La centralidad del tema de la salud mental hace que responder a las demandas actuales sea impostergable. El psicólogo Roberto Balaguer Prestes planteó su análisis al respecto: vínculos, referentes, convivencia, la Ley de Salud Mental vigente. Involucró a la salud, la seguridad y la educación, porque “todos los temas están entrelazados y es difícil abordarlos por separado sin afectar a los demás”.

 

Si se visualizara a la sociedad uruguaya en términos de terapia psicológica, ¿qué se apreciaría sobre este ‘paciente’?

Es una muy buena imagen. Si hablara en primera persona, diría que es una persona que tiene problemas para convivir con las otras. Sería una persona que cada vez encuentra más dificultades para poder negociar con las demás cuando surgen diferencias. Se trata de vivir rápidamente y donde resulta dificultoso arribar a puntos de acuerdo. Poco tiempo, mucha celeridad para todas las cosas, todo lo cual opera en contra de una sensación de bienestar. Donde quiera que esté, se está siempre ansioso, hiperactivo, con dificultades para poder disfrutar. Si fuera más joven, diría también, que estaría en comparación permanente con los otros, algo bastante complicado, así que no sería una persona que la estuviera pasando del todo bien.

 

¿Todas esas condicionantes se vieron potenciadas con la pandemia, sobre todo a nivel de los vínculos y de la convivencia en general?

De alguna forma, sí. Ese período mermó las posibilidades de vincularse, porque hemos generado buenas cosas a nivel laboral, por ejemplo, la menor necesidad de encontrarse, de movilizarse, de salir de un lado para el otro. Ese es el lado positivo. Pero a la vez hizo que hubiera menos encuentros y que el tiempo fuera siempre un factor a ser optimizado. Entonces, cuando se funciona de ese modo, cuesta mucho que se generen relaciones profundas, ya que éstas se generan más en la convivencia, en el poder estar con otros. No es garantía de que así suceda, pero, digamos, da más posibilidades de que ello ocurra. Entonces, con la pandemia, como que todos nos recluimos más, quedamos como en esa comodidad de no tener que interactuar con los otros, de no necesitar siempre interactuar. Y eso que es bueno en un sentido de comodidad, es malo en el de que, a todo aquel que me incomoda, que me molesta, que me genera una cierta rispidez, puedo eliminarlo, figurativamente hablando, quitarlo de mi ámbito de interacción. En ese sentido, considero que mostró cosas buenas a nivel de optimizar el tiempo, pero eso trajo como consecuencia esta merma en las interacciones y, por tanto, en la profundización de los vínculos, en lo que lleva a que uno sea más negociador, a que tenga más cintura para hacerlo.

 

¿Nos hizo poco menos que herméticos al comunicar lo que nos pasa?

Sí, más allá de que el tema de la salud mental y de poder compartir estas cuestiones está muy sobre la mesa, pero también, en muchas ocasiones, desde una óptica si se quiere más egoísta, más narcisista, de evitar vínculos tóxicos, de poder desplegar lo que uno quiere y ser uno mismo. Como contracara, los vínculos a veces te ayudan a crecer, a no hacer lo que vos quieras, sino a ser una mejor versión de ti mismo. En general, en cuanto al tema de la salud mental estamos más abiertos, aunque tal vez se está colocando más énfasis no necesariamente en lo que es mejor para el colectivo, para lo social.

 

¿Qué sucede con los referentes, pensando en que los primeros, ante todo, son los padres? Hay quienes manifiestan que con sus hijos son amigos. ¿Qué ocurre con los límites en estos casos?

De ese modo, justamente lo que se pierde es la figura de referencia, de autoridad y de guía, tan necesarias tanto en la infancia como en la adolescencia. La contracara a eso es la orfandad, porque si tu tienes un padre amigo, no tienes padre, tienes un amigo grande, pero no tienes padre. Así planteado, los chiquilines terminan quedando huérfanos de adultos referentes que les digan «esto sí, esto no; esto me parece bien, esto me parece mal; hasta acá vamos y hasta acá no». Todo eso es muy necesario para la formación de la personalidad de niños y adolescentes.

 

¿Cómo se enfrenta la emergencia actual en materia de salud mental?

Tratando de visualizar que las claves son fáciles. La forma de llevarlo a cabo quizás no lo sea tanto. Las claves son recuperar la confianza en el otro, recuperar la comunicación y el encuentro. El tema es generar las condiciones para que esas cosas sucedan, en un mundo que está cada vez más fragmentado, donde la gente está cada vez más hacia afuera, mirando las redes sociales, mirando las cosas que simplemente le dan placer de forma más hedonista. Entonces, generar esos dispositivos que realmente resultan efectivos es un enorme desafío social, generar las condiciones para que eso suceda. Por eso digo que las soluciones no son tan simples como solo esas tres cosas, pero son esenciales para recuperar esa sensación de comunidad, de comunión, de sentir a los otros como parte de algo más grande y no como potenciales enemigos. El tema central es cómo generamos esas condiciones. Es el gran desafío de los políticos.

 

Desde hace varios años se cuenta con una Ley de Salud Mental. En su momento se la consideró como la herramienta idónea para comenzar a resolver diferentes problemáticas. Sin embargo, en algunos casos no pasó de ser una expresión de deseo más que algo efectivo en la práctica.

Ocurre que la salud mental es, en parte, producto de estas cuestiones sociales. Es decir, puede haber muchas expresiones de deseo y puede haber mejoras en el tratamiento, pero a nivel de prevención primaria, de generar condiciones para que se genere salud y no enfermedad, sería como lo prioritario, lo más importante, que las condiciones sean generadoras de bienestar y no de patologías y por ende de trastornos en la salud mental. Reitero: todo eso no es tan difícil, pero es difícil implementarlo, llevarlo a todos lados, porque somos personas y somos complejas y a veces miramos más las diferencias que los puntos en común; dejamos de ver que es algo que nos atañe a todos, que es parte de la salud, de la seguridad, de la educación, de la convivencia. Todos los temas están entrelazados y es difícil abordarlos por separado sin afectar a los demás asuntos.

 

¿Existe la generación de cristal tal como se la suele caracterizar?

Bueno, hay algunos indicadores que mostrarían una menor capacidad de resiliencia porque la corriente del pensamiento nos lleva a que no tenemos por qué tolerar esto, o por qué bancar aquello otro. Como que solo primaran los derechos. Las personas se hacen menos capaces de enfrentar algunos desafíos, de atravesarlos y, ¿por qué no?, resolvernos o, ¿por qué no?, generar aprendizajes para desafíos futuros.

 

Entre ellos, la tolerancia a la frustración.

Claro. Como hay una búsqueda de no frustración, de felicidad permanente, un estado imaginario de felicidad permanente. Desde ese lado se hace más difícil generar resiliencia porque hay menos situaciones problemáticas que los chiquilines o mismo los adultos jóvenes deban resolver. Eso, a la larga, sí va fragilizando, hace que haya menos capacidad para hacer frente a los distintos desafíos que la vida les plantea.

 

Si bien ha cambiado la esencia con la que fuera creada, en agosto habrá una nueva edición de la Noche de Nostalgia. ¿Es la fiesta que mejor nos define a los uruguayos?

Un poco, sí, junto con el tango, que también tiene mucho de nostálgico, no nos olvidemos de eso. El tango habla muchísimo de la nostalgia. Evidentemente, a este lado del Río de la Plata nos tocó el lado más gris, melancólico. Del otro lado quedó el lado más maníaco. Eso tiene que ver, seguramente, desde los orígenes genéticos hasta lo gestado a lo largo de la historia. Pero sí, el paciente que tú decías, imaginario, tiene mucha más melancolía que el otro paciente, que sería más bien un maníaco, con dificultades para controlar sus impulsos.

 

Roberto Balaguer Prestes

Es psicólogo por la Universidad de la República y Posgraduado en Psicología por la Universidad de Minnesota. Lleva a cabo un Doctorado en la Universidad de Buenos Aires y es Magíster en Educación por la Universidad ORT. Ex docente de la UDELAR, es docente universitario en posgrados de Educación en la Universidad Católica del Uruguay, en posgrados de Tecnología Educativa en Universidad CLAEH y de Ciencias Biomédicas en la Universidad de Montevideo. Es investigador y consultor en temáticas vinculadas a tecnología, educación y juventud. Fue asesor en educación para Plan Ceibal e investigador del Sistema Nacional de Investigadores. Con casi treinta años de experiencia en instituciones educativas, se desempeña desde 2008 como director del Programa Link.spc (TICs y Educación) en St. Patrick’s College de Montevideo. Es psicoterapeuta psicoanalítico de niños, adolescentes y adultos. Ha dictado innumerables talleres y conferencias en Uruguay, en toda Latinoamérica y en España. Ha escrito artículos en revistas especializadas nacionales e internacionales. Coautor de varios libros, es autor de siete libros sobre cultura digital, entre ellos: Plan ceibal: los ojos del mundo en el Primer Modelo OLPC a escala nacional, Hiperconectados, Guía para la educación de los nativos digitales y Vivir en la nube, Adolescencia en tiempos digitales, siendo su primer libro, Internet un nuevo espacio psicosocial, de los primeros textos en habla hispana referidos a los efectos psicosociales de la cultura digital.