por Virginia Piedracueva
Fue muy discutido dónde colocar la placa de la memoria aprobada por la Junta
Departamental de Lavalleja, si dentro del Batallón de Infantería Nº 11 o fuera de él. Lo que
puede parecer banal determina no solamente quiénes podrán verla, sino su valor simbólico
y hasta metafórico.
Adentro del cuartel, como se lo llama popularmente, y en general por las noches, eran
ingresadas personas del pueblo arrancadas abruptamente de sus casas, trasladadas con sus
cabezas encapuchadas. Allí se las mantenía en “plantones” infinitos donde los pies se
llagaban, la orina transcurría sobre sus piernas y pies y cuando se llegaba al límite de la
resistencia, los cuerpos caían a pesar de la vigilancia y culatazos ensañados en mantenerlos
erguidos. Plantones donde los cuerpos se acalambraban de frío, sed y hambre. Era lo más
benévolo que podía ocurrir a los “huéspedes” forzados de este lúgubre y gélido lugar.
En ese adentro oscuro se los sometía a “submarinos” y a picana eléctrica, con menor o
mayor intensidad, en las partes más sensibles del cuerpo. Los gritos llegaban a los que aún
no había tocado el turno o tal vez no les tocaría esta vez. Con algunos detenidos/as la
crueldad llegaba a extremos inconcebibles, como la tortura de un familiar en su presencia, o
la trasmisión de sus gritos. Mi viejo no pudo discernirlo, se limitó a decir que había
escuchado las cosas más atroces que hubiera podido imaginar, y que a Godofredo, el médico
del pueblo, y al maestro Homero los habían destrozado.
Un adentro que apresaba personas en la oscuridad de la noche y a veces también las
liberaba antes del amanecer, encapuchados, luego de extensos recorridos en que eran
dejados en un camino vecinal, totalmente desorientados y lejos de la ciudad, con marcas en
sus cuerpos e imborrables gritos grabados en su memoria.
Con 15 años intentaba entender y digerir. Mi padre era parco para contar lo que había vivido
adentro del cuartel. Otros padres, llevados con el mío aquella última vez, relataban a su
familia sin escatimar detalles. Pero el viejo sólo estuvo allí tres veces y en ésa decidió tomar
en serio lo que le dijeron algunos milicos en el cuartel. Habían sido alumnos suyos y le tenían
aprecio: “váyase Piedra Cueva, váyase que esto se va a poner peor”.
Febrero del 76, a más de tres años de aniquilado el movimiento tupamaro, era hora de
migrar para este profesor de Historia de 51 años con cinco hijos de 6 a 17 años. Hora de dejar la ciudad elegida cuando ganó el concurso nacional por oposición y méritos, para empezar de cero en otro país. Hora de dejar de profesor y pasar a vendedor de estufas y cortacorrientes puerta por puerta en el país vecino. Pero también hora de dejar el terror que siguieron viviendo tantas personas queridas.
Ese adentro del cuartel que interrumpió y arruinó vidas fue el mismo que vació al pueblo de
gente valiosa y comprometida. Un adentro que también fue destruyendo el afuera. Aquella
ciudad donde abundaron sólidos profesionales -docentes, médicos, artistas, técnicos- fue
vaciada. Así como mi vieja, destituida en un acto solemne “por el bien de la patria” de su
cargo de directora de una escuela rural, hubo quienes fueron perseguidos, allanados y en
definitiva expulsados, encarcelados o marginados de la sociedad a la que pertenecían.
A iniciativa de la Comisión Departamental de Sitios de Memoria y el colectivo “Todos Somos
Familiares Lavalleja”, y superada la polémica acerca del lugar y el texto, fue aprobado por
mayoría en la Junta departamental que sea colocada una placa frente al cuartel que dice:
“Este edificio del Batallón de Infantería Nº11 fue centro de tortura entre 1968 y 1984. Nunca
más terrorismo de Estado”. Según informa esta Comisión más de 165 personas habrían sido
detenidas clandestinamente y torturadas en ese lugar entre 1968 y 1984, un período más
amplio que el de la dictadura militar.
Simbólicamente, colocarla fuera del cuartel y no en su interior, evita encerrar la placa en la
misma oscuridad en que actuó el terrorismo de estado tras sus paredes.
Metafóricamente esta placa señala que en el “afuera” del cuartel es donde quedaron las
infames huellas que despojaron cultural y humanamente a una sociedad que hace décadas
busca reconstruirse.