En Uruguay, uno de cada cuatro adolescentes y jóvenes de entre 16 y 19 años reporta haberse sentido tan triste o desesperado que dejó de hacer sus actividades durante, al menos, dos semanas. Esta proporción alcanza el 34% entre las mujeres y el 14% entre los varones. A su vez, el 8% se autoinfligió alguna lesión -se quemó, cortó o lastimó intencionalmente-, mientras que el 12% llegó a considerar quitarse la vida y el 4% dijo haberlo intentado.

El informe, elaborado en forma conjunta por el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), el Instituto Nacional de la Juventud (INJU) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, por si sigla en inglés) sintetiza la información que el Panel de Juventudes de la Encuesta Nacional de Juventudes (ENAJ) aporta sobre el panorama de la salud mental y el bienestar psicosocial en adolescentes y jóvenes en Uruguay, relevamiento realizado a 959 personas de entre 16 y 19 años que ya habían sido encuestadas cuatro años antes, e incluye preguntas que aportan información sobre su bienestar y algunos factores que pueden incidir en su salud mental. Da cuenta de un aumento de las sensaciones de malestar y de tristeza, se afirma a modo de conclusión.

Un 24% dijo que, en los últimos doce meses, en algún momento se había sentido tan triste o desesperado que dejó de hacer sus actividades habituales. La proporción de adolescentes que reportó tristeza o desesperación es más del doble entre las mujeres que entre los varones. Esto se debe a que las mujeres adolescentes y jóvenes están más expuestas a algunos factores de riesgo en todos sus círculos sociales, en particular a la discriminación, el bullying y a la violencia psicológica.

 

Es fundamental incorporar a adolescentes y a jóvenes a espacios de discusión y de construcción de acciones (Imágenes meramente ilustrativas)
Es fundamental incorporar a adolescentes y a jóvenes a espacios de discusión y de construcción de acciones (Imágenes meramente ilustrativas)

El informe muestra que es más probable que los jóvenes no se sientan bien cuando perciben que los adultos o sus pares no los respetan y cuando experimentan violencia o discriminación. Por el contrario, un entorno familiar de contención y respeto es un factor protector que incide positivamente y que brinda herramientas para enfrentar las situaciones cotidianas que se presentan en la adolescencia, junto con entornos educativos seguros, caracterizados por el respeto y por el apoyo, tanto de los adultos referentes como de los pares, quienes de esta manera repercuten positivamente en el bienestar de adolescentes y jóvenes.

La pandemia del COVID-19 y el confinamiento incidieron en su momento en el aumento en los sentimientos de tristeza y desesperación, en particular debido a la pérdida de vínculos con amigos y personas cercanas. Algunas de estas características, aunque menguadas, continúan manteniéndose.

DE LA ADOLESCENCIA A LA JUVENTUD

En el mencionado estudio se establece que la adolescencia está marcada por “un gran ritmo de crecimiento y de cambios”, en los cuales “se juega la integración de diversos aspectos: la autonomía con respecto a los referentes principales familiares (madres, padres, abuelos); la identidad de género, la orientación sexual; los dilemas filosóficos, religiosos y políticos; y la elección vocacional-ocupacional”, entre otros. En ese sentido, el cuerpo “juega un rol particular: muy a menudo es el escenario privilegiado de batallas e inseguridades que tienen su origen en factores de la personalidad y del entorno psicosocial”, considerando como “esperable” que “emerjan ambivalencias y dudas por pérdidas reales o simbólicas”.

En ese aspecto, la salud mental adolescente y juvenil “debe ser entendida en el marco de su ciclo de vida”, reconociendo que las trayectorias juveniles “son dispares” y que la ocurrencia de ciertos eventos relevantes en la transición a la adultez “dejan de tener un orden sistemático o una linealidad para convertirse en un ida y vuelta, en una búsqueda de varios proyectos de vida”, como pueden ser la salida del sistema educativo, el ingreso al mercado laboral, el abandono del hogar de origen y el inicio de la vida reproductiva, situaciones frente a las cuales adolescentes y jóvenes “atraviesan experiencias que les son inéditas, sobre las que no tienen referencias”. Precisamente por ello, “son frecuentes los traspiés, algún síntoma, alguna señal del esfuerzo psíquico, sin que ello implique un problema de salud mental”, ya que muchos de los signos o señales de sufrimiento psíquico que se presentan durante la adolescencia “no configuran un problema de salud mental”.

Ante esta realidad se entiende fundamental que adolescentes y jóvenes “cuenten con espacios en los que puedan ser escuchados y comprendidos” a efectos de “garantizar su bienestar psicoemocional”.

RECOMENDACIONES

Este capítulo se centra en el programa Ni silencio, ni tabú, y particularmente en el Manual para facilitadores de talleres con adolescentes y jóvenes. Se afirma que tanto la ansiedad como la depresión son problemas bien diferentes pero que comparten algunos indicadores. “Es importante observar cambios en el comportamiento de adolescentes y jóvenes; entre otros: pérdida de apetito y alteraciones en los patrones de sueño. Un adolescente o joven con problemas puede expresar preocupación excesiva, desesperanza o tristeza profunda”.

Ante ello, se recomienda “fomentar las prácticas saludables que ayudan al bienestar psicológico, mental y físico, tales como identificar las emociones, reflexionar sobre qué nos pasa, generar herramientas de autocuidado, saber pedir ayuda a referentes adultos de confianza, hacer ejercicio y prácticas corporales y tener una buena alimentación”.

Es importante consultar a un especialista en el tratamiento de afecciones específicas de adolescentes y jóvenes, a fin de realizar un abordaje integral. “Cuando la persona reciba tratamiento farmacológico, es imprescindible un seguimiento responsable para evaluar posibles efectos secundarios de la medicación y la adhesión al tratamiento. Los medicamentos pueden resultar más efectivos si se usan en conjunto con un abordaje integral que incluya psicoterapia. Estas estrategias les brindan a adolescentes y jóvenes herramientas para lidiar con la ansiedad, el estrés y otros desafíos”, especifica el estudio, el cual contempla también situaciones de crisis adolescente, las conductas de riesgo, el sentido de la vida y del límite entre la vida y la muerte. “La autopercepción como todopoderosos, la dificultad para calibrar el peligro y la búsqueda constante de aquello que les despierta curiosidad a veces expone a los y las adolescentes a riesgos elevados o graves como forma de no mostrarse tan vulnerables”.

A modo de conclusión, sostiene que los principales hallazgos de la publicación “confirman la necesidad de abordar la salud mental adolescente y joven con un enfoque integral, amplio, no patologizante, que incluya acciones de promoción, protección y cuidado” y que por esta razón es fundamental “reforzar y generar nuevas estrategias para eliminar los estigmas hacia los temas de salud mental, derribando las barreras que limitan la identificación y la expresión de las emociones en adolescentes y jóvenes y en el mundo adulto”, a efectos de “avanzar en la construcción de espacios de referencia de salud mental para adolescentes y jóvenes con perspectiva de juventud y un enfoque de promoción y primera atención en salud”, requiriéndose para ello de campañas masivas de sensibilización sobre la temática de salud mental, con contenidos que coloquen el foco y transversalicen temas como entorno familiar y cercano, centros educativos, comunidad, violencia de género y masculinidades, entre otros.

Se define como “necesario” el hecho de “avanzar en la producción de conocimiento, promover la investigación y la generación de evidencia en salud mental adolescente y joven en temas poco explorados y en el análisis de nuevas temáticas”. En cuanto a la participación de adolescentes y jóvenes, se recomienda estimularla en “espacios de discusión y construcción de acciones”, en el entendido de que ello “es esencial para garantizar su incidencia en el diseño, la implementación y la evaluación de políticas y programas en salud mental”.

 

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