Hace muchos, muchos años, en febrero de 1990, un flamante diputado llegaba al Palacio Legislativo, a la sesión inaugural de la legislatura.

No querían dejarlo ni estacionar en el Palacio.

¿Por qué?

No le creían que fuese diputado porque fue a la sesión en su motito, al parecer una vieja Honda 50.

El flamante diputado era José “Pepe” Mujica, quien después sería senador del Frente Amplio (FA), ministro de Ganadería en el primer gobierno del FA con Tabaré Vázquez como presidente y después presidente de la República.

Además de todo eso, antes, mucho antes, había sido también uno de los principales líderes de la guerrilla tupamara, estuvo preso varias veces, la última de ellas durante 13 años, como rehén de la dictadura, que sería asesinado si hubiese aparecido una lucha armada contra el régimen militar.

Como si esto fuera poco, Mujica llegó a ser un líder mundial, conocido como “el presidente más pobre del mundo”. Siendo presidente se negó a vivir en la residencia presidencial de El Prado en Montevideo y se quedó en su humilde chacra. Cambió su moto por un auto, un “escarabajo”, un Fusca, uno de los más baratos y humildes vehículos de cuatro ruedas que uno pueda imaginar.

“El presidente más pobre del mundo” fue admirado en todo el planeta, visitado en su chacra por mandatarios extranjeros, artistas y músicos célebres, con varios documentales sobre su vida. Sus discursos y frases apelando a la humildad y el elogio de la modestia en la vida personal han sido escuchados y vistos muchas millones de veces en redes sociales. Basta ir a cualquier parte del mundo y escuchar las mismas palabras de parte de los extranjeros cuando se enteran de que somos uruguayos: “¡¡Ah, Luis Suárez, José Mujica!!”. “El Pepe”, sobre cuya vida y obra se podría discutir largamente, el presidente más pobre del mundo, donó en toda su carrera política buena parte de sus ingresos. El 90% de su salario como presidente se destinó al Plan Juntos, de construcción de viviendas para las personas y familias menos favorecidas. Ese fue el primer presidente de la historia perteneciente al Movimiento de Participación Popular (MPP).

Ahora, volvamos a la actualidad, cuando tenemos, desde hace poco más de un año, al segundo presidente de la República perteneciente al MPP, Yamandú Orsi.

Y mientras Mujica era “el presidente más pobre del mundo”, Orsi parece ser “el presidente de la camioneta Hyundai de alta gama”. Muy alta gama, de una valor de US$ 75 mil.

No hacemos otra cosa que hablar de Orsi y su camioneta, desde hace días.

Se puede decir que no hay delito alguno: la camioneta la compró -con una llamativa rebaja de US$ 25 mil- en febrero de 2025, cuando aún no era presidente de la República, aunque ya hubiese ganado las elecciones. Como parte del pago de la camioneta entregó su viejo vehículo y además otro, casi nuevo, que le había sido anteriormente donado a él mismo para su campaña electoral por otra automotora. Es verdad, utilizó su camioneta personal en lugar de un auto de Presidencia en buena parte de sus traslados, en su primer año de gobierno, lo que significó quizá un ahorro para el Estado. Todo esto está comprobado y es cierto. Y al parecer no hay delito alguno en todo el asunto.

El Mujica del Fusca y de la motito, “el presidente más pobre del mundo”, fue, además de una máquina de juntar votos, además de una celebridad mundial, un presidente con una popularidad a nivel local envidiable para cualquier otro mandatario aquí o en el extranjero. Mientras, el segundo presidente de la historia del mismo grupo político, Yamandú Orsi, lucha en las encuestas con altos niveles de desaprobación, incluso entre sus propios votantes, y tiene su nombre asociado no a un Fusca sino a una de las camionetas más de alta gama, de las más caras que se pueden comprar en el país. Bueno para Orsi y su gobierno, este asunto no es, con toda seguridad.