Ninguna encuesta, ninguna, daba como vencedor al izquierdista Luis Inácio da Silva, Lula, en la segunda vuelta electoral del domingo pasado en Brasil, para definir al nuevo presidente de ese país, el gigante sudamericano. Todas dieron como favorito a Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Eduardo Bolsonaro, con prisión domiciliaria por razones de salud, luego de caerle una condena de 27 años de prisión por un intento de golpe de Estado, justamente cuando, luego de las elecciones anteriores, ideó e intentó llevar adelante un golpe de Estado para evitar que el propio Lula, que lo había derrotado en elecciones limpias, pudiese asumir la Presidencia de Brasil.

En la primera vuelta Flavio Bolsonaro superó el 47% de los votos y Lula, a quienes muchos daban como favorito en primera vuelta, con mucho esfuerzo llegó al 45%.

Pero hubo en segunda vuelta un milagro electoral: Lula sumó once millones de votos más respecto a la primera vuelta y Bolsonaro sólo tres, para una ventaja final de unos cuatro millones de votos a favor del PT de Lula. Eso, cuando los candidatos que salieron en primera vuelta por detrás de Lula, en tercer y cuarto puesto, que sumaban unos seis millones de votos en conjunto, habían anunciado que apoyarían a Bolsonaro en el balotaje.

¿Qué pasó?

Pasaron muchas cosas. Quizá la más importante es que, en pocas semanas, el PT logró movilizar a millones de brasileños en las calles. Se hicieron marchas y concentraciones en prácticamente todas las ciudades grandes y medianas de Brasil. Se buscó conquistar votos en cada calle, en cada casa, en cada lugar de trabajo. Fue una tarea titánica en la que se destacaron millones de jóvenes con camisetas rojas, gorros rojos, banderas rojas. Y también muchas, muchas banderas brasileñas, porque los Bolsonaro en el pasado habían conseguido algo insólito, que se los identificara con la bandera brasileña y con la “canarinha”, la camiseta de la selección. El PT logró que muchos que se abstuvieron en la primera vuelta (sumaban 30 millones) fueran a votar en la segunda por el PT. Y lograron dar vuelta muchos votos.

Pero hubo mucho más que esa movilización callejera: hubo otro milagro, digital, que hizo que la izquierda, quizá por primera vez en la historia electoral brasileña y latinoamericana, ganara la batalla en las redes sociales de internet.

En las décadas por venir se estudiará en las carreras de comunicación política cómo el PT logró casi milagrosamente superar y vencer no sólo a una ya muy desarrollada desde hace años política digital de la ultraderecha y los evangelistas brasileños a través de Facebook, Instagram, Tik Tok, Twitter y sobre todo WhatsApp, sino además a la propia empresa madre de casi todas esas aplicaciones, Meta, de Mark Zuckerberg, quien decididamente se puso al servicio de los Bolsonaro, bloqueando o limitando cuentas del propio Lula y de sus seguidores. En el centro de la guerra digital estuvo un diputado de 42 años, André Janones, a quien el propio Lula le daba poca bola hasta hace un par de meses, o menos. André creó en abril "El Ejército de Lula", un canal de WhatsApp que cuando se creó y por varios meses tuvo unos miles de seguidores, pero que llegó a tener en unos pocos días (luego de la derrota en primera vuelta) a unos once millones de suscriptores/seguidores, donde Janones coordinó casi se manera militar consignas, hastags, cómo enfrentar las publicaciones bolsonaristas con instrucciones claras y simples. La movilización conjunta de este ejército digital y en las calles logró un milagro electoral. La izquierda latinoamericana y mundial debería estudiar cuidadosamente esta experiencia, porque en general, y en casi todo el mundo, la derecha y los anarcoliberales como Milei y sus amigos dominan perfectamente las técnicas de la política en internet y redes sociales, que cada vez más, definen elecciones. Para ellos, se trata de poner bardas en remojo.