No le importó cuánto tiempo llevara, por dónde la conducirían los caminos de la vida, las horas de sueño perdidas ni los casilleros retrocedidos. Les prometió a sus padres que sería Doctora en Medicina y acaba de conseguirlo. Lidia Fernández tiene 65 años y su historia de sana tozudez son ejemplo para muchas personas que, ante la primera adversidad, tiran la toalla.
«Muchas gracias por todas las felicitaciones. Solo les digo que se puede. Nunca dejen de estudiar. La edad es solo un número. Siempre se puede y no importa lo que les digan», escribió Lidia en redes sociales. Sobre su última guardia en el hospital de Río Branco, publicó: «Gracias, desde el personal de vigilancia a la empresa de limpieza, al archivo médico, a los administrativos y a la enfermería», especialmente a la doctora Ana Paula Terra, «mi mentora, quien confío en mí, me apoyó y me enseñó». El 31 de julio, al igual que sus compañeros, la novel doctora tuvo su fiesta de egresada rodeada de sus afectos más cercanos. Sorprendida por la repercusión que continúa generando, y notoriamente emocionada, dialogó con Primera Página Dominical.
Lidia vive en Montevideo, donde nació. Viajaba a Río Branco, Cerro Largo, «para realizar la última parte del internado» en el hospital local. Tiene dulces recuerdos de su pasaje por Minas, por ruta 8, sobre todo de los alfajores que distinguen a estos lares.
EL CAMINO
Se recibió de enfermera «porque, entre otras cosas, quería saber si me gustaba o no la medicina». Entró a trabajar al centro hospitalario «Pereira Rossell», en el sector de Neonatología, donde estuvo 40 años. «Luego revalidé muchas materias por medicina y fui licenciada del Banco de Leche Humana», contó.
Contrajo matrimonio, al poco tiempo quedó embarazada, nació su hijo, y sus estudios en la Facultad de Medicina quedaron en pausa. «Cuando mi hijo tenía 11 meses, sentí que me tironeaba hacia la puerta: quería jugar en la placita. Entonces cerré los libros. La facultad siempre iba a estar, pero yo no podía perderme la niñez de mi hijo», evaluó.
LA PROMESA
El impasse en los estudios se extendió durante 15 años. «Después se enfermó mi papá, después mi mamá y bueno, mis prioridades volvieron a cambiar, hasta que un buen día retomé los estudios, rendí las materias pendientes y el 31 de julio me recibí de médica», relata con naturalidad, más allá de que acceder al título fue parte de una promesa que realizó a sus padres.
«Cuando enfermó mi papá, le dije: te prometo que voy a ser médica. Cuando enfermó mi mamá, que padeció durante unos seis años discapacidad motriz, por lo que tuve que dedicarme de lleno a su atención, hice otro tanto. No me arrepiento, lo volvería a hacer mil veces», enfatizó.
También siguió con la carrera para «darle ese orgullo a mi hijo» y mostrarle, a través de su acción -no solo de palabras-, que «siempre se puede. Por donde voy les digo a las funcionarias que tienen que estudiar, que no importa qué es lo que vayan a hacer en el futuro. El liceo, la escuela, la UTU, la facultad, todo el mundo puede estudiar».
RETOMAR
Los caminos de la vida se encargaron de establecer los tiempos que Lidia necesitaría para cumplir con su promesa, «aunque fue bravo retomar los estudios luego de tanto tiempo transcurrido», porque se encontró con compañeros de su misma edad recibidos hacía bastante tiempo. Fue bravo, ya que «sentimos discriminación por nuestra edad», algo que no la detuvo, ni hizo replantearse su objetivo, porque «llegó un momento en el cual me dije: no me importa lo que digan. Yo tengo que hacerlo… y lo hice».
El último examen fue oral, de un teórico de quinto año. Hasta ese momento, en forma alternada, «yo hacía los cursos y los salvaba, pero transcurridos tres años pierden valor por lo que hay que comenzar desde cero. Pasaba el tiempo y yo no tenía la mente como para dedicarme al estudio, porque cuando en la familia hay una persona sufriendo una enfermedad, nadie tiene cabeza como para seguir estudiando como si esa situación no le afectara. Entonces iba, salvaba, pero los terminaba perdiendo y a volver a empezar», nos contó sobre el proceso vivido como estudiante de la Facultad de Medicina.
LA RECOMPENSA
Como ocurre cada 31 de julio, la generación de nuevos médicos celebra el acontecimiento. En Montevideo, los festejos se volvieron a desarrollar en la zona del Parque Batlle. Como correspondía, Lidia tuvo su fiesta de egresada. Fue en Río Branco, junto a familiares y amigos. «Me dije: empiezo en Río Branco, termino en Río Branco. Yo hice la guardia con la doctora Ana Paula Terra, muy conocida en Minas, en Río Branco, en Melo, una excelente profesional. Yo tenía que terminar con ella, porque ¡tengo tanto para agradecerle! No solo académicamente. Nunca me preguntó absolutamente nada, como suelen hacer otras personas: ¿por qué retomaste? ¿qué vas a hacer? Cuando salimos de la guardia, a las 8 de la mañana, siempre tomamos un cafecito. De repente en el lugar estaban mi hermano, mi hijo y mi sobrino, quienes habían viajado esa noche de Montevideo para acompañarme, junto a unas amigas. Fue tremendamente emocionante para mí», subrayó.
Entre lágrimas, por la mente de la doctora Lidia Fernández pasó la película de su lucha por obtener el título de médica, por cumplir la promesa que les había hecho a sus padres. «A partir de la última semana de julio estuve muy llorona, muy sensible, recordando a mis papás, llorando y llorando. Al mismo tiempo, veía que lo había logrado y respiré profundamente».
Muchas veces pensó ciertamente en abandonar la carrera, pero siempre algo la hizo continuar. Su determinación se sobrepuso a las dudas y mientras muchas personas quedaban por el camino, su voluntad y el compromiso asumido fortalecían su espíritu.
“SE PUEDE”
Lidia le transmite a su hijo que «si yo puedo, vos también puedes hacerlo», mensaje que transmite a todos. «En el trabajo, a las muchachas en el Banco del Leche les preguntaba cuándo habían terminado el liceo. Si alguien decía que no lo había concluido, le respondía: ah, no, acá todos terminan el liceo, como forma de estimularla a que continuara estudiando. Y no solo terminaron el liceo, sino que ahora son enfermeras recibidas, porque se puede, siempre se puede, y no quedarse nunca en el debe. Si a alguien le gusta ser cocinero, al menos tiene que intentarlo, no puede quedarse con el ‘me hubiera gustado…’», opinó.
EL DESPUÉS
Con sus 65 años, Lidia Fernández se encuentra próxima a acceder a la jubilación. Con el empuje y con el carácter que la distinguen, continuará en actividad, sobre todo por la nueva etapa que se abrió en su vida el 31 de julio pasado. A su vez, «hace muchos años, instalé en mi casa un consultorio de estética. Siempre paso a paso, como he hecho todo en mi vida. Compré una máquina, después otra, y bueno, ahora voy a dedicarme a lo que tanto me gusta hacer».
Para el año que viene piensa cursar un posgrado, «si Dios quiere. Pero este año me voy a quedar tranquila. Me lo merezco», nos comentó entre risas.
Con sinceridad, admitió que nunca esperó que su historia tuviera tanta repercusión. «Cuando mi hijo me indicó que mirara las visualizaciones que tenía lo que había publicado, porque la gente no sabía que estaba terminando la carrera, no lo podía creer. Hice la carrera en forma silenciosa, porque estaba cansada que me preguntaran: ¿cuándo vas a terminar? ¿qué vas a hacer después que termines? Incluso algunas de mis compañeras no sabían que me había recibido. Ocurre que llega un momento en que una aprende a bloquear los malos pensamientos, por salud mental, y a continuar su camino, en este caso con final feliz», expresó la doctora Lidia Fernández a Primera Página Dominical.