Patricia nació el 1 de octubre de 1972. No fue en un hospital, ni asistida por una partera. Su bienvenida a este mundo fue en cautiverio. Nibia Díaz López, su madre, había sido detenida meses atrás. Son inseparables, desde la vecindad a los principios que guían sus acciones. La historia de ambas se mantuvo en silencio durante largos años, los necesarios para encausar el trauma sufrido, y conoció la luz, junto a los relatos de mujeres que transitaron situaciones similares, en el libro Maternidad en prisión política: Uruguay 1970-1980 (Editorial Trilce).
Recientemente, en el Centro Diocesano Casa de la Juventud «Monseñor Edmundo Quaglia» de Minas se llevó a cabo la charla y muestra fotográfica denominada Maternidad en prisión política, a cargo de Nibia Díaz y Sandra Díaz. La actividad se enmarcó en el cuadragésimo noveno aniversario de la desaparición de Margaret Burgueño, ocurrida en Buenos Aires. Nibia compartió su conmovedor testimonio con Primera Página Dominical.
Nibia Nelly Díaz López nació en Vergara, departamento de Treinta y Tres, y se crio en la zona de Rincón de Ramírez, en el límite con Cerro Largo. Es la hermana mayor. Comenzó la escuela en Montevideo, mientras residía en casa de familiares, retornó a Treinta y Tres para cursar Secundaria y volvió a la capital del país para estudiar Química y Farmacia. «Cuando la huelga del ’68, volví a Treinta y Tres porque no podía seguir gastando dinero sin ir a clases. No pude retomar los estudios en ese momento porque me hice cargo de mis hermanos menores. Mis padres estaban en un campo en las afueras de Treinta y Tres y yo llevé a mis hermanos a la ciudad».
MILITANCIA
Nibia comenzó a trabajar como Ayudante en el Laboratorio de Química del liceo de la capital olimareña y a viajar a Montevideo como estudiante de IPA (Instituto de Profesores Artigas) «para perfeccionarme en el dictado de clases en una etapa nada fácil para el IPA, porque existían cupos e ingresaban muy poquitos alumnos» y porque «había asignaturas que no se dictaban por falta de docentes en aquellos años».
Realizó suplencias en el liceo de Treinta y Tres, en la asignatura Ciencias Físico Químicas, hasta que en 1963 pudo concursar y de esa forma obtuvo la efectividad para desempeñarse en el cargo. Allí desarrolló su actividad docente, así como la militancia gremial, primero a nivel estudiantil y luego en el sindicato de la educación, sumado a su militancia a nivel político, más allá de que «en 1958 voté al Partido Nacional sin ser militante de dicha colectividad política. En aquellos momentos, la izquierda era incipiente en Treinta y Tres», rememoró.
LA DETENCIÓN
En 1971, en el contexto político y social que vivía el país, fue detenido Nery, su hermano menor, el único varón de los hermanos Díaz López. El 14 de julio de 1972, transitando un embarazo avanzado, Nibia también fue detenida.
Antes, «allanaban asiduamente mi casa y, estando en Montevideo -mi pareja trabajaba allá-, me siguieron en varias ocasiones, lo que también me pasó en Treinta y Tres. Por ese motivo, busqué la manera de salir del país, como hicieron tantos uruguayos que fueron perseguidos por cuestiones políticas e ideológicas. En esas circunstancias, un día hice una vuelta rara y en mi pasaje por Pirarajá fui detenida».
Fue recluida en el cuartel de Treinta y Tres, donde «el médico que estaba allí, milagrosamente, era una muy buena persona, el doctor Héctor Ventos, a quien, luego de muchos años, visité en su consultorio. Nos dimos un abrazo y tuvimos la oportunidad de tener unas lindas charlas. Una gran persona, sin dudas. Siempre trato de rescatarlo, porque a él le debo mi vida y la de mi hija».
Nibia llegó al lugar de detención padeciendo una insuficiencia renal. Ante dicho cuadro, «Ventos me trajo en forma inmediata a Montevideo, donde quedé internada en el Hospital Militar para hacer mi tratamiento, sin retornar a Treinta y Tres, donde había declarado lo mínimo, pero donde, lastimosamente, me armaron el expediente».
DEFENDER LA VIDA
A su lucha por sobrevivir en prisión y en esas condiciones, Nibia sumaba el cuidado del bebé que en pocos meses vendría al mundo en idénticas circunstancias. «Fue tremendo. Transitamos por diferentes etapas, con un recorrido por casi todos los cuarteles de Montevideo, porque cuando me sacaron del Hospital Militar, mi panza era muy avanzada y todo era inminente. Viví lo que vivieron las demás compañeras. Jamás hubo algún tipo de consideración con las embarazadas. Por eso, muchas compañeras perdieron sus embarazos, por las torturas recibidas. Uno de los niños nacidos quedó con una lesión en el oído y los médicos estaban prácticamente seguros de que había sido a consecuencia de los golpes recibidos por su madre en la barriga».
Consultamos a Nibia sobre la manera en que logró sobreponerse a situaciones extremas y, al fin, poder dar a luz en la adversidad más extrema. «Fue un esfuerzo personal importante y con un colchón de sostén de las demás compañeras, porque había un equipo médico y hasta psicológico dentro de los cuarteles, algunas con título y otras sin él, todas con mucho conocimiento y compromiso», resaltó.
A su vez, argumentó, «la propia juventud y el convencimiento de lo que una defendía fueron fundamentales» porque, comentó, «el compromiso de la juventud era muy importante en aquella época, junto a una indisimulable dosis de idealismo, convencidos de que el cambio era posible, más allá de que habíamos sufrido la pérdida de muchos jóvenes estudiantes en la lucha por el boleto gratuito. Estuvimos en los velorios y fuimos a los entierros sin pensar que íbamos a ser fichados o que terminaríamos apresados por haber cometido el pecado de pensar y por defender lo que pensábamos. Es algo que les comento a mis nietos. Muchas de las cosas que disfrutan en la actualidad se concretaron por la lucha de muchas personas y que algunas de ellas, por ese motivo, perdieron la vida».
PATRICIA
Recluida, padeciendo torturas y toda clase de arbitrariedades, Nibia dio a luz el 1 de octubre de 1972. Ese día llegó Patricia, su primera hija, a un mundo injusto y con derechos arrasados, lejísimo de la bienvenida que todo recién nacido merece. «A Patricia la tengo a mi lado. Somos vecinas, inseparables para siempre. Vive al lado de mi casa, tiene tres hijos y es docente de química, por lo que, de alguna manera, sigue mis pasos y la fruta cayó cerca del árbol», citó.
Por supuesto, aquel 1 de octubre de 1972 es inolvidable para Nibia. En todos los sentidos imaginables. «Hace poco tiempo procesaron al médico -Ramón Rodríguez de Armas- que me atendió en la primera parte del parto. Fue terrible. Las mujeres que estaban allí, junto a la enfermera y a la partera estaban aterradas. Me dopó, me suministró un relajante muscular y por supuesto no pude hacer el trabajo de parto. De esa manera sufrí toda la noche. La situación cambió al otro día, con el cambio de guardia y con el ingreso del doctor Viera, quien me salvó la vida».
Nibia, en esas condiciones, debía hacer un curso acelerado de madre, rol para el cual no existen manuales explicativos, mucho menos en el contexto le tocaba padecer. «Todo es instintivo», respondió ante nuestra pregunta sobre el tema. «Luchas por tu supervivencia y por la de tu hija. Los primeros pasos los transité sola. Al poco tiempo nos reunieron a todas quienes habíamos pasado por el parto en un mismo lugar, pero la maternidad tiene mucho de instintivo, como ocurre con el resto de los animales, que tienen que sus hijos y se las arreglan solos, o con las mujeres indígenas que parían solas, prácticamente».
Nibia y Patricia, su hija, vivieron diferentes etapas, con la amenaza latente, ya en dictadura, de que la niña le fuera arrebatada. «El equipo de Pediatría del Hospital Militar no estuvo de acuerdo con que nos separaran. Mientras tanto, en detención sorteamos varias epidemias, de diarrea, de gripe, de bronquitis y de broncoespasmos... Un solo niño fue entregado a su familia; su salud era insostenible. Hizo un cuadro muy grave, estuvo en el CTI y la mamá, una chiquilina joven, tenía una familia estable».
En 1973, las mujeres y sus hijos fueron trasladadas al cuartel de Blandengues, donde «todo era bastante llevadero, dentro de la realidad que nos tocaba vivir, porque allí estaba la guardia presidencial, la cual no intervenía en la represión». Cuando el lugar se repletó en su capacidad, el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES) fue el nuevo destino. «Ahí sí era terrible, porque entrenaban a la policía militar femenina para reprimir a las mujeres. En ese lugar, los oficiales hacían sus posgrados, estaban (José Nino) Gavazzo y (Jorge) Silveira, entre otros, toda esa caterva, lo peor de lo peor. Nos visitaban diariamente. Te estabas bañando y ellos entraban a las duchas tranquilamente», graficó.
Sobre lo vivido en el IMES, «sufrimos plantones de noche con los niños encima de nosotras. Allí lo derivaron a Seregni en ese momento. Fue tremendo. La comida era espantosa. Hacíamos malabares para poderles hacer la comida a los nenes con lo que la familia ingresaba».
En 1974, los intentos por separarlas de sus niños continuaban siendo reiterados, más allá de la opinión en contrario del equipo de Pediatría del Hospital Militar. Patricia no llegaba a los dos años y por ese motivo no guarda recuerdos de aquella etapa de su vida. Sí los mantiene el diputado Gabriel Otero (MPP- Frente Amplio), autor del libro La fila de los inocentes. Una historia de niñez en cautiverio político, quien vivió situaciones similares a las padecidas por Patricia.
EL REENCUENTRO
Nibia Díaz López fue liberada el 16 de setiembre de 1980. Patricia fue a esperarla en compañía de Nery, su tío materno. «Fue un momento sumamente emotivo. En Maternidad en prisión política: Uruguay 1970-1980 fue publicada una carta escrita por Patricia. Me impresiona, sobre todo la parte final, donde dice que revalorizó todo lo vivido cuando tuvo a su primera hija, por todo lo que sintió y por pensar en lo que yo había sentido en su momento. Sobre nuestro reencuentro, en el final de la carta dice: ‘Es la primera vez que veo a mi mamá en colores’, ya que hasta ese momento solo me había visto en tonalidades grises. Tenemos una relación bárbara, al igual que con su padre», mencionó.
Nibia definió a Patricia, su primera hija, como «una trabajadora impresionante, responsable con los gurises, con su trabajo y con sus hijos, un ser adorable».
Patricia prefiere no hablar demasiado de la etapa que hoy nos convoca. «Lo maneja bien al no tenerlo tan presente», opinó su madre, «más allá de que cada tanto pregunta y que mantiene informados a sus hijos sobre lo ocurrido».
DEUDA Y NECESIDAD
En 2010, a través de Editorial Trilce, fue publicado el libro Maternidad en prisión política: Uruguay 1970-1980, realizado por un grupo de trabajo integrado por Nibia Díaz, Silvia Fiori, Marisa Malcuori y Graciela Valdés, bajo la coordinación de Graciela Jorge. El libro reúne testimonios de muchas mujeres que, a través de la escritura, pudieron revivir la experiencia personal y colectiva de la prisión política. Convivieron en condiciones muy difíciles los primeros meses de vida de sus hijos, la enorme mayoría de ellos nacidos en prisión.
La realización de esta publicación surgió a partir de una necesidad y de sentir que existía una deuda dentro de la sociedad uruguaya. «De estos temas no se hablaba. Se habían llenado hojas de tinta, pero nadie hablaba de las mujeres que habían tenido a sus hijos en prisión y los habían criado en ese contexto durante la dictadura. Por eso sentimos que teníamos una deuda, primero con los gurises y luego con la sociedad», argumentó.
Nibia considera que haber podido hablar de estos temas fue parte de un proceso que insumió muchos años. Respaldada por la psicología, afirmó que «se trata del tiempo en el cual una demora en verbalizar el trauma, va en relación directa con ello. Es lo que ocurrió con el libro, que salió a luz luego de diez años de trabajo. Nos costó muchísimo hacerlo porque no pudimos desgrabarlo (se realizó a partir de entrevistas grabadas) nosotras, ya que eso hacía que reviviéramos nuevamente todo lo sucedido. Al material lo enviamos a desgrabar a España porque aquí no nos animamos a que se hiciera esa tarea», comentó acerca de algunas cuestiones que aún persisten entre quienes padecieron la dictadura.
EN CASA DE LA JUVENTUD
Recientemente, en el marco del cuadragésimo noveno aniversario de la desaparición de Margaret Burgueño, en Casa de la Juventud de Minas se llevó a cabo la charla y muestra fotográfica Maternidad en prisión política, a cargo de Nibia Díaz y Sandra Díaz.
«Lamentablemente, la convocatoria registrada no fue la que esperábamos», admitió con sinceridad Nibia. Más allá de este hecho -no es un dato menor-, prefirió valorar que «la charla estuvo buena» y que en ella participara «un chico de 16 años», ya que considera «imprescindible que las nuevas generaciones conozcan de primera mano qué ocurrió en Uruguay hace unas décadas».
La poca participación registrada en la ciudad de Minas, de acuerdo a lo afirmado por nuestra entrevistada, también se dio en Treinta y Tres, «aunque allí hubo más gente y la actividad se enmarcó dentro de la temática de la perspectiva de género, donde participaron las compañeras Beatriz Pereira y Sandra Díaz, quien fue detenida con 16 años, en 1975, por el accionar de un militar que vivió muchos años en Minas, (José María) Lete. Él me interrogó. Fue tremendo, una persona terrible. Yo fui muy amiga de su hermana, quien era maestra y una gran persona, nada que ver con este militar, ella una mujer encantadora. Se comunicó con mi hermano cuando se enteró que había sido liberado. Cuando yo salí, fui a verla, cuando ya estaba radicada en Montevideo. Es increíble cómo dentro de una misma familia puede haber personas que sean tan diferentes».
COMPROMISO
Arribando al final de la charla con Primera Página Dominical y analizándolo en retrospectiva, a la luz de lo vivido y de todo lo sufrido, preguntamos a Nibia Díaz López si tanta lucha había valido la pena. No dudó un instante en respondernos: «No reniego de absolutamente nada de lo vivido. Era una mujer joven que se plantó ante la realidad que se vivía en aquel momento. Asumí el compromiso que consideraba qu edebía tomar. De repente, alguien puede decir que fue un error. No lo considero de ese modo, porque sentí que estaba haciendo lo que debía hacer. Lo hablo con mis hijos y ellos entienden. La relación que tengo con mis hijos (Patricia y Rodrigo) es divina, al igual que con mis nietos. Patricia y Rodrigo asumieron con orgullo ser hijos de quiénes son y siguen nuestros pasos a través de su compromiso con la vida y del momento que les toca vivir».