Nos inspiraba a que eleváramos la mirada. Su exhortación tenía un doble propósito, uno vinculado a la arquitectura y a la docencia: que apreciáramos y disfrutáramos del patrimonio edilicio de la ciudad, de los detalles y de los estilos arquitectónicos; el otro, igualmente valioso, que eleváramos las miras, los anhelos, los sueños y para que, entre todos, construyéramos una sociedad solidaria y justa, sin el protagonismo de los egos. María Luz Morosoli Lupi abrió caminos, fue pionera y marcó a muchas generaciones. Cuando la cosecha es tan fecunda, el olvido es imposible.
Siempre supimos de su trayectoria. Nuestro Semanario AREQUITA nos brindó la hermosa posibilidad de conocerla con mayor profundidad. Su generosidad nos permitió publicar en nuestras humildes páginas una formidable serie de artículos en los cuales, con su minuciosidad y rigurosidad, entrelazaba la historia de la ciudad, desde su fundación, explicaba los estilos arquitectónicos empleados en su construcción y el desarrollo del entorno con la incorporación de los nuevos barrios, desde el llano, con un lenguaje que todos pudiéramos comprender, sin enfrascarse en tecnicismos que la alejarían de los lectores.
Fuimos testigos de su inclaudicable lucha para que se integrara la Comisión Departamental de Patrimonio y de su profunda indignación cuando la piqueta fatal del progreso y la desidia sepultaban sitios patrimoniales, tradiciones y recuerdos.
Exigente… ¡Vaya que fue exigente! En primer lugar, consigo misma, con encontrar la palabra correcta y la imagen precisa que ilustrara cada detalle de sus artículos. La misma rigurosidad que exigió cada uno de sus diseños arquitectónicos aplicó a otros tantos órdenes de su vida, con la virtud de saber colocarse en el lugar del otro, de establecer un día de entrega del material a publicarse y cumplirlo con cero falta (e incluso de adelantar artículos para disfrutar tranquila de sus vacaciones estivales en familia).
Fue una profesional de consulta para cientos de estudiantes, para muchos arquitectos del presente que enriquecieron sus carreras escuchándola, siguiendo sus consejos y teniendo presentes su trayectoria y su experiencia.
Sufrió la dictadura de las más crueles maneras. Respondió anteponiendo su esencia, su grandeza.
Algunas veces charlamos con el grabador encendido. Emocionaba la ternura con la que recordaba a sus padres y con la cual que hablaba de Ana, su hermana, igualmente inolvidable.
La mañana del miércoles 19 de agosto de 2020 fue una de las más frías de la vida. Plena pandemia, todo era incertidumbre. Tapabocas y distanciamiento físico... Con sus 90 años, seguramente desoyendo recomendaciones médicas, María Luz Morosoli Lupi estaba allí. Su cuerpo pequeño, su figura enorme. Estaba allí. Para abrazar desde el alma, para dar su voz de aliento. Imposible olvidarlo.
Se ha ido un tiempo, un estilo de abrir caminos desde el conocimiento, el convencimiento, la pasión. Sin pedestales, porque la humildad no es debilidad y la bondad nunca será una muestra de vulnerabilidad. Para quienes tuvimos la fortuna de conocer a María Luz Morosoli Lupi, ese tiempo perdurará, eterno como el gracias, enorme como ella, que hoy le dedicamos desde Primera Página Dominical.
Álvaro