Hace ya unos cuantos años, el célebre (y fallecido) periodista inglés Robert Fisk, cuando cubría para el periódico The Guardian la invasión estadounidense a Irak, escribió unas pocas palabras con verdades afiladas como puñales: “si el principal producto de exportación de Irak fuesen los espárragos, Estados Unidos jamás hubiese invadido el país”. Pero Irak no producía espárragos sino petróleo, de a millones de barriles, y Estados Unidos necesitaba controlarlos. Por eso invadió el país, luego de inventar unas “armas de destrucción masiva” en manos de Saddam Hussein que nunca existieron. EE.UU. invadió Irak, asesinó a un millón de civiles -antes había asesinado a muchos más con sanciones internacionales que propuso y aplicó- y sacrificó la vida de miles de sus soldados, para que las multimillonarias corporaciones estadounidenses ligadas al petróleo -incluyendo las que eran propiedad de las familias de su presidente y vicepresidente- siguieran amasando fortunas que ya son incalculables.

Y Venezuela, ¿produce espárragos? No, Venezuela no produce espárragos tampoco. Venezuela es el país que, para su desgracia, tiene las mayores reservas de petróleo y de oro, en el mundo entero. Esa es su desgracia y la principal razón del ataque estadounidense sobre Caracas y sobre otras localidades venezolanas, y del secuestro del presidente venezolano, junto a su esposa. Ambos fueron llevados a Nueva York para ser juzgados por cargos de narcotráfico, por su supuesta participación en un Cartel de los Soles responsable de la entrada de toneladas de cocaína en Estados Unidos. Este Cartel de los Soles sí existió en Venezuela, en la década de 1990, y de él participaba un general venezolano. Pero fue desarticulado por otro militar, otro general, que fue electo presidente de Venezuela en 1998. El general se llamaba Hugo Chávez, quien al descubrir que en el Cartel de los Soles no sólo participaba un general venezolano sino además oficinas gubernamentales estadounidenses, decidió expulsar a la polícía antidrogas de EE.UU., la DEA, de su país.

A EE.UU. no le interesa combatir el narcotráfico, porque si le interesara el presidente Donald Trump no habría perdonado hace un par de meses a Juan Orlando Hernández, expresidente hondureño, quien estaba preso en EE.UU., condenado a 45 años de prisión, por haber participado en el ingreso de 300 toneladas de cocaína a ese país.

Maduro era un dictador, claro. Pero a EE.UU. no le interesa la democracia. Si fuese así habría invadido Arabia Saudita, que no ha tenido elecciones en los últimos 200 años, por lo menos.

A EE.UU. no le interesa defender ni proteger los derechos humanos en ninguna parte del mundo, porque si así fuera habría detenido a mandatario israelí Benjamín Netanyahu, cuya captura por crímenes contra la humanidad es requerida por tribunales internacionales. Netanyahu, un genocida, fue aplaudido y ovacionado en el Congreso estadounidense y pasó las fiestas con Trump, en Miami. Si a EE.UU. le interesara proteger los derechos humanos habría detenido (podría haberlo hecho en un sólo día) el genocidio de los palestinos en Gaza o sus propios bombardeos en Siria y en otros países, o habría sancionado al gobierno de El Salvador, denunciado múltiples veces por su violaciones de los derechos humanos. Pero en realidad Nayib Bukele, presidente de El Salvador, es uno de los principales aliados de EE.UU. en la región.

A EE.UU. no le interesa defender la democracia, ni los derechos humanos, ni la legalidad internacional. A EE.UU. le interesan los recursos de otros países y el dominio mundial.

Así ha sido por siglos y así es hoy. La única diferencia es que ahora, este gobierno de EE.UU. disimula un poco menos que los anteriores.

Para invadir Irak, Estados Unidos hizo una farsa en las Naciones Unidas (ONU) acusando a Irak de intentar producir unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Dedicaron enormes recursos para elaborar informes falsos e hicieron investigaciones propias que demostraron justamente que Irak no estaba produciendo ninguna arma de ese tipo y que tampoco era capaz de hacerlo. Esos informes fueron enterrados mientras otros informes, falsos, fueron presentados ante la ONU. No, esta vez EE.UU. no pidió a la ONU intervenir militarmente en Venezuela.

Tampoco pidió Donald Trump autorización a su propio Congreso, el parlamento de su país, porque sabía que había congresistas de su propio Partido Republicano que no aceptarían un ataque injustificado de este tipo. Donald Trumpo decidió -ilegalmente hasta para las leyes de su propio país- atacar a Venezuela y secuestrar a su presidente simplemente porque le interesa controlar el petróleo. Y eso no lo dice quien lo escribe: lo dijo el propio Trump antes y después del ataque.

En 1823, el entonces presidente de Estados Unidos, James Monroe, anunció una nueva política exterior de su país, que fue llamada “Doctrina Monroe”, y que fue enunciada entonces con una frase que se volvió muy popular: “America para los americanos”. De esa forma, Monroe y el gobierno de EE.UU. proclamaban que no aceptarían que las potencias europeas intervinieran en las Américas del Norte, Central o del Sur. Con el tiempo quedó claro que la frase que representa a esta doctrina era en realidad “America para los norteamericanos”, porque desde ese año se ha registrado al menos medio centenar de ataques, intervenciones militares y golpes de Estado apoyados u organizados directamente por Estados Unidos, en América Latina.

Y además no se necesita utilizar la imaginación: el propio donald Trump ha dicho, hace unos días nomás, que es partidario de esta doctrina y que no piensa dejar que nadie que no sea EE.UU. explote y domine las riquezas naturales de nuestros países.

Si usted alguna vez creyó en esas fantasías que vende Hollywood acerca de unos Estados Unidos que promueven y defienden la libertad, la democracia y los derechos humanos, quizá va siendo hora ya de que deje de ser tan ingenuo.