Ugo Riverón Murúa nació en el Barrio Olímpico y las peripecias familiares lo llevaron, a fines de los ‘70, a Buenos Aires. No cree en las casualidades. Prefiere estar atento a las señales que la vida le presenta. Es especialista en herramientas de gráfica, preprensa y flujo editorial. Brinda capacitaciones y consultorías a importantes medios y empresas editoriales de Argentina y Latinoamérica y es docente en la Fundación Gutenberg desde 2004. Dos veces al año vuelve a su ciudad natal, una cita obligada a la cual siempre dice presente.
«Trabajo por mi cuenta, por lo que sé a la hora que arranco, pero no a la hora que termino. En medio surgen muchas cosas y viste que quienes laburamos de esta manera, cuanto más complicado y más te rompe la cabeza, mejor, hasta encontrarle la vuelta», afirma en la primaveral tarde del miércoles porteño.
Hijo de Brígido Riverón y de Célica Murúa, Ugo tuvo cuatro hermanos: María del Carmen, Claudia, Natalia y Nicolás. No evitamos la curiosidad de preguntarle por su primer nombre, Ugo, sin hache. No fue casual ni error de tipeo del funcionario al momento de registrarlo. «A mi viejo le gustaba mucho Ugo Tognazzi (actor y director, autor teatral, cinematográfico y televisivo italiano), y Hugo, en italiano, es sin hache. Así que viene por ese lado. No fue casual, fue a propósito, aunque, como podrás imaginarte, en todos los lugares donde debo registrarme, el error está a la orden del día, me hacen siempre la misma pregunta y yo lo aclaro como corresponde».
Nació el 30 de agosto de 1965 en el Barrio Olímpico de Minas, «en pleno temporal de Santa Rosa. Ese año se dio un movimiento climático importante, como anunciando que se venía algo complicado -risas-». Fue alumno de la Escuela Nº 7, luego del Colegio San José y posteriormente del Instituto Eduardo Fabini.
Le consultamos acerca de docentes que marcaron su trayectoria estudiantil y respondió: «De alguna forma, me recrimino, me tiro un poco de las orejas por no haber aprovechado como hubiera correspondido sus conocimientos. Hablo del profesor Ramón Zabaleta en historia, de quien conservo un gran recuerdo, al igual que del profesor Glauco Sequeira quien, además, fue un gran amigo y nuestro director técnico en el equipo de fútbol del Fabini que compitió con muy buen suceso a nivel nacional por aquellos años».

LA VIDA FAMILIAR
El padre de Ugo era electricista y en forma paralela trabajaba en la planta de portland de ANCAP Minas. «Tenía su propio taller de electricidad en la casa de mis abuelos con el cual, en la medida de sus posibilidades, fue evolucionando. Compró un terreno y empezó a construir en el Barrio Olímpico, hasta que en 1978 -yo tenía 13 años-, mi viejo falleció producto de un ataque al corazón. Mi madre quedó sola en la crianza de sus cinco hijos. Nicolás, el menor, tenía unos meses de vida. Había nacido en febrero de 1978 y mi padre falleció en agosto de ese año. Mi vieja quedó con todos sus críos a cargo en forma exclusiva. Un exempleado de mi padre quiso hacerse cargo del taller, pero todo fue en declive y a mi vieja se le fue de las manos el tema económico. Sus hermanas ya estaban en Buenos Aires -entre ellas Sonia, esposa de Abdón ‘Gorila’ Bayarres-, por lo que cruzamos el río y nos radicamos en la capital argentina en 1979".
RUMBO A BUENOS AIRES
La adaptación a la capital argentina «fue complicadísima» al «sentir un desarraigo tremendo a pesar de que estábamos cerquita y de que uruguayos y argentinos somos muy parecidos». Pese a la similitud, «igualmente hay un abismo. A algunas cosas simples de la vida procuré mantenerlas, cuestiones que en la metrópolis se han perdido. Por ejemplo, yo vivo en un edificio de apartamentos donde saludo a todas las personas con las que me cruzo. Me parece lo más natural del mundo, pero no te devuelven el saludo, a pesar de que me conocen hace 10 años. Es un choque importante en cosas cotidianas. Trato de preservarlas porque las considero parte de mi esencia».
Retornaron a Uruguay y volvieron a Buenos Aires para radicarse allí definitivamente. «Es decir que tuvimos dos desembarcos en Argentina. En la segunda etapa, ya había empezado a estudiar en el Secundario -mi hermana mayor se quedó en Minas porque en ese tiempo se casaba-. En mi caso, teniendo hermanos pequeños, tenía que salir a trabajar. Lo hice en simultáneo con el estudio. Después de varios trabajos, desembarqué en un taller de fotomecánica. Fue mi primera incursión en lo que terminó siendo mi profesión hasta el día de hoy».
SEÑALES
Ugo Riverón no cree en las casualidades. Aquel taller de fotomecánica fue fundamental en su trayectoria laboral. Por ese motivo y por otros ejemplos, afirma que «algunas cosas pasan por algo. Después, ponele el rótulo que quieras. Cuando me casé, en plena ceremonia religiosa, la puerta de la iglesia quedó abierta y entró un perro. Mi viejo, en el horóscopo chino, era perro. Para mí, era mi viejo y esa era la señal. Aunque sé que hay mucha gente escéptica sobre estas cuestiones, siento que, simplemente, debemos estar más atentos a ellas».
TRAYECTORIA LABORAL
Nuestro entrevistado tiene casi 40 años de experiencia en preprensa, «la etapa previa a que una pieza gráfica (libro, revista, folleto, packaging), las cuestiones técnicas que necesita un producto a imprimir. Deben pasar por un sector específico que adecúa esa pieza gráfica para que se imprima en las mejores condiciones, tratando de llegar a lo que el diseñador, en este caso, quiere lograr, o el fotógrafo. Cuando hablamos de fotografía, los colores, la luz y todo eso llevado a pigmentos. Hay que hacer una conversión que involucra un montón de procesos dentro de una etapa intermedia, trascendental, independientemente de que las demás áreas también deben estar igualmente coordinadas».
«Antes se hacía todo por cámara. Cuando teníamos que hacer una revista en cuatro colores, había que hacer una reproducción de esa foto con película, en cuarto oscuro, revelando y aplicando máscaras. Esas máscaras son las que uno utiliza hoy en Photoshop, por ejemplo», explicó.
EN TIEMPOS DE IA
Riverón se capacitó en la Fundación Gutenberg, organización en la que es docente desde 2004. «Allí aprendí todo lo que tiene que ver con la gestión del color, toda la parte técnica, la cual después, obviamente, perfeccioné en el trabajo, con la práctica», señala.
En la actualidad cuenta con clientes estables a los cuales brinda consultorías permanentes. «Por ejemplo, el grupo Planeta, que abarca a un montón de editoriales, desde hace varios años le brindo soporte, todo lo que tiene que ver con una consultoría. Como empresa global que es, en este caso se remite a España y hay ciertas cosas que hemos logrado desde acá, desde la filial argentina, con la idea de replicarlas en otros países, como en Uruguay». También brinda seminarios y charlas y presenta diferentes productos, «en momentos en los cuales la IA (inteligencia artificial) está en la cresta de la ola, teniendo en cuenta mi experiencia docente y mi presencia también en ámbitos de laburo real, porque una cosa tiene que ver con el marketing, con lo que se quiere vender, y otra cuando sales a la cancha. Articulo todas estas cosas porque no me gusta ‘vender humo’, porque jamás he trabajado así. Uno tiene que saber acompañar a estas nuevas herramientas. Si te les pones en contra, te quedaste fuera y la ola te pasa por encima», evaluó.
Para Ugo Riverón se trata de «contextualizar el proceso», ya que «durante mucho tiempo la gente pretendía saber cuál era el botón que todo lo hacía. Hoy a eso ya lo tenemos. El tema pasa por tener el discernimiento y el conocimiento de que lo que se está devolviendo está bien o la forma en cómo se lo estás pidiendo. Para eso es insustituible la participación del ser humano, al menos hasta ahora, porque a todas estas inteligencias hay que entrenarlas, hay que ver qué tipo de entrenamiento tienen. Hablo de la inteligencia artificial en general, ya sea en la generación de contenidos, de imágenes y de textos. Es transversal a todas las actividades, de manera tal que ese filtro es necesario, no solamente para crear, sino también para definir si la devolución es la correcta».
AÑORANZAS
Por lo general, dos veces al año Ugo vuelve a Minas. Además, las elecciones «son cita obligada para mi».
A lo largo del tiempo, a nuestra ciudad la aprecia «en constante evolución. Aquí -en Buenos Aires- se vive una vorágine terrible, no paras nunca. Llegas a Minas y sientes una tranquilidad difícil de explicar. Cuando uno sufre desarraigo, como que le queda una polaroid, una instantánea estática en la mente. Respecto a esa Minas siento que hay una distancia abismal. Cuando hablo sobre mi ciudad cuento que era un lugar donde dejabas la bicicleta en la calle, en la vereda, durante toda la noche y no pasaba nada. ¡Y no me creen! Sé que muchas cosas han cambiado a ese nivel y a uno le quedó esa añoranza. Pero en la esencia de la gente, a pesar de, sigue habiendo una gran diferencia», consideró.
Para él, «Minas es un cable a tierra, una recarga de energía. Afortunadamente, a mis hijos también les gusta mucho. Me une a Minas una cuestión afectiva, una hermana vive allí, y tengo primos y amigos en Minas, sin dejar de reconocer que es una ciudad expulsiva. No sé si volvería a vivir en Minas, más que nada por lo que te comentaba sobre mi actividad laboral. En un futuro lo analizaría en profundidad. Mi mujer (Gabriela Vilas) es argentina, al igual que mis hijos (Zoe, estudiante de arquitectura y Caetano, estudiante de ingeniería informática, trabajando en sistemas de Mercado Libre)».
Porque no solo de trabajo vive el hombre, consultado acerca de otras actividades que le gusta realizar por fuera de lo laboral, contestó: «Me da culpa, sinceramente: he estado inscripto en gimnasios y de repente he concurrido solo tres veces en un año. Es una materia pendiente, algo que me recrimino siempre, pero el trabajo me insume mucho tiempo. A nuestros hijos, un poco por nuestro fanatismo por la cultura japonesa, les gusta mucho el cine oriental, todo lo que tiene que ver con animación japonesa y la gastronomía, por supuesto. En mi caso, desde chico me sentí atraído por la cultura japonesa. Era fanático de Ultra Seven. Me causa gracia, porque mis dos hijos están de novios con orientales: el novio de mi hija es chino; la novia de mi hijo, taiwanesa. Al hermano del novio de mi hija, un chiquito de 10 años, le encanta Ultra Man, que es la versión de estos tiempos de lo que yo veía. Las vueltas de la vida…», mencionó para finalizar Ugo Riverón Murúa en diálogo con Primera Página Dominical.