Agustina vive en Tacuarembó. Su historia de vida trasciende fronteras departamentales. Podría ser minuana, salteña o rochense. Ingresó al consumo problemático de sustancias siendo muy pequeña, profundizado por una relación tóxica, hasta que sintió que había tocado fondo. Decidió internarse, se recuperó, hizo pública su historia y lucha todos los días para que otras mujeres recuperen su vida lejos del consumo, volviendo a valorarse a partir de rehacer su autoestima. Mientras continúa con su lucha del día a día, Agustina Miqueiro compartió con nosotros su valioso testimonio.
Agustina se presenta como «una joven con ánimos de insertarse al medio laboral». Se considera «una persona proactiva, con capacidad rápida de adaptación en ambientes de trabajo, responsable, puntual, comprometida y organizada». Es consteladora familiar y operadora terapéutica, además de contar con 5º año de Bachillerato de Secundaria aprobado. Laboralmente tiene experiencia en atención al cliente, ha sido mucama, ha estado al cuidado de personas mayores y ha sido ayudante de cocina y niñera.
Accedimos a su historia de vida porque decidió compartir su testimonio a través de las redes sociales. A partir de ello decidimos contactarla y en forma inmediata respondió afirmativamente a nuestro requerimiento periodístico.
La tacuaremboense de 23 años es fundadora, coordinadora y operadora de Nuevos Caminos.
Consumo problemático
Con tan solo 17 años ingresó en el consumo problemático de sustancias. «En realidad, todo empezó a ir para atrás con mi primer relacionamiento que fue a los 13 años, con una persona bastante tóxica y agresiva. Fue quien me dijo ‘querés probar’ y en mi cabeza, ‘si eso me iba a mantener cerca de esa persona, lo voy a hacer’. De chiquita tenía comportamientos que no eran muy normales que digamos. Siempre me sentí diferente al resto, a mis compañeros de clase, sentía que era mayor que ellos», declaró a Primera Página Dominical.
Su primer vínculo con sustancias legales fue inocentemente a través del alcohol. «Para mi abuela era gracioso poner el chupete en vino y dármelo a tomar, algo que mucha gente hace. A los siete años tomaba el vaso de cerveza de mi papá por lo que, en realidad, empecé a muy temprana edad». A los 17 años «probé marihuana y de ahí todo fue peor, hasta llegar hasta la pasta base», añadió.
Estando en consumo «estás sometida a una violencia constante», afirmó desde su experiencia. «Se suele decir que para la mujer es más fácil conseguir la droga, pero ¿a qué costo? Conlleva mucha degradación, conductas promiscuas, porque empiezas a desvalorizarte como mujer, y puede llegar a pasar cualquier cosa cuando una mujer circula por las calles en busca de sustancias, hasta violaciones. En Tacuarembó asesinaron a una muchacha, una menor de edad de 14 años que salió en busca de consumo y que no llegó nunca más a su casa», citó a modo de ejemplo.
“Yo puedo”
Cuando Agustina comenzó a fumar marihuana, se lo hizo saber a su madre. «En su cumpleaños le dije que quería hablar con ella, intentando normalizar la situación al tratarse de una sustancia que había sido legalizada. Mi madre no estuvo de acuerdo y me alertó que seguiría con otras sustancias. Le respondí que yo podía, que la plantaba y la cosechaba, con una arrogancia total, con omnipotencia. Con 18 años probé pasta base. Todas las drogas son malas pero la pasta base te saca todo en cuestión de horas», alertó.
Ese fue su punto de inflexión ya que «empecé a tener problemas legales, me había involucrado con gente ‘pesada’ y cuando vi que la cosa estaba fea, dije ‘ya está, hasta acá llegué’. Fue investigada y procesada y gracias a Dios todo eso quedó en mi pasado».
Dentro de ese contexto, la familia hace lo que puede, lo que está a su alcance. Quien protagoniza esa situación, siente que sus familiares «tienen la intención de internar a la persona que consume», pero que «eso sucede cuando el adicto quiere hacerlo y no por una imposición exterior. En las internaciones nos decían que podían visitarnos nuestros mejores amigos para proveernos de artículos de higiene y demás. En realidad, quienes siempre estuvieron al pie del cañón fueron mis padres, mis abuelos y mi mejor amiga, quien supo perdonar y entender todo y hoy en día es mi compañera. Generalmente la mayoría de los amigos se borra, y cuando sales del tratamiento como que eres la ‘careta’ que no toma alcohol, que no consume nada, por lo que todo se hace más complicado a nivel de las relaciones humanas», ilustró.
Cambio de vida
En 2023, Agustina se internó en una clínica en Brasil. «Son decisiones que dependen de cuánto quieras recuperarte. He visto a muchas personas pasar por un período de abstinencia difícil. Gracias a Dios, llegué con la mente de querer cambiar; no tenía otra posibilidad. Intenté verbalizar lo que me pasaba: si tenía ganas de consumir, lo decía, no tenía vergüenza de decir ‘quiero drogarme’. Hablar es todo; si te lo guardas, acumulas y no está bueno. Fue difícil, claro, sentí ganas de volver a consumir, pero estaba derrotada, ya no tenía para dónde más cavar en mi pozo».
El tratamiento del paciente involucra a la familia, sobre todo para «analizar cómo van a relacionarse los familiares cuando el adicto salga de la internación».
Ahora, Agustina no siente sobre su humanidad la mirada de los otros. «Gracias a Dios, hoy en día todo está muy cambiado, y para bien. Yo era apuntada y juzgada cuando estaba en las calles, buscando el consumo. Hoy las personas consiguen ver y valorar mi cambio. Pensé que iba a ser más difícil cuando saliera de una chacra de rehabilitación, pero no fue así, por lo que me siento parte de la sociedad, algo que antes no acontecía», valoró.
Como «adicta en busca de recuperación», siente que «falta mucha prevención, más atención de parte de psiquiatras» y que la internación «no debería resultar tan dificultosa, porque adictos hay miles y los lugares para rehabilitarse son muy pocos».
Es por ello que, en su chacra, Nuevos Caminos, «no tenemos tantas exigencias como ocurre en otros lugares, como un mes de desintoxicación, sino que este proceso se hace dentro de la chacra porque es muy difícil realizarlo en la casa del adicto y en su entorno». El acceso a los psiquiatras «es lo que más dificulta hacer un proceso de rehabilitación, sobre todo a 500km de Montevideo, como estamos en Tacuarembó, donde hay solo dos psiquiatras (teníamos uno para todo Tacuarembó)».
En la actualidad, Agustina Miqueiro se siente en paz consigo misma. «Puedo decir que soy feliz, estoy haciendo algo que me gusta, me siento afortunada por tener un trabajo que yo amo y no estar obligada a ir al trabajo, hago feliz a las personas que me vieron triste y a las que más lastimé. Eso es un montón. No soy perfecta, tengo miles de defectos y todos los días estoy aprendiendo algo nuevo, con las internas, con mis hermanos de recuperación. Hay días en los cuales ni yo creo todo lo que está pasando», admitió.
Decidió hacer pública su historia de vida porque «con el testimonio vivo una puede ayudar a muchas personas que están perdidas y que no saben qué hacer» y porque «cuando lo necesité, tuve que hacer 500km y muchas puertas se me cerraron hasta ir a un lugar donde no entendía el idioma, con culturas diferentes y personalidades distintas. Me enamoré del proceso, de ver el brillo nuevamente en los ojos de mujeres que fueron humilladas y agredidas».
Recuperó metas y objetivos que confía cumplir a corto plazo. «El primer sueño es poder llenar la comunidad -tenemos espacio para 20 mujeres- y abrir una para hombres. Eso es lo que me motiva en estos momentos», declaró para finalizar el diálogo con Primera Página Dominical.