Escritora, periodista y editora, Ana Fornaro es licenciada en Letras y magíster en Literatura Comparada por la Universidad de Lille (Francia). Nació en Montevideo en 1983 y desde muy pequeña se relacionó con la ciudad de Minas por herencia paterna. Para defender su tesis conoció el Sahara Occidental donde realizó un reportaje sobre los saharauis con el fotógrafo brasileño Rogério Ferrari, trabajo que se transformó en un libro. Radicada en Buenos Aires es, además, autora del libro Instrucciones para las ruinas y directora de la revista Lento, de La Diaria.
En tu cuenta de Instagram te presentas como «uruguaya con sede en Buenos Aires». Las raíces siempre están presentes.
Exacto, soy uruguaya, no soy de acá (Buenos Aires), por más que vivo aquí desde hace 14 años. Siempre está presente el tema de no ser del lugar. Más allá de la adaptación, de que culturalmente tenemos muchísimas cosas en común y de que paso bastante desapercibida -la gente ya piensa que soy de acá-, igual yo soy de Uruguay, viajo muy seguido a mi país, allá está mi familia y entonces tengo mucho arraigo.
Por cuestiones laborales y de estudios, viviste en otros países y conoces otros tantos. ¿Ese conocimiento, a la hora de crear, contribuye a generar atmósferas donde conviven los personajes?
Creo que sí, o sea, creo que el hecho de haber tenido que vivir en otro lugar, como en Francia, empleando otro idioma, y luego haber viajado bastante por trabajo, todo eso me hace estar más atenta al entorno, porque cuando estás en un lugar que no es tu medio ambiente, incluso acá, en Argentina, muchas cosas son muy diferentes y eso hace que prestes atención de otra manera al entorno también por una cuestión de adaptación, de supervivencia y también para entender cómo son las lógicas de los diferentes lugares. Considero que una es una persona distinta de acuerdo a los lugares en los que está, es como que tenemos distintas identidades también de acuerdo a los lugares en los que estemos. Creo que eso también ayuda o es parte de la escritura.

¿Hay algo de Minas en esas atmósferas?
No, todavía no. Quizás aparezca en alguna ficción, pero más adelante. Lo que pasa es que Minas está adentro mío porque pasé gran parte de mi infancia yendo muchas veces por año. Mi abuela estaba ahí, al igual que mis tíos y mis primos. Entonces, forma parte de mí, de quién soy, pero todavía no apareció en ningún relato, nada.
Si tuvieras que definir en pocas palabras tu libro Instrucciones para las ruinas, ¿qué dirías?
Que es un libro de crónicas, una mezcla entre periodismo y literatura, en el sentido que trabaja con material del mundo real, pero con herramientas narrativas de la literatura, y que algunas son más periodísticas y que otras son más personales. Aquí los personajes no se entrelazan. El único personaje común que hay soy yo, porque las primeras crónicas son de distintas historias, con distintas personas y después, las otras, son las más personales. Yo soy la protagonista, pero no hay otros personajes que conversen entre sí.
¿Consideras al periodismo un género literario?
No, el periodismo es un género periodístico, pero es un género narrativo, si quieres, pero no literario. Lo que pasa es que hay un periodismo, que es el que en parte hago yo, que es más literario, que usa herramientas de la ficción, por ejemplo, o incluso de la poesía, para leer historias reales como si fueran cuentos.
Eres directora de la revista Lento, de La Diaria. ¿Qué significa para ti esa experiencia?
Creo que, en la actualidad, después de varios años de trabajo, todo se combina mejor, porque Lento es una revista de periodismo narrativo, justamente, y también de literatura, y entonces tiene mucho que ver con lo que yo hago. En Lento soy editora y aparte escribo, pero escribo cosas que están muy cerca del universo de Lento. Antes, durante 10 años, dirigí otro medio, que era más de temas de Derechos Humanos y género, y si bien son asuntos que me importan mucho y que siento muy cercanos, por ahí no estaban tan vinculados a mi práctica de escritora.
¿Cómo es vivir en este momento en Buenos Aires, con el vértigo de la Copa del Mundo y el telón de fondo del gobierno de Javier Milei que ha dejado de lado a la cultura?
Es un momento muy difícil para mucha gente, para la mayoría. En el gobierno de Milei se pauperizó mucho la vida, no solamente desde el punto de vista económico, donde hay una crisis enorme, sino también en cuanto a la degradación del discurso público, en el desprecio por la cultura. Este gobierno ha venido destrozando distintas capas de la cultura y del tejido social, y a su vez hay como una especie de parálisis dentro de lo que es el campo popular, porque tampoco hay una reacción muy clara de los movimientos y de la oposición. Todo eso hace que sea un momento muy extraño. Y lo del Mundial, bueno, es un momento de suspensión crítica, digamos, con todo el mundo enfocado en eso. Justo este año estoy como súper desconectada del Mundial, o sea, no es algo que me movilice. Si gana Argentina, voy a estar contentísima, porque la gente va a estar contenta, pero bueno, los Mundiales, en general, no son algo que me interesen demasiado, y este Mundial en particular, que sea en Estados Unidos, no me gusta políticamente.
¿Qué autores uruguayos de tu generación te han llamado la atención en el último tiempo?
Más que de mi generación, estoy bastante atenta a lo que están escribiendo las generaciones más jóvenes, escritoras que tienen entre 25 y 30 años, porque los he publicado en Lento. Acabo de terminar un libro de Érika Paula Curbelo, que tiene 26 años. También están Tamara Silva Bernaschina, que es de Minas, y Eugenia Ladra, entre otras. Creo que hay toda una generación sub30, muchas mujeres. Gabriela Escobar es otra chica que también leí. Realmente están haciendo cosas interesantes, también son distintas entre sí y eso me está interesando bastante. Considero que mi generación (tengo 42 años), como así también las generaciones anteriores, en literatura, como que estuvimos más determinadas, como que no fue tan fácil largarse a escribir y a publicar, por muchos motivos que no daría la entrevista para poder desarrollarlos, pero creo que la generación sub30 están teniendo, por suerte, otra libertad creativa y otro impulso que que nosotras no tuvimos.
¿Tienes una metodología determinada de trabajo a la hora de escribir? ¿Qué influencia le adjudicas a la inspiración?
Lo que existen son momentos, me parece, como de buena concentración, los cuales en este tiempo no abundan. Ahí empiezan a aparecer las cosas, cuando logras pasar un tiempo, un rato, sin interrupciones del teléfono, de la computadora, de las redes sociales, como que ahí se puede armar un flujo, un estado de flujo de trabajo y empiezan a aparecer cosas. Yo trato -no siempre lo logro- de escribir de mañana, un rato todas las mañanas, y hay mañanas que son mejores y otras donde no aparecen otras cosas, pero eso es lo que más me ha resultado.
¿El arte es un refugio para todo lo perjudicial que trae aparejada la Inteligencia Artificial?
Sí, es un refugio, es algo que está en las antípodas con lo que es la inteligencia artificial, porque el arte se genera desde las emociones y la inteligencia artificial no las tiene. Todo lo que se pueda crear o hacer son sistemas de lenguajes, no es una cuestión que venga desde adentro o desde una experiencia. El arte también tiene que ver con la experiencia, con el cuerpo, con todas las cosas que no están dentro del dominio de la inteligencia artificial.
¿Te visualizas volviendo a radicarte en Uruguay o Buenos Aires es tu lugar en el mundo?
No sé si Buenos Aires es mi lugar en el mundo, no lo tengo muy claro. Estoy así, como en la duda de dónde voy a terminar, no lo sé, pero siempre trabajando en nuevos proyectos.
INSTRUCCIONES PARA LAS RUINAS
“Quizá Ana Fornaro desee, en su fuero íntimo, salvar el mundo. Por eso emprende misiones temerarias junto a sus personajes. Asiste al trabajo que el Hombre Araña uruguayo realiza en los parques, y se involucra ella misma en la intelección aguda de lo que la rodea: un recital de Coldplay y su insoportable aura de autoayuda cool; la praxis cotidiana de ginecólogas y depiladoras; la gesta colectiva de las empleadas domésticas explotadas en el country Nordelta, entre otras inmersiones. Este libro es una evidencia estética y ontológica del poder de la narración. Fornaro mira, ausculta. En el cariz de su lenguaje, las contradicciones conviven con impecable coherencia. El truco reside en el intersticio habitado por el humor. Lo vivido todos los días es, aquí, algo nuevo, a veces radiante, otras radiactivo. Leer este libro resulta, sin dudas, hallar una voz necesaria que nos arroja, con risas, a veces amargas, hacia el centro tirante del misterio que nos rodea”.
Sonia Budassi