Mañana se conmemorará un nuevo aniversario de uno de los días más fatídicos y tristes de la historia nacional, el golpe de Estado cívico militar del 27 de junio de 1973.

Fue un miércoles muy frío el del 27 de junio de 1973, cuando ya tempranito nos enteramos de que el Parlamento había sido disuelto. Wilson Ferreira Aldunate, líder del Partido Nacional (PN) y férreo opositor al golpe junto a varias de las principales figuras del partido, ya estaba en la clandestinidad, porque sabía que irían por él. Conseguiría escapar hacia Argentina y en los años siguientes sería uno de los principales exponentes de la resistencia a la dictadura en el exterior, denunciando sus atrocidades en cuanto foro tuviese oportunidad, incluyendo el Congreso de los Estados Unidos. El propio Wilson escaparía por muy poco, tres años después en Buenos Aires, a un operativo conjunto de esbirros argentinos y uruguayos, militares y policías, que pretendía secuestrarlo, desaparecerlo o simplemente asesinarlo. Otras dos de las principales figuras de la oposición democrática al golpe, los legisladores Zelmar Michelini (Frente Amplio, FA) y Héctor Gutiérrez Ruiz (PN) no tuvieron tanta fortuna. Fueron secuestrados por esos mismos escuadrones y asesinados, en un operativo realizado en Buenos Aires pero definido y planificado por la cúpula de la dictadura, encabezada por el presidente de facto, el colorado Juan María Bordaberry.

El general Líber Seregni, fundador y líder del Frente Amplio, decidió quedarse en el país y fue encarcelado por muchos años. Recién sería liberado, gracias a presiones internacionales, en 1983.

Seregni fue un preso político de muchos miles. De hecho, en esos años Uruguay fue el país con mayor cantidad de presos políticos (más de seis mil) en todo el mundo, respecto a la población.

Y un país donde la tortura era rutina para los prisioneros políticos. Prácticamente todos pasaron por ella, y muchos no la sobrevivieron, como el médico Vladimir Roslik, el último preso político asesinado en la tortura, en 1984, poco antes del retorno de la democracia.

Pero la dictadura no la sufrieron sólo los presos políticos, la sufrimos casi todos. Hubo miles y miles de destituidos de sus trabajos como funcionarios públicos, simplemente por ser demócratas, votantes del Frente Amplio o de otros partidos. Bastaba con no ser genuflexo frente a la dictadura para arriesgar el trabajo, la seguridad o la libertad personal.

La dictadura la sufrimos los niños, los adolescentes, los jóvenes. En el Liceo Departamental (el único que había en el departamento) de Minas, ahora Instituto Eduardo Fabini, las autoridades de entonces nos esperaban en la puerta y controlaban que las muchachas no llevaran “la pollera demasiado corta” o que en los varones el pelo no tocara el cuello de la camisa. Y nos obligaban a desfilar en los “actos patrios” sólo con camisa aún en invierno, para que todos estuviésemos igualitos, como lo deseaban y querían los dictadores cívico-militares. Nos costó más de una buena gripe.

A otros jóvenes les fue mucho peor.

Aquí, en este bendito departamento, adolescentes menores de 18 años o jóvenes apenas mayores de 18 fueron apresados y torturados. Hubo docentes -entre muchos otros trabajadores- perseguidos, destituidos, presos.

En Treinta y Tres, aquí cerquita, fue aún mucho peor. Allí, en 1975, decenas de adolescentes, desde los 13 a 18 años, fueron apresados y torturados en el cuartel de esa ciudad. Su “crimen” fue hacer pintadas y repartir volantes contra la dictadura y por el retorno de la democracia. Uno de los más salvajes torturadores de esos niños y adolescentes, un capitán del Ejército Nacional, vivía en esos años a media cuadra de nuestro querido Liceo Departamental, en la calle Batlle, entre Florencio Sánchez y Domingo Pérez. Aquí nomás. Desde hace poco tiempo está preso en la cárcel de Domingo Arena. No es fácil calcular los centenares, miles de cadenas perpetuas que debería purgar por los crímenes que cometió. Pero no fue el único torturador que “trabajó” en Lavalleja.

Todo eso pasó acá, todo eso lo vivimos y sufrimos casi todos. Y digo casi todos porque la dictadura no fue sólo militar, fue cívico-militar. Hubo civiles que hicieron carrera en esos años, ocuparon importantes cargos, por ejemplo como integrantes del “Consejo de Estado” creado por la dictadura para sustituir al Parlamento, o los “Consejos Vecinales” creados para sustituir a las Juntas Departamentales, que también habían sido disueltas.

Para que esto nunca se repita en el país, es necesario recordarlo, y sobre todo es necesario que conozcan esos hechos quienes nacieron luego del retorno de la democracia.

Lamentablemente, este año las autoridades del Instituto Eduardo Fabini decidieron que no fuera así.

La directora del principal liceo del departamento le dijo a docentes que no se podría realizar actividades para recordar el golpe de Estado del 27 de junio porque "quizás no todos los docentes estarían de acuerdo con recordar tal fecha".

Con el mismo criterio tampoco se debería realizar ninguna actividad que recordara el Holocausto en el que millones de judíos fueron masacrados por la Alemania nazi. Porque hay muchos que lo niegan, incluyendo algún docente. Absurdo e inaceptable.

Las autoridades educativas, incluyendo las autoridades de nuestro liceo minuano, las autoridades educativas departamentales y también las autoridades educativas nacionales, deberían tener más que claro que recordar el 27 de junio y discutir sobre ello con los estudiantes es una actividad que sin duda contribuye en la formación de ciudadanos demócratas y republicanos.

Para que nunca, nunca, nunca más tengamos un golpe de Estado como el del fatídico, funesto, triste 27 de junio de 1973.