por Ramiro García Pereira (magíster en Ciencia Política)

Ramiro García Pereira (magíster en Ciencia Política)
Ramiro García Pereira (magíster en Ciencia Política)

Como afirmaba el estratega militar prusiano Helmuth von Moltke, «ningún plan sobrevive al primer contacto con el adversario». Las elecciones departamentales de 2025 lo confirmaron: las campañas no se pierden solo por errores propios ni se ganan solo por aciertos en la estrategia propia. Se imponen quienes logran convertir su estrategia en un sistema vivo, capaz de mutar al ritmo del electorado y, sobre todo, de las jugadas rivales.

Aquel todavía no tan lejano lunes 12 de mayo amaneció con la misma mezcla de nervios y prudencia en los dos cuarteles rivales. La noche anterior —domingo 11— había tenido guiones opuestos: los nacionalistas se retiraron temprano, con la sensación de que el partido se había complicado más de la cuenta; los frenteamplistas, en cambio, alargaron los prudentes festejos hasta rozar el amanecer, empujados por una ventaja mínima que olía a milagro. Pero al otro día cuando el sol arrojó sus primeros rayos de luz sobre Lavalleja, la euforia se evaporó en ambos campamentos políticos y dejó el aire cargado de un silencio espeso. Los líderes calculaban márgenes, los militantes mascaban uñas y nadie —absolutamente nadie— se atrevía a afirmar que la victoria estaba servida. Eso sí: había un entusiasmo latente en el bando frenteamplista, como quien sabe que la moneda todavía gira… pero lo hace empezando a inclinarse de su lado. Al final, seis días después, supimos que fueron apenas 95 votos lo que determinó un nuevo camino en la historia electoral del departamento, el suspiro que separa la leyenda de la anécdota; el resultado visible de una contienda en la que la comunicación fue, desde el arranque, un ajedrez de piezas móviles.

LOS VIENTOS DE CAMBIO SE EMPEZABAN A OÍR  DESDE EL INICIO

Quienes analizaron de cerca el panorama político durante el largo período electoral pasado saben que en Lavalleja se empezaron a dar señales de cambio mucho antes de que aparecieran las candidaturas a la intendencia departamental, a excepción de las del Partido Nacional, que resolvieron de forma apresurada a principios de octubre.

Todo remite a ese mismo mes de octubre de 2024, cuando las elecciones nacionales dejaron al Frente Amplio apenas por debajo del Partido Nacional por alrededor de 700 votos: una migaja si se la compara con los abismos históricos de Lavalleja. Aquel conteo encendió la alarma de competencia real. Para peor —o para mejor, según el cristal— el Partido Colorado se llevó una gran porción del pastel electoral, que lo dejaba, por primera vez en años, oliendo la disputa por el sillón municipal con chances que nadie podía negar certeramente.

En ese paisaje comenzó a gestarse en la opinión pública el “se viene cabeza a cabeza”. No era una falacia; varias encuestas serias mostraban que la brecha FA-PN se había convertido en un pasillo estrecho. Daniel Ximénez reaparecía en esos sondeos como el político de mayor simpatía, incluso entre votantes blancos y colorados, un mérito que no había conseguido ni en 2010 ni en 2015 ni como compañero de fórmula de Cecilia Bianco en 2020. La diferencia seguía favoreciendo al Partido Nacional, sí, pero ya no era un muro: era un escalón. El mensaje —cuidadosamente amplificado— actuaba como metrónomo emocional: si la carrera estaba viva, valía la pena apostar.

El ex intendente leyó esa partitura al revés. En lugar de ajustar, subestimó; en vez de tensar las riendas, se regaló aplausos de espejo. Mandó a fabricar pseudoencuestas que lo ponían veinte puntos arriba y las paseó por los micrófonos y páginas amigas. El efecto fue el contrario al buscado: aquel triunfalismo artificioso terminó de persuadir a los incrédulos de que la única encuesta que contaba era la que el oficialismo prefería esconder/opacar. El no planificar con los números reales fue el primer gol en contra de la campaña nacionalista, y el primer gran acierto de un Frente Amplio que entendió que, en política, la opinión pública es la que manda.

EL ARTE DE LA PROXIMIDAD

Quien haya asistido a los conversatorios de la Vertiente, a los actos de las listas frenteamplistas SER, PCU, 2121-2005, etc o a las charlas temáticas con representantes de organizaciones de la sociedad civil, sabe un secreto a voces: Daniel Ximénez se mantiene el vecino de siempre, pero no deja nada al azar. La camisa algo arrugada, el mate que da vueltas, el tuteo sin estridencias: esa cotidianidad se volvió la piel entera de su campaña.

Detrás no había una agencia de casting; había una docena larga de militantes veinteañeros/treintañeros y algunos más veteranos—diseñadores, estudiantes de comunicación, profesionales de la ciencia política, y varios perfiles más—que jamás cobraron un peso. Trabajaban por convicción y a deshoras, editando en sus laptops veteranas mientras el termo seguía humeando. El contraste con el adversario era fotográfico: el comando marista tercerizaba casi todo, desde los slogans hasta la luz de relleno, y se jactaba de haber fichado a “un gurú español”, tan célebre como costoso.

La diferencia estalló cuando se destapó el escándalo de los sobrecostos en la obra del ex local de AFE—una bala que vino, para colmo, desde la propia infantería nacionalista. Mientras los estrategas del ex intendente pedían presupuestos para un spot urgente con drones y voz en off solemne, el equipo de Ximénez agarró un celular, apuntó en vertical y grabó dos minutos sin corte: Daniel, con el mate en la mano, traduciendo los millones desviados a “plata que le falta al barrio” y prometiendo administrarla “hasta el último peso”. Punto. El video se subió a redes antes del mediodía y, a la tarde siguiente, duplicaba en reproducciones y reacciones positivas a cualquier pieza del principal rival, filmadas por la productora capitalina que cobraba en dólares… y cosechaba comentarios negativos a granel.

No era una batalla de píxeles. El oficialismo creyó que, si el plano era lo bastante ancho y el micrófono bastante caro, la voz se impondría. El FA apostó al efecto contrario: cuanto más cerca se oyera la respiración del candidato, más lejos viajaría el mensaje. Y, esta vez, la cercanía ganó por goleada.

INDIGNAR SIN ENSUCIAR

La campaña negativa no tuvo firma ni cuartel general: se deslizó como un rumor verificado que la gente convirtió en vendaval. Bastó que circularan documentos oficiales, fotos de resoluciones y recibos con números imposibles para que el comentario de sobremesa migrara a los grupos de WhatsApp y, de ahí, reventara en las redes. Nadie se adjudicó la autoría—tal vez porque el truco consistió, precisamente, en que no hiciera falta.

Cada pieza era autoexplicativa: una captura del decreto municipal que compraba una paleta de ping-pong a 40 mil pesos junto al algún recibo de un trabajador que no llega a ese monto en un mes; los cimientos oxidados de una gigantografía (hoy ya obra terminada, pero parada en aquel entonces) en la entrada de Minas con su precio estampado en dólares; el vídeo de la publicación en tono de denuncia agresiva por parte de una correligionaria del ex intendente por el asunto de los 21 millones gastados en “unos jueguitos”. La indignación nació sola: una chispa anónima le dio un dato comprensible y el resto lo hizo el enojo ciudadano.

Por debajo corría una lógica casi quirúrgica: nada de cifras infladas ni adjetivos gruesos—solo papeles, imágenes y contraste. En un departamento donde una parte no despreciable de los micrófonos simpatizaba con el oficialismo, cualquier exageración habría vuelto en forma de búmeran. La fuerza de la ola fue, justamente, que parecía imposible rebatirla sin negar la propia firma estampada en los documentos.

EL RIVAL OBLIGADO A IMPROVISAR

Cada paso de Ximénez llegaba, sí, al despacho del ex intendente, pero no para abrirle el panorama: llegaba para confirmarle lo que él ya creía. Se reservó cada válvula de mando —el discurso, el cronograma, los posts— y convirtió a sus asesores en potenciales culpables cada vez que algo salía mal. Cuando los primeros memes sobre los sobrecostos de AFE prendieron como pasto seco, ordenó averiguar “quién había filtrado el documento”, sin sospechar que la foto reposaba, pública, en el portal de compras del propio gobierno. Mientras exigía cabezas, la burla saltó a las radios locales, a los grupos de zafrales, a los chats de las cooperativas de vivienda: la risa se hizo masiva y, con ella, la idea de despilfarro.

Su arquitectura de campaña —un embudo que desembocaba en su teléfono— terminó siendo jaula. Cada vez que la ofensiva digital subía de tono pedía otra encuesta “seria”. Y la encuesta —la suya, armada para inflar la ventaja— le devolvía el espejo deseado: veinte puntos arriba, triunfo asegurado. Nadie en su mesa chica se animaba a decir que el termómetro estaba trucado. De tanto mirar aquel gráfico, el ex intendente confundió el dibujo con el territorio.

Cuando por fin intentó contestar, habían pasado tres días y mil chistes. Su equipo llegó con una carta prolija, repleta de cifras y justificaciones. “Que lo explique alguien más”, le sugirieron. Pero ya era tarde: en campaña, quien se ve obligado a explicar a  través de un tercero firma que va detrás. Él buscaba explicaciones; la gente ya había emitido veredicto. Y la frase anónima que empezó a rodar por los boliches lo resumió todo: “Dirige una orquesta en la que solo él oye la música”. Mucho control, cero melodía.

CRISIS DE ÚLTIMA HORA

Para Ximénez, no todo fue color de rosas, al faltarle 48 horas al sufragio, un programa capitalino soltó su “exclusiva”: el google earth indicaba que supuestamente en catastro estaba mal ingresado los metros de la casa de Ximénez. La acusación era confusa, contable y, sobre todo, insípida para la adrenalina de los comicios. Daniel la atendió con un documento del BPS y un video de un minuto: “Aquí está mi recibo, mis impuestos al día; seguimos hablando de propuestas”. Fin. No hubo hilo, no hubo confrontación. La trampa narrada en vivo quedó atrapada en su propia red.

EPÍLOGO ABIERTO

Cuando la noche del escrutinio arrojó, primero, aquellos 116 votos de ventaja —y luego los 95 definitivos—, los comentaristas se abalanzaron sobre los archivos para ver si encontraban algún indicio histórico que permitiera anticipar el comportamiento de los votos observados y por allí poder vaticinar el resultado antes de tiempo. Encontramos, sí, hubieron perlas dignas del anecdotario: aquella encuestadora capitalina que, con el aplomo de los oráculos de café, aseguró horas antes del conteo final que “los blancos ganan, sin discusión”.

La lección, para los manuales de marketing político, es que el triunfo se urdió en una secuencia de giros pequeños, siempre escuchando a la gente. La campaña de Ximénez se dejó atravesar por la realidad —la encuestó, la olfateó, la caminó— y se moldeó a su pulso. La del ex intendente hizo lo contrario: intentó que la realidad se adaptara a su esquema mental del mundo.

En política, como en ajedrez, nadie juega con las piezas que imaginamos; cada quien mueve las propias. Ganó quien aceptó la regla básica: anticipar la jugada rival exige primero reconocer que hay una jugada rival. El adversario apostó a que el tablero obedecería su deseo; Ximénez apostó a leer el tablero y, si cambiaba, cambiaría su estrategia con él.

Von Moltke tenía razón: el plan muere al primer contacto. Pero en Lavalleja ocurrió algo más revelador: la estrategia que renació una y otra vez—nutrida de calle, de datos y de flexibilidad— terminó respirando hasta el último voto. Esa, y no otra, fue la distancia entre 95 arriba y 95 abajo.

 

(Nota de Redacción: Esta nota fue realizada en base a artículo de investigación publicado en la revista Relato Comunicación Política, relatocompol.com. Artículo: “Ganar lo imposible: lecciones estratégicas desde Lavalleja”. Autores: Ramiro García Pereira, magíster en Ciencia Política; Santiago Castro Heredia, periodista en Canal 5, Radio Mundo y la diaria; Horacio Casanova,  técnico electrónico, especialista en soporte técnico de redes, social media strategist y creador audiovisual; L183R, consultor militar en ciberseguridad e inteligencia analítica. https://relatocompol.com/relato-junio-2025-no-16/)