Recientemente Prímera Página entrevistó a María José González, encargada de uno de los hogares estudiantiles que la Intendencia de Lavalleja (IDL) tiene en Montevideo. La mujer estaba emocionada y feliz.
Y no le faltaban razones.
El principal hogar estudiantil, el que alberga más gente, se mudó. En términos geográficos fue una mudanza corta, porque ambos edificios están en Montevideo. En términos humanos fue como un viaje a otra galaxia.
Según dijo ella y según dicen estudiantes que vivieron como vivieron en el viejo hogar, es difícil describir el cambio.
Ahora tendrán 12 baños para 70 usuarios, cuando hasta ahora debían anotarse en lista de espera para poder ducharse porque tenían sólo un baño cada 30 estudiantes. Tendrán aire acondicionado -al menos, en principio, en algunas habitaciones- y hay calefactores a leña o pellets que ya están instalados. En los inviernos, cuentan, en el viejo hogar el frío era polar, era difícil soportarlo si no era con ropa, mucha ropa, encima.
El nuevo hogar tiene heladeras flamantes, lavadero, una amplia terraza o azotea con parrillero y espacio para colgar ropa.
Y hay más noticias: al parecer la Intendencia está dispuesta a alquilar local(es) adicional(es) en caso de que crezca la demana de jóvenes que quieran estudiar en Montevideo y no tengan las posibilidades económicas de alquilar por sí mismos. Sí, el cupo de este nuevo hogar (70) ya está colmado, pero al parecer será posible que otros puedan hacer usufructo del servicio, que la intendencia presta sin costo desde hace mucho tiempo.
El mito de la meritocracia indica que “si uno se esfuerza lo suficiente, siempre puede”. Es una burda mentira. En nuestra sociedad, desde siempre, quienes provenimos de familias de los quintiles más pudientes de la población tenemos posibilidad de tener estudios terciarios si así lo deseamos, sin grandes sacrificios. Muchos pueden hacer carreras universitarias sin tener que trabajar para mantenerse, sin preocuparse por costos de alquiler, alimentación o el que sea porque nuestras familias pueden asumir esos gastos. La inmensa mayoría de las familias uruguayas no tiene esas posibilidades económicas, y aunque sus hijos sean muy inteligentes raramente tienen la posibilidad de asumir el costo para que completen una carrera terciaria. Tener a un gobierno departamental dispuesto a apoyar de manera creciente a jóvenes que de otra manera difícilmente podrían estudiar en la capital del país, reconforta y gratifica.
Hay que seguir por estos caminos de equidad y de brindar oportunidades, sobre todo a los jóvenes, cada vez más presente que futuro.