La Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) se propone abrir 56 nuevos comedores en la educación media nacional.

El objetivo es ambicioso, llegar a 40.000 estudiantes partiendo de los 20.000 actuales que reciben ese servicio. En realidad este programa busca que ya desde el año 2026 se pueda llegar a 40 mil estudiantes de Secundaria y UTU de todo el país, ya que la iniciativa forma parte del Presupuesto Nacional que ya se discute en el Parlamento y que regirá por cinco años.

Estos nuevos comedores se instalarán de manera preferente en los centros educativos de contexto más vulnerable.

Esto va unido a la propuesta del gobierno del Frente Amplio de extender los tiempos pedagógicos. Si los estudiantes van a estar más tiempo en los centros educativos, es obvio que deberán recibir alimentación.

Esto podría mejorar tanto las comunidades educativas (las autoridades dicen que eso indican las experiencias en este sentido) como la nutrición y socialización de los estudiantes.

El nuevo sistema tiene, por supuesto, un costo considerable.

Quizá por eso y pensando en mejorar la propuesta tanto en términos de costos como de nutrición y eficiencia del gasto y del sistema, se pueda considerar conocer y tal vez imitar experiencias en este sentido en otros países.

Así es posible saber que en unos cuantos países europeos o de otros continentes que tienen sistemas de alimentación estudiantil tanto en Primaria como en Educación Secundaria, es usual que en cada localidad exista un sistema centralizado de elaboración de las comidas escolares. Al menos en ciudades pequeñas o medianas, existe una única cocina centralizada en la que trabajan cocineros/as, ayudantes, nutricionistas, todas las especialidades que se necesitan en un establecimiento de este tipo. Allí se planifican y preparan todas las comidas, para todas las escuelas y liceos de la localidad, cada día. Estas son luego trasladadas a cada comedor en cada centro de estudio, donde funcionarios las sirven, quizá directamente o quizá luego de calentarlas, si fuese necesario.

¿Qué se logra con estos sistemas centralizados? En primer lugar, que todos tengan una alimentación planificada, balanceada y de calidad homogénea. No hay comidas de primera en algunos centros de estudio y de segunda en otros. Además, probablemente, se logre una economía de costos -por la escala- que seguramente haga más barato el sistema en su totalidad.

¿Y qué requiere un sistema de este tipo? Quizá, como requisito imprescindible, que no haya lucro de por medio: el país ya ha experimentado -diríamos, dolorosamente- con sistemas de alimentación escolar y liceal de gestión privada, que terminan siendo miles y miles de bandejitas de espuma plast, con milanesas o trozos de tartas de muy dudosa calidad con papel film por encima. O sea: una inmensa rotisería que envía bandejas de las que busca obtener la mayor ganancia posible. No es que estas empresas gastronómicas sean malvadas: la mayor ganancia posible -la razón misma de existir de casi todas las empresas privadas- está en el centro mismo del sistema en el que desarrollan la actividad.

¿Que es difícil tener un sistema público de este tipo? Pues este mismo sistema existe hoy mismo y desde hace muchos, muchos años, en unos cuantos países del mundo, funcionando de manera ininterrumpida, como un hermoso reloj suizo. Quizá se trate tan sólo de ir, conocer en detalle cómo funcionan esos sistemas, e imitarlos con entusiasmo.