Fueron 53 años dentro de un rubro como el inmobiliario en el que lo permanente son los cambios a partir de nuevas modalidades que proponen las tecnologías. A sus 82 años, Carlos Aguerrebere Ramos siente que es el momento de hacer una pausa y dedicar su tiempo a otras actividades, más allá de que no ha pensado en profundidad en el día después. “Bajamos la cortina y la inmobiliaria pasará a ser parte de la historia de la ciudad”, señaló nuestro entrevistado.

Carlos María Aguerrebere Ramos nos cuenta: «Soy un regalo de Reyes: nací 5 de enero de 1944». El origen de su apellido paterno es vasco francés, de la zona de los Pirineos. Hace un par de años, su hermana visitó aquella zona tan especial en los afectos de la familia. «Por el lado de los Aguerrebere no conozco mucho porque mi abuelo falleció cuando mi padre y sus hermanos eran adolescentes, por lo que no hay mucha historia de eso. Soy hijo de ‘Pocho’ Aguerrebere, sobrenombre que heredé. Él trabajó durante muchos años en casa Machado Hermanos y en Izeta & Quírici», empresas minuanas que marcaron época. Su padre «fue el menos conocido de los hermanos; el resto, de una u otra forma, tuvo empresas de ómnibus. Gilberto, el mayor, iba a Polanco y a El Soldado, ‘Manucho’ a Barriga Negra y Óscar a Andreoni. Y Alfredo, el menor, trabajó muchos años como vendedor en automotora Trelles».

SPORTIVO Y ZAMORA

Sus padres construyeron la casa familiar en el año 1943, en Ituzaingó casi Carabajal. El entrevistado vivió allí hasta que se casó, en 1970. Fue alumno del Colegio San José, cuando estaba ubicado pegado a la Catedral de Minas, donde desde 1974 se encuentra Casa de la Juventud, hasta que «en quinto rendí examen de ingreso al liceo porque quería salir de la escuela religiosa, por distintos motivos, y porque era la única forma a través de la cual podía adelantarme. Salvé y pasé al liceo un año antes de lo que debía hacerlo porque se permitía realizarlo de ese modo en aquella época», contó.

Le gustaba mucho el fútbol, aunque «nunca lo jugué, más allá de hacerlo en campitos y en cuadros de amigos». Hincha de Sportivo Minas, vivió intensamente la gloriosa etapa de José «Turco» Gileni, a quien «seguía todos los fines de semana en los partidos. Después, cuando mis hijos empezaron a estudiar en Montevideo, con mi señora nos íbamos a la capital porque ellos a veces venían poco y de esa forma fui dejando de concurrir al fútbol».

Su predilección por Sportivo Minas se prolongó naturalmente hacia el club Zamora, a quien siguió en las instancias de los recordados Campeonatos de Barrio, competencia en la que la institución fue protagonista muchos años. «Era una barriada preciosa. Me crie en la esquina de Ituzaingó y Carabajal, donde originalmente estaba el almacén y bar de Correa, el bar Chichito, que fue predecesor de Zamora. A los pocos años se cerró y después estuvo bar El Tropero».

DEL BANCO A LA INMOBILIARIA

En 1961 ingresó a trabajar en el Banco Comercial. En 1973, el escribano Héctor Leis, «muy amigo nuestro, ideó armar esta inmobiliaria, en principio con tres socios: Guillermo Pritsch, Raúl Tambasco y yo. Pritsch estuvo poco tiempo. Al año, se fue de la ANCAP -donde también trabajaba-, se radicó en Buenos Aires con su familia y se desvinculó de la inmobiliaria».

La sociedad Aguerrebere-Tambasco se prolongó hasta 1994. El primer local de la inmobiliaria estuvo ubicado en Washington Beltrán casi Domingo Pérez, «en un lugar que posteriormente fue propiedad de Nelson Hedad», hasta que en 1976 «nos vinimos para 18 de Julio, porque ‘Bolita’ se quedó con la planta baja de ese edificio y yo me quedé con la planta alta. Allí estuvimos hasta el 2000. Luego de su fallecimiento, en 1997, salí a buscar un local, el cual conseguí recién en 2002, cuando nos mudamos para donde estamos en la actualidad, donde durante años funcionó farmacia Somma. Yo compré lo que era el fondo de la farmacia y a la otra parte, con el tiempo, la adquirió mi hijo», expresó.

ALTOS Y BAJOS

Como ocurre con toda actividad comercial, el rubro inmobiliario tiene sus particularidades, sus momentos de bonanza y también de incertidumbre. Al hacer un repaso del tiempo transcurrido, Carlos Aguerrebere agradece el hecho de que «nosotros siempre trabajamos bastante bien», incluso en momentos de afectación global como ocurrió durante la pandemia, período en el cual, sobre todo en el inicio, «trabajamos en arrendamientos, que era el fuerte mío. Trabajamos más de lo que veníamos haciéndolo en tiempos normales, digamos, pero posteriormente empezó a mermar la actividad».

Opina que, con los años, «cambió el mercado y también la gente». Surgió una mayor competencia, «empresas que están muy adelantadas en la tecnología, materia en la cual he sido perezoso, lo cual me ha costado bastante. Hemos circulado durante 53 años por un buen camino».

Comercialmente hablando, vivió tanto «la tablita» como la crisis de 2002. «Yo trabajé en el Banco en 1982, cuando la tablita. Aquello fue un escándalo porque se resquebrajó tanto el comercio como la industria. Pero, en mi opinión, la crisis más grande de todas fue la de 2002, cuando se quedaron con la plata de la gente y a quienes tenían 100 mil dólares se los reprogramaron y en cinco o seis años se los devolvieron. Pero los que tenían más, marcharon. Fueron a la liquidación del Banco y no sé si ese proceso habrá finalizado», analizó.

PATRIMONIOS

Sobre la actividad específica dentro del rubro inmobiliario, Carlos Aguerrebere asegura que «la confianza y la credibilidad son los principales patrimonios», porque la base de todo «es hacer las cosas bien, rendir cuentas y no esconder nada, con todas las cartas arriba de las mesas». Es por ello que «ser claro con el cliente es muy importante».

Afirma que esa manera de encarar la actividad «ha sido una de las herramientas que más utilidad me ha brindado», en cuanto a las certezas que el cliente debe tener en el manejo de su propiedad y de su renta, junto con el debido asesoramiento en la materia.

La experiencia le indica que recurrir a una inmobiliaria es siempre lo adecuado, por múltiples factores. En principio, porque «las garantías son mucho mayores» ante otros sistemas que en la actualidad nos acerca la tecnología. «Lo fundamental en la inmobiliaria es el conocimiento del mercado en cuanto a los valores. A veces, la gente no tiene mucho conocimiento de ello, tiene las cosas, pero no sabe qué valor tienen».

Ante el avance de otras modalidades de negocios, comentó que «de nuestra parte, siempre fuimos diáfanos. Durante una época trabajé sin exclusividad, pero después de dos o tres años terminé con esa experiencia porque el arrendamiento es una cosa y la venta es otra. En el arrendamiento se comparte una casa con otra inmobiliaria. Usted consigue al inquilino, saca las referencias, arma las cosas y cuando va resulta que alquilaron por otro lado y queda mal parado», especificó. En cuanto a la venta, «cuesta negociar, pero después que cierra el negocio y firma la promesa, si se demora por los papeles no pasa nada, porque hay documentos firmados».

Tuvo presente imponderables que puedan presentarse en el desarrollo de esta actividad. «De repente se concreta un alquiler, la persona fallece y los herederos no pueden hacerse cargo de los costos, o la persona queda sin trabajo o enferma. Ahí se dan muchas cuestiones a manejar y hay que tener siempre en cuenta la parte humana. En cuanto al pago, soy bastante rígido y exijo que se pague porque hay que cumplir con las obligaciones. Cuando surge un imponderable, no puedes endurecerte con una persona que está enferma o que se quedó con la mitad del salario».

EL DÍA DESPUÉS

Carlos Aguerrebere decidió poner punto final a la inmobiliaria que lleva su apellido. «Tengo 82 años. La gente suele decirme que no los aparento, yo qué sé. La ‘chapa’ está más o menos bien, pero tiene algunos desperfectos». Con 53 años de trabajo en el rubro inmobiliario, decidió que este era el momento propicio de hacerlo porque, entre otras razones, «es una actividad que requiere de mucho trabajo y de gran responsabilidad, porque eres el amortiguador entre el dueño y el inquilino» y porque cuando se da un conflicto, «quien amortigua es uno y eso, a la larga, es desgastante», admitió. Confiesa que no se ha preparado para el día después de bajar la cortina. «Esa es otra película», responde ante nuestra pregunta. «Algunos amigos me han dicho ¿y qué vas a hacer? Yo entré con 17 años a trabajar en el Banco Comercial y antes había trabajado como ayudante de escribanía con Bonelli. A esta altura de la vida el tren de carrera no es el mismo que a los 20 años, estás más distendido». Le gusta dibujar y en su momento tomó clases para perfeccionarse. «Tal vez ahora las retome», comentó. En cuanto a la posibilidad de viajar, contó que «ya he viajado mucho, más de lo que pensé hacerlo. Mis padres fueron gente de trabajo, personas humildes, y nos dieron todo lo que se les puede dar a los hijos en educación y en vivienda. Empecé a viajar después de que ingresé al Banco, cuando mi situación económica mejoró, además de colaborar en mi casa, por supuesto. Me gusta mucho viajar, pero con mi señora estamos en una edad en la cual hay que tomar más recaudos, sobre todo al viajar largos trayectos. Hace unos años fuimos a Brasil, mi señora se fracturó una pierna y la pasamos mal. Es como una cuota que tenemos colmada. Ahora los que viajan son nuestros hijos», aportó. «Bajamos la cortina y la inmobiliaria pasará a ser parte de la historia de la ciudad. Creo que el único que tiene más años en el rubro que yo es Leonel Llorente, porque cuando yo empecé, él ya estaba. Han sido 53 años de trabajo en esta actividad, con cosas buenas, más o menos y de las otras. Como la vida misma, que tiene buenos momentos, reconfortantes, y otros de angustia, de nervios, de tensión y de incertidumbre. En general ha sido una vida normal, sin sobresaltos y dando cumplimiento a las metas que uno se ha fijado», relató. Entre lo más destacado citó «poder criar a los hijos, que tengan una buena educación y una buena situación económica. En ese sentido, con mi señora estamos conformes con lo que la vida nos ha brindado», manifestó para finalizar Carlos María Aguerrebere Ramos en diálogo con Primera Página Dominical.