Tiene varios motivos para pensar que sacó el premio mayor. El primero, haber construido junto a su compañera de toda una vida una familia sólida y unida. El segundo, ser respetado y reconocido por su solidaridad. El tercero, porque el COVID-19 lo puso cara a cara con la muerte y la vida le dio otra oportunidad, la que honra a diario. Para mantenerse activo, atiende el kiosco El Morocho, de la familia Jaimés, frente al Complejo Morosoli, en la Estación.

Darwin José Maidana Silvera nació en Minas (en el barrio Estación, donde ha transcurrido gran parte de su vida), el 23 de mayo de 1967. Desde hace casi 37 años comparte su vida con Sandra Palavecino Caballero, con quien tiene 10 hijos (seis mujeres y cuatro varones). «Prácticamente desde que salimos del liceo nos conocimos y hemos recorrido la vida juntos. En las buenas y en las malas. Es un tesoro muy grande que la vida me regaló, una compañera de vida increíble. Me siento privilegiado porque la vida me haya dado la oportunidad de conocerla».

Económicamente no resultó para nada fácil criar a 10 hijos pero a algunas carencias las suplió el amor y compartir determinados valores. «Los criamos siempre dentro del respeto a la educación y del valor hacia la familia. Intentamos inculcarles lo que nos transmitieron nuestros padres, ser personas de bien, transitar por la vida de forma derecha y que cuando te miren puedan hacerlo a los ojos. Creo que lo hemos logrado. Nuestros hijos ya están grandes. La mayoría trabaja, ya conformó su familia, instalados en Montevideo y en Maldonado. Nos quedan dos chicos en casa, quienes ya egresaron del liceo. La chica empieza Magisterio y el chico continuará Economía», nos contó Darwin.

PARROQUIA SAN JOSÉ

Su apellido paterno está históricamente ligado al barrio Estación y más concretamente al Club Atlético Estación. «Casi toda mi vida se ha desarrollado en la Estación. Concurrí a la escuela Nº 11 Juan Antonio Lavalleja, que está ubicada sobre avenida Artigas, desde jardinera a sexto año, que era lo que se hacía antes, y tuve actividad deportiva en el cuadro del barrio».

Maidana fue jugador de Cerrito, en Baby Fútbol y posteriormente de las formativas de Guaraní, pero «la práctica del fútbol no era lo mío, no era dentro de la cancha mi aporte. Por eso intenté hacerlo desde otro lado, donde pudiera dar una mano y ayudar». Con esa intención fue electo presidente del club Parroquia San José, donde cumplió una destacada gestión, más allá de que remarca que los logros son colectivos y no individuales. «Conté con un grupo de personas que en ese entonces teníamos nuestros hijos, sobrinos o algún pariente jugando en el club. Intentamos continuar una tarea que había iniciado Diego Carroso, quien había hecho mucho por el club, lo había mejorado muchísimo, había levantado a la institución, sobre todo en la parte edilicia y a nivel de la cancha».

Se dio un cambio generacional en la institución y el grupo decidió «apuntar más hacia lo familiar. Yo era la cara visible, pero era un grupo de personas con las cuales era un lujo trabajar». Fueron electos por dos años, en principio, pero al haber sido reelectos, la gestión se extendió durante un lustro, lo que demuestra el éxito de la administración.

Por supuesto, se trata de una enorme responsabilidad estar al frente de un club al que concurren chicos de tan corta edad. Darwin, reconociendo esa realidad, prioriza que se trata de «una responsabilidad que cumplía encantado en la vida», porque fin de semana tras fin de semana «lo veía reflejado en la cancha, en la gente que concurría, en las familias que apoyaban y, por sobre todas las cosas, en los chiquitines que se divertían con lo que estaban haciendo».

«Era la satisfacción más grande recibir el cariño de los chiquilines», añadió el entrevistado, quien, junto al grupo, aportó muchas horas de trabajo por el club Parroquia San José, «para poder sumar nuestro granito de arena», subrayando que ha sido «una de las tareas más gratificantes que he realizado» y si bien «dentro de la cancha no pude demostrar mis habilidades, sí pude aportar mi trabajo desde ese lugar».

LA AVIACIÓN

Darwin Maidana Silvera, ya jubilado de la actividad, es controlador de tránsito aéreo. En 1986 ingresó en la Aviación Naval, en la base capitán Curbelo, de Maldonado. «Si bien ingresé para desempeñar una función determinada, allí me encontré con una gama de posibilidades para poder estudiar, las cuales aproveché al máximo, junto a gente que me rodeó, que me apoyó y que me dio la oportunidad de estudiar hasta que me recibí de controlador de tránsito aéreo», tarea que cumplió hasta 2023, cuando por motivos que ya conoceremos, se acogió al retiro jubilatorio.

«Hice la carrera militar, me desarrollé, ascendí y llegué a lo máximo que podía llegar. El de Laguna del Sauce (Maldonado) es un aeropuerto muy particular. En aquella época eran dos aeropuertos que operaban de manera mixta, civiles y militares, el de Santa Bernardina, en Durazno, y el de Laguna del Sauce, en Maldonado. En 1998 se privatizó el de Maldonado y hoy tenemos el aeropuerto que vemos sobre la ruta, donde la torre de control estaba dentro de la base militar y era operada por militares de la Aviación Naval. Realizamos el control de la torre y pasamos a hacerlo de forma civil», explicó.

Maidana trabajó también en el aeropuerto El Jagüel, también en Maldonado, el cual recientemente retomó su actividad.

En 2015, un avión que despegó del aeropuerto de Laguna del Sauce se estrelló a los 30 segundos de haber realizado esta maniobra. Los dos pilotos y los ocho pasajeros argentinos murieron en el siniestro. Darwin no estaba trabajando en el horario en que ocurrió la tragedia, pero, por supuesto, sintió el impacto. «Me relevaron luego del turno de 12 horas. Era un aeronave de mediano porte, que hizo un vuelo transportando personas hacia el Centro de Convenciones de Punta del Este. Era un día perfecto pero se precipitó sobre la laguna y lamentablemente no hubo sobrevivientes. Fue un golpe muy grande para nosotros en lo emocional, porque si bien uno está preparado para trabajar bajo cierto nivel de estrés, esa faceta no nos había tocado de cerca hasta ese momento. Sinceramente fue un golpe que nos afectó mucho». Igualmente, profesionalismo mediante, se sobrepusieron a lo sucedido y continuaron con la operativa del aeropuerto.

UN ANTES Y UN DESPUÉS

En 2021, Darwin Maidana Silveira vivió una situación límite, literalmente entre la vida y la muerte. Mientras cuidaba a su señora que había contraido COVID-19, él también adquirió la enfermedad, la cual produjo estragos en su organismo. «Mi hija mayor estaba en Montevideo. Estaba conversando conmigo vía telefónica y se dio cuenta de que yo le decía una cantidad de incongruencias, cosas que no le cerraban y se vino a Minas. Me encontró en muy mal estado, por lo cual se activaron los protocolos y me llevaron a CAMDEL». Este hecho ocurrió en abril de 2021.

Darwin recuerda solamente sus dos primeros días de estadía en el sanatorio. Al despertar, su esposa le preguntó qué día creía que era y él respondió que pensaba que habían transcurrido solamente dos o tres jornadas. La realidad era que había estado 80 días en CTI, 23 de ellos en coma inducido, y en total 144 días dentro del sanatorio. «Todo el personal de salud se abocó a mí, se dedicaron por completo a salvarme la vida. Después de haber salido de esa situación me enteré de todo lo que hicieron por mi, los doctores, los enfermeros, todo el personal, desde quien barría y limpiaba, absolutamente todos. Fue impresionante», calificó Darwin.

Ingresó al centro de salud pesando 102 kilos y cuando le dieron el alta médica, su peso era de tan solo 47 kilos. «Era un saquito de huesos», grafica.

La angustia que vivió la familia fue indescriptible. Devotos de la virgen del Verdún, se aferraron a ella con toda la fe del mundo. «Fue impresionante la cantidad de gente que se sumó sin conocerme, sin conocernos. Es otra de las cosas lindas que te deja el el fútbol, la cantidad de gente que conocés, personas para vinieron a donar sangre, porque no tengo idea la cantidad de transfuciones que me hicieron, y las personas se ofrecían como voluntarias desde Treinta y Tres, Rocha, Maldonado y Colonia. Fue impresionante», recalcó agradecido.

Fue lo que Darwin cosechó en su pasaje por el fútbol, el respeto de todos. «Uno trata de andar por la vida con los valores que les inculcamos a nuestros hijos, transitar lo mejor posible, derecho. La actividad que desarrollé y el fútbol me dieron esa posibilidad, la de conocer a mucha gente, personas que se reunían para hacer caderas de oración en diferentes centros religiosos. Son acciones que uno nunca termina de agradecer».

En plena internación, en CTI, afirma Maidana que sintió cómo llegaba a él toda esa energía que la gente le estaba enviando. «La doctora me dijo que era una neblina post-covid lo que a mí me pasó, porque no recuerdo muchas cosas, pero había episodios en los cuales yo sentía o intuía algo, esa energía que depositaban y que me enviaban era canalizada y recibida por mí, lo que me dio la fuerza para seguir adelante».

Darwin tuvo que aprender a caminar de nuevo, a movilizar sus dedos, a hacer pequeños actos cotidianos que extrañamos cuando no podemos y que no valoramos cuando los hacemos sin darnos cuenta.

LA RECUPERACIÓN

«Era una nueva chance que la vida me daba, que los profesionales me dieron. Mi señora me contaba que había horas que estaban devastados porque ya no sabían qué hacer, o porque los médicos decían ‘es cuestión de horas’... Yo sentía que había un vestigio de luz, un indicio de que quería seguir luchándola y que mi familia estaba conmigo, aferrada a esa posibilidad».

La vida ganó la batalla pero las secuelas son importantes y continúan presentes más allá de los enormes avances que Darwin ha podido concretar. «Trato de llevar la vida lo más normal posible. Al verme, sentí que estaba muy deteriorado. En ese momento tuve una colaboración muy importante, impagable, la del fisioterapeuta Martínez. A los médicos los tenía todos los días en casa, eran ya parte de la familia. Les debo la vida, literalmente les debo la vida. Tanto a ellos, como al personal de enfermería, a todos».

Maidana sufre secuelas a nivel pulmonar y físico en general. Dada la quietud absoluta en la que estuvo, se generaron éscaras en diferentes partes de su cuerpo, lo que requirió de la asistencia de un cirujano plástico. En la segunda visita a su casa, el fisioterapeuta le dijo: «Mañana te levantás». «Yo no podía ni hablar, porque no tenía fuerzas ni para eso, y el hombre me levantó, me paró cuando yo creía que era un logro imposible de alcanzar porque hasta ese momento me movilizaba en silla de ruedas. A los pocos días estaba de pie y empecé a manejarme con bastones, daba dos pasitos, tres pasitos, y para nosotros era todo alegría, un festejo. Cada avance era un festejo en familia», expresó al borde de las lágrimas al recordar aquellos momentos.

OTRA OPORTUNIDAD

Fue superando etapas hasta que se presentó a su trabajo en el aeropuerto de Laguna del Sauce, en Maldonado. Como controlador aéreo se necesita mantener un diálogo claro y preciso con los pilotos, para poder separar las aeronaves y aterrizarlas y que despeguen de manera segura, «pero ya no podía hablar. Es decir, se me entrecortaba la voz. De repente estaba hablando y quedaba modulando y no me salía nada, no emitía sonido, solamente hacía la gesticulación, lo cual me impedía estar detrás de un micrófono».

Ya no podía continuar desempeñando tan delicada tarea. Entonces optó por el camino de la jubilación. Procura mantenerse activo, mientras continúa con su recuperación. «Al principio sentí que tenía muy poca actividad, hasta que llegó una compañera, Rossana Jaimés, como enviada por ahí... Tiene un kiosco que es histórico en el barrio Estación (El Morocho) y me dio la posibilidad de trabajar en él, de atenderlo, para que tuviera contacto con la gente, porque ella sabía qué era lo que estaba extrañando. Lo hago como un hobby y me hace muy bien, porque me distraigo y converso con la gente».

El cambio de vida que le impuso el COVID-19 tuvo para él sus cosas positivas en el sentido de que bajó las revoluciones y el estrés y hoy tiene la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas de la vida, como seguir a la Selección Juvenil de Lavalleja a donde le toque jugar, porque en ella está Benjamín, uno de sus 10 hijos. «Benjamín juega en Estación -para variar- y con tan solo 17 años ha tenido logros con la institución, porque a su vez, el club está haciendo un trabajo impecable a nivel formativo. Él ha llega a alternar en primera división».

«Es un orgullo enorme para nosotros que esté en la selección, una satisfacción tremenda, como la que sentimos por lo que hacen todos nuestros hijos, destacándose en diferentes rubros», manifestó. Igualmente, Benjamín tiene claro que «no puede desenfocarse con los estudios. Ese es nuestro principal objetivo, que estudie, porque eso es lo que lo va a sacar adelante en la vida, y que lo mezcle con el deporte, que es una actividad tan linda».

MENSAJE FINAL

Arribando al final de la charla, Darwin Maidana Silvera quiso enviar un mensaje luego de haber compartido gran parte de su vida con Primera Página Dominical. «Lamentablemente uno nota que los valores, en general, se han degradado, las faltas de respeto, de educación, de empatía, una palabra que usamos tanto, el valorar lo que tenemos, sea poco o mucho, el tratar de salir adelante con trabajo y no por el camino fácil. Se puede salir adelante. Doy fe de ello. Apoyarse mucho a la familia, que es la base de todo, y lucharla, pelearla, que no todo está perdido y se puede salir adelante», exhortó. Consciente de la nueva oportunidad que le dio la vida, Darwin trata disfrutar al máximo cada día, «ayudar en la medida de lo posible, extender una mano a quien la pueda necesitar, y también recibir ayuda, porque a veces uno se encierra y cree que no puede o que le avergüenza recibir ayuda. No, pedir ayuda, hablar, y buscar siempre una mano, que siempre haya alguien dispuesto a dártela, y valorarlo», expresó para finalizar Darwin Maidana Silvera al transmitir su emotivo mensaje como corolario de la charla con Primera Página Dominical.