buena parte de ellos debieron caminar descalzos. En el aeropuerto, casi todos los integrantes de la flotilla eran esperados por representantes diplomáticos de sus países, con pasaportes en la mano para que pudiesen retornar a sus hogares. La flotilla incluye a personas de muchos países del mundo. Pero ningún diplomático uruguayo estaba esperando en el aeropuerto a los dos secuestrados uruguayos, que ni siquiera tenían documentos para viajar. Y aquí quedaron varados hasta que pudieron retornar al país gracias al apoyo de activistas griegos.
A esta altura no debe extrañarnos en absoluto la actitud del gobierno uruguayo, de este gobierno uruguayo, respecto al genocidio de los palestinos a manos de Israel.
Nuestro gobierno ha desarrollado, desde que asumió, una capacidad asombrosa para dar unas cabriolas dignas de gimnasta olímpico para evitar condenar a Israel, no importa la atrocidad que cometa.
En medio de los más salvajes bombardeos masivos de Israel sobre Gaza, nuestro canciller Mario Lubetkin propuso traer a Uruguay jóvenes palestinos para que aprendieran técnicas agrícolas. La sensación -al menos de quien escribe estas tristes letras- al conocer esa iniciativa fue la de presenciar a un gobierno uruguayo, en 1942, ofreciendo a los judíos del campo de exterminio nazi de Treblinka pasantías para estudiar enfermería. ¿Útil? Claro, pero completamente inútil para detener la masacre que sufrían. Casi, casi, una burla.
El asalto pirata israelí contra la flotilla Sumud fue fuertemente condenado por muchos gobiernos, incluyendo los de España y Brasil, dos estados que tenían a varios activistas entre los secuestrados. Pero ni una palabra de ese tipo salió de los labios del gobierno uruguayo.
Nuestro gobierno, nuestros gobiernos, han mostrado a lo largo de la historia sensibilidad hacia la situación que han vivido o viven uruguayos en el exterior. Es parte de las responsabilidades de cualquier Estado, proteger los derechos de sus ciudadanos, cuando viven situaciones difíciles en el extranjero.
En este caso, dos uruguayos fueron secuestrados ilegalmente en aguas internacionales y hechos prisioneros ilegalmente, y maltratados. Y no sólo no hubo ninguna protesta oficial: tampoco hubo, al parecer, el mínimo apoyo imprescindible para los compatriotas secuestrados. Qué pena.