En la tarde de ayer se llevó a cabo la Marcha del 8M por el Día Internacional de la Mujer, en Minas, la marcha recorrió las calles Williman, 18 de Julio, Rodó y callejón Vidal y Fuentes, donde se dio lectura a la proclama.
CONSIGNAS
Más de cien mujeres, muy pocos hombres, y se notó la presencia de muchas jóvenes. A lo largo de la marcha se podían leer los carteles y escuchar las consignas, como: “Tocan a una, tocan a todas”; “Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”; “Te molesta la marcha, deberías preguntarte por qué, todas las mujeres deberían aprender a soñar antes que a sobrevivir o a defenderse”; “8M, juntas somos más”; “Si nosotras somos las nazis, porque somos a las que matan. Ni una menos”; “Las niñas que hoy educamos van a desafiar el mundo que las quiso en silencio”; “Ni sumisas ni calladas, mujeres fuertes y empoderadas”; “Somos el grito de las que ya no tienen voz”; “La igualdad no es un slogan, es una deuda histórica”; “Mujeres que escuchan, únete a la lucha”, fueron algunos de las consignas escuchadas durante la marcha.

ACTO
Al llegar a plaza Libertad se dio lectura a las dos proclamas, la de la organización de mujeres de Minas y la nacional del PITCNT. Finalizó con música a cargo de DJ Vale León.
La lectura de la proclama, realizada por la comisión de mujeres de Minas, fue leída por Natalia Dorta, Noelia Sejas, Isabella Medina y Mara Apesteguía.
PROCLAMA
“Hoy, una vez más, estamos en la calle. Estamos aquí porque la historia nos enseñó que los derechos no se regalan: se conquistan y se defienden. Y porque cada vez que parece que avanzamos, vuelven a aparecer discursos que intentan hacernos retroceder.
Este 8 de marzo nos convoca un lema claro y profundo: antiimperialista, por la soberanía de los pueblos. Porque no podemos hablar de justicia para las mujeres, ni podemos hablar de libertad mientras existan imposiciones económicas, políticas y culturales que subordinan a los pueblos y profundizan las desigualdades.
Defender la soberanía de los pueblos es también defender la vida digna de quienes los habitan. Es defender el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nuestros territorios y nuestro futuro. Pero para construir esa soberanía necesitamos una sociedad más justa y para eso, las mujeres y las disidencias debemos estar en el centro de las decisiones.
Durante años escuchamos que la igualdad ya está garantizada por las leyes. Pero sabemos que lo que está escrito en el papel no siempre se traduce en igualdad real en la vida cotidiana.
La violencia hacia las mujeres no es un hecho aislado, ni un problema privado. No ocurre de manera accidental, ni aparece de un día para otro. Forma parte de un sistema de desigualdades que sigue organizando nuestras relaciones, nuestros vínculos y nuestras formas de vivir. Un sistema que todavía tolera el control, los celos, la dominación, como si fueran parte normal de las relaciones; como si eso fuese amor.
Y esa violencia no se expresa de una sola manera, puede ser psicológica, económica, física. Puede comenzar con el control, con el aislamiento, con el miedo. También en ocasiones, la violencia utiliza a las infancias como herramienta de castigo, con el objetivo de dañar a las mujeres: la cual denominamos violencia vicaria, una de las expresiones más brutales del poder y del control.

Y en sus formas más extremas, la violencia de género llega al femicidio, es decir cuando se termina con la vida de una mujer por el solo hecho de ser mujer.
En Uruguay, cada año, alrededor de 30 mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas. Cada una de esas muertes no es solo una tragedia individual: es una señal de alerta para toda la sociedad. Son vidas interrumpidas, familias quebradas y comunidades atravesadas por una violencia que no debería tener lugar en un país que dice defender la igualdad y los derechos humanos.
Nombrar estas violencias es fundamental. Porque lo que no se nombra muchas veces se naturaliza. Y lo que se naturaliza se sigue reproduciendo. Por eso hoy volvemos a decir con claridad: ninguna violencia es normal, ninguna violencia es inevitable, y ninguna sociedad que aspire a la justicia puede mirar hacia otro lado.
Las mujeres seguimos siendo quienes sostenemos las tareas de cuidado; cuidamos a nuestros hijes, a personas mayores, a quienes se enferman.
Sostenemos la vida cotidiana. Y los datos lo confirman: las mujeres en Uruguay dedican más del doble de tiempo que los varones al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. ¿Quién sabe los horarios de nuestras hijes? ¿Quién los lleva al médico? ¿Quién se queda en casa cuando se enferman? ¿Quién reconoce cuándo están tristes y por qué? No es casualidad. Es histórico y también es político. Repetimos: no es amor, es trabajo no remunerado. Exigimos una redistribución real de los cuidados y de la riqueza. Sabemos que la feminización de la pobreza no es casualidad, sino consecuencia de un modelo que concentra la riqueza en pocas manos y precariza la vida y el trabajo de las mayorías. La violencia de género responde a un sistema de desigualdades que sigue teniendo, en su mayoría, rostro masculino. Por eso es urgente transformar las formas en que se construyen las masculinidades. Es urgente construir otras formas de ser varón: más responsables, más justas, más comprometidas con el cuidado y con la igualdad.
Exigimos mayor presupuesto para la educación para garantizar saberes que nos transformen en seres humanos críticos a las injusticias.
¡Sin educación pública no hay futuro!
Exigimos políticas públicas reales, con presupuesto, con compromiso y con continuidad. Políticas que reconozcan y redistribuyan el trabajo de cuidados, en este sentido, exigimos fortalecer el Sistema Nacional Integral de Cuidados de manera urgente.
Exigimos políticas que enfrenten la violencia de género de manera más efectiva.
Políticas que garanticen igualdad en el acceso al trabajo, a la salud, a la educación y a la participación política. No queremos que las políticas existan solo en el papel. Queremos que se transformen en acciones concretas.
En un mundo donde muchas veces se señala como enemigo a quien piensa distinto, donde vemos guerras, genocidios, destrucción y deshumanización, necesitamos detenernos y tomar posición. Nombrarnos. Posicionar nuestra lucha como antirracista, anticapitalista, antiimperialista es reconocer que la desigualdad de género, que es una forma de opresión sobre las mujeres y disidencias; pero no es la única. Se cruza e intersecciona con otras opresiones y produce violencias específicas: en función a la radicalización, a la clase, al sexo, a la orientación sexual, entre otras. Ninguna forma de violencia está aislada de las demás cuando se encarna en los cuerpos y las vivencias.
Usamos palabras complejas, porque la problemática es compleja. Pero en realidad significa algo muy simple y profundo: reconocer que todas las personas tienen derechos y que los pueblos deben poder decidir su destino sin dominaciones. Porque cuando hablamos de territorios dominados, hablamos de la tierra y los cuerpos que lo habitan.
Seguimos afirmando: ¡ni las mujeres ni la tierra somos territorio de conquista!
¿Y por qué esa defensa muchas veces tiene rostro de mujer? ¿Por qué es la consigna de un 8M? Quizás porque es en quienes históricamente ha recaído el cuidado de la vida y por lo tanto su defensa. Pero queremos y necesitamos redistribuirlo. Queremos que cuando lo lean se pregunten, que incomode para que se hagan parte y asuman también la responsabilidad. No queremos mirar a un lado. Creemos en un mundo en donde la dignidad no sea un privilegio. Y seguiremos luchando por vidas dignas de ser vividas.
No queremos un feminismo homogéneo, porque no entramos todas.
No hay feminismo posible si deja a alguien afuera.
No hay feminismo sin las mujeres trans.
No hay feminismo sin las mujeres racializadas.
No hay feminismo sin las trabajadoras, sin las migrantes, sin las que sostienen la vida todos los días.
Necesitamos más solidaridad, más organización colectiva y más democracia.
Porque la democracia solo es real cuando todas las voces cuentan.
Cuando las mujeres y las disidencias participan en los espacios de decisión.
Cuando nuestras experiencias forman parte de las políticas que transforman la sociedad.
Hoy no estamos todas, son muchas las que nos faltan.
Abrazamos la lucha por memoria, verdad y justicia, por todas las mujeres ex presas políticas, exiliadas, detenidas desaparecidas que lucharon en clandestinidad durante la última dictadura cívico militar como también a las mujeres indígenas que lucharon contra el primer terrorismo de Estado.
Recordamos a las niñas, adolescentes y adultas desaparecidas. Denunciamos la violencia patriarcal que hay detrás de cada desaparición, la existencia de redes de narcotráfico, explotación sexual y trata en nuestros territorios y la responsabilidad y complicidad de un Estado omiso, en plena democracia. Hoy nos seguimos preguntando, ¿dónde están nuestras gurisas?
La historia la construimos entre todes; la estamos construyendo hoy y cada día como parte de esta sociedad.
Por eso seguimos saliendo a la calle.
Por eso seguimos nombrando las injusticias.
Por eso seguimos organizándonos.
Porque queremos un mundo donde vivir sin violencia sea un derecho.
Un mundo donde la igualdad sea una realidad.
Un mundo donde los pueblos sean soberanos.
Y hasta que ese mundo exista, seguiremos marchando y seguiremos luchando cada día.
Nos solidarizamos con todas las mujeres del mundo. Rechazamos todas las formas de autoritarismo, racismo y supremacismo que violentan los derechos de las mujeres y de las minorías. El camino es sinuoso y complejo, pero vamos juntas.
Nos recordamos que nuestra lucha es resistencia y memoria. Y también es disfrute y goce.
Celebramos nuestra fuerza colectiva por seguir creyendo y creando un mundo donde la vida digna esté en el centro.