Estuvo en el Hogar de Varones (INAU) y escapó. En un vagón del tren que transportaba piedra caliza llegó a Montevideo. Se crio en la calle, a la intemperie. Trabajó en montes y en canteras. Fue atleta, boxeador y candidato a intendente. Para él, los códigos de la calle cambiaron y los gurises están cada vez más desprotegidos. A fines del año pasado, solidaridad mediante, donó cien canastas para aliviar penurias navideñas y aportarle al arbolito al menos una mueca de sonrisa. Carlos Tomé Umpiérrez y una charla diferente en Primera Página Dominical.
El 11 de mayo de 1973, en el Hospital «Dr. Alfredo Vidal y Fuentes» nació Carlos Alberto Tomé Umpiérrez. Entre el Cerro Partido y el barrio Diano vivió, disfrutó y padeció su infancia.
¿Cómo fue la niñez?
Durísima. Desde muy niño, dentro de INAU. Más grandecito, en la calle...
¿Cómo eran aquellos códigos de la calle?
Los tiempos han cambiado mucho y no precisamente para bien. Ahora, nada que ver con lo que me tocó vivir, a pesar de todas las adversidades. En general, la gente te protegía más, estábamos mejor. Siempre me dediqué por lo bueno, nunca tuve malas mañas. En Minas, haciendo lo que pude: lustrando, cuidando autos o en alguna changuita, entrando leña, siempre salía algo para hacer. A los 10 u 11 años estaba en el Hogar de Varones -donde ahora está la Santiago Chalar - y me escapé. Me fui en el tren que cargaba la piedra. Un amigo me esperaba en Montevideo, en la plaza de La Bandera. Nunca apareció… A esa edad estuve tres meses viviendo frente al Estadio Centenario, donde está la carreta con los bueyes (Monumento La Carreta, de José Belloni, en Parque Batlle).
Un cambio radical, a una edad muy especial.
Totalmente. Ahí estuve a la intemperie, abajo de unos pinos chatitos que hay por ahí. Un día fui a la Feria del Libro y me encontré con unos chiquilines. Les conté mi historia, que estaba escapado de un hogar, fugado, y ellos me adoptaron, como quien dice. Les contaron a sus padres y el primer día me llevaron comida. Luego me adoptaron y estuve uno o dos meses con ellos, hasta que salí en televisión porque estaban buscando mi paradero. Ellos me entregaron a la justicia y pasé a un hogar en Burgues y Espinillo, también en Montevideo. Los sábados me iban a buscar y los domingos me regresaban al hogar. También estuve en Las Brujas, en Canelones, donde hay una escuela agraria. A los 17, mi madre me reclamó en el Juzgado de Minas y esta familia me trajo. Me dieron la posibilidad de elegir y me quedé con mi madre.
Un forzado aprendizaje el que te tocó vivir.
Imponente. Se vino la adolescencia y las posibilidades de trabajar, porque siempre fui por ese lado.
¿En Minas te sentiste juzgado por la sociedad?
¿Los Tomé? ¡Por supuesto! ¡Siempre! Se me hizo recontra difícil conseguir un trabajo porque tenía hermanos que andaban en malos pasos y el que la ligaba era yo. Pero bueno, los montes y las canteras eran un trabajo durísimo, pero me salvaron en esa época. También fui militar un año, en 1992, etapa en la que empecé a competir en atletismo, con la profesora Serrana Hernández.
Corrías descalzo…
Exacto. Mi padre había sido atleta, así que me viene en la sangre. Ahí empecé un poco a acomodarme en la vida. Yo era fondista, 10km, hasta 42 (Maratón). Gracias a Dios gané varias carreras, estuve en varios clubes, llegué a Peñarol y también formé parte de la Selección Uruguaya.
Luego hiciste boxeo.
Sí, fue algo que me gustaba mucho, pero boxeo, en esas épocas, no había en Minas, no había forma de practicarlo con asiduidad. En Lavalleja no había absolutamente nada. Con los años, durante el gobierno de Tabaré Vázquez, se arrancó con el programa Knock Out a las Drogas, donde necesitaban a alguien que pusiera la cara en Minas por el boxeo. También hacía musculación en la sala de Olimpic Atenas. Siempre me dediqué al deporte y traté de estar lo mejor posible a nivel físico, aunque fui medio peleador en la calle. Fueron los problemas que tuve con la justicia, como le pasa a cualquier gurí hasta que en determinado momento parás.
Te vinculaste a la política, fuiste candidato a la Intendencia. ¿Qué rescatas de esa experiencia?
Fue muy buena. Más allá de que se dice que la política es sucia, es según cómo la lleves, cómo la trates. Yo me considero una persona honesta. Siempre trato de ayudar a la gente, de mirar por el otro. Tal vez sea una de las cosas por las que no llegué, pero decir eso es como apuntar a que las otras personas son malas y no es así. Fui candidato a la intendencia por el Partido Colorado. Allí me dieron la oportunidad, fue donde comencé y marqué mis primeros votos.
¿Para hacer política hay que tener plata?
Y sí, de acuerdo a lo que vi, no hay otra. De repente la gente hoy se queja de determinadas personas, pero termina votándolas una y otra vez. Es raro, pero generalmente sucede de esa forma. Nunca ayudé a la gente para después pedirle que me votaran. Simplemente es algo que me sale, que me nace de corazón y que haré siempre.
¿Quién te puso “El Loco”, el apodo por el que todos te conocen?
Un amigo del barrio.
¿Qué tenés de “loco”?
Y… soy bastante alocado. A veces me enojo y, bueno, sí, estoy loco. Son locuras buenas que solo un loco puede hacerlas, cosas donde me la juego y me salen bien, propuestas e ideas que planifico y que, para otros, de repente, son locuras pero que terminan concretándose. No tengo un mango. Soy funcionario municipal y vivo de eso. Si tuviera plata sería todo mucho más fácil. Cuando propongo una idea es porque pienso que puedo concretarla y que no todo es plata en esta vida. Por ejemplo, a fin del año pasado me puse en la cabeza juntar 100 canastas para ayudar a la gente y logré hacerlo. Capaz que una persona cuerda ni siquiera lo piensa como posible, ¿no? Cada vez que convoco a la solidaridad a través de Facebook, la respuesta de la gente es imponente. Ahora estoy dedicado a los caballos de carrera. Siempre me gustaron. Tuve la posibilidad de tener un pura sangre y cada vez que ganamos algo con el caballo, con parte de esa ganancia compro bicicletas para gurises que realmente las necesitan, o la gente me las dona, las hago arreglar con alguna persona que me da una mano y se las entrego. La sonrisa de los gurises es impagable. A todo eso me lo ha enseñado la vida. En estos momentos organizo carreras en Pista Minas. Para el domingo (hoy), tengo cuatro carreras armadas. El mantenimiento de la pista es imponente. Lo banco desde mi bolsillo, obviamente. Tengo que pagar el alquiler y los dueños no aceptan descontar gastos de ese rubro. Pero bueno, hay que arreglarla lo mejor posible. He ido por todo el país a competir con los caballos y te atienden fenómeno. Entonces, cuando venga la barra a Minas, quiero que todo esté lo mejor posible y que aquí se sientan cómodos.
Desde tu experiencia, ¿cómo ves la vida de los gurises que hoy están en la calle, como vos estuviste hace algunas décadas?
Todo ha cambiado. Por lo general, los gurises idolatran a malas personas, los espejos que tienen son malos. Y después, las autoridades… Todo tiene que ver. Por ejemplo, los artistas que traes a una fiesta grande como la Semana de Lavalleja... No es por darle palo a nadie, pero si escuchas las letras de La Joaqui, si escuchas una cumbia villera, a todas esas cosas los gurises las absorben... Son sus ídolos, con la gorra para el costado, con una nueve tatuada en la cintura… Cada vez se hace más duro porque el gran problema es la droga. En un momento puse un gimnasio a través del Knock Out a las Drogas. Tuve 50 gurises a cargo y anduvimos súper bien. Surgieron muy buenos boxeadores, como Leonardo Carsín, que hoy tiene un gimnasio instalado y es un boxeador profesional, o Virginia López, entre otros competidores. Pero la ayuda del Estado desapareció, quedé solo y tuve que cerrar. Al referente barrial ya no se lo respeta. Antes ibas a un barrio, ibas al referente... Con esa persona recorrías todo el barrio, te manifestaba los problemas del lugar y de los gurises. Ahora eso es impensado. Intentar sacar botijas de la calle en este momento es peligroso porque lo pueden tomar como una amenaza. Si uno logra alejarlos de una boca de drogas, ¿a qué te expones? Lo pueden tomar a mal y tomar represalias. Uno lo que quiere hacer es el bien y nada más pero nadie responde. Te desgastas y terminas tirando la toalla. Los reconocimientos nunca llegan para una persona que hace algo por un barrio o por la ciudad.
Hay algunas cuestiones que no cambian...
¡En Minas no cambian! Siempre es aquello de ‘M’hijo el dotor’, el hijo de fulano… Y esas cosas duelen. Yo siempre fui para adelante y sigo ayudando desde mi lugar. Y lo seguiré haciendo en la medida de mis posibilidades. Pero hay personas que han sido grandes valores, como Humberto Palumbo a través del ciclismo, que hicieron un gran trabajo por la comunidad. Quedan por el camino, en el olvido. Nadie valora nada. Es lamentable.