1Emoción de la buena, de esa que nos hace sentir vivos interrumpió la entrevista que unió Minas con Málaga. Davinia Roca Campos nació aquí y a los seis años se radicó en España, integrante de una familia (Roca Prats) que llegó a Minas desde tierras catalanas a partir de la década del ’60 del siglo pasado. Con el corazón dividido entre el pasado, el presente y el futuro que puede cambiar la escenografía nuevamente, es lógico que las emociones afloren, que la voz se entrecorte y que alguna lágrima amague a escurrirse. Pausa y reconectar la comunicación para continuar conociendo esta historia familiar que se sobrepone a la distancia, la diferencia horaria y temperaturas diametralmente opuestas.
«Me llamo Davinia Alexandra Carlota Esther María Roca Campos, pero bueno, si dices Davinia Alexandra Roca Campos, está bien», menciona al otro lado del Atlántico y con el tono típicamente español, más allá de haber nacido en Minas, en noviembre de 1984. Estudió telecomunicaciones, es ingeniería en esta área, luego incursionó en la informática y es desarrolladora web. «Trabajo en remotos, desde mi casa. Hace cinco o seis años que me he pasado a esto luego de haber hecho otras cosas». Vive en Málaga, ciudad donde nació Mary Campos, su madre.
Los primeros integrantes de la familia Roca Prats llegaron a Minas provenientes del pueblo Sarral, situado en la provincia de Tarragona, en la región catalana, situado a unos 100km de Barcelona. Salvador, quien llegó a Uruguay en 1960, fue un recordado sacerdote que hizo una gran obra en nuestra comunidad, sobre todo en los oscuros años de la dictadura. En 1983 llegaron sus hermanos, Joan, quien se trasladó en avión, y Saturnino, el menor, quien lo hizo en barco ya que debía trasladar unas cajas y era imposible hacerlo por otro medio en aquellas épocas. «Mi tío Salvador no estaba de acuerdo con que toda la familia se radicara en Uruguay. Decía que era una locura dejar España e irse todos para allá, que el cambio, sobre todo para mi abuelo, iba a ser tremendo de asumir. Salvador sentía que era una locura llevarse al pobre viejo, ya enfermo, con sesenta y tantos años. Era joven, pero parecía que tenía más edad porque estaba impedido».
«Siempre he mantenido la relación con mi madrina -Alba Biscay- y con su familia. Mi tío Salvador estaba muy unido a ellos», comenta Davinia, quien emigró de Uruguay cuando tenía seis años, para retornar, por primera vez, en 2002, estrenando la mayoría de edad. «Luego volví en 2010, cuando mi padre murió. Volver en ese momento fue un poco en homenaje a lo felices que fuimos allí, para intercambiar con gente que lo conoció y que lo apreció, con personas que compartieron muchas cosas con él y con toda mi familia, como los ‘Quintines’, como les llamo yo, Quintín Melgar, Mercedes, Juan Carlos, quienes siempre han estado muy presentes, los Pérez, a quienes visito religiosamente cada vez que regreso a Uruguay. Posteriormente retorné porque quería ver a mi tíos, Salvador y Joan, quienes seguían en Minas, para recordar junto a ellos un montón de cosas, de mi madrina, de todo un poco. En un primer momento era la época de las cintas (casetes) y me ocupaba de conseguir de canciones de Alfredo Zitarrosa y de candombe. Recuerdo también que ponía la canción Minas y Abril e irremediablemente comenzaba a llorar».
Davinia Roca Campos afirmó en diálogo con Primera Página Dominical que tanto Salvador (tío) como Saturnino (padre) fueron personas «vehementes, discutidores, cultos y un poco energúmenos también» -risas-. «Mi padre era más bohemio, muy bohemio y medio brujo. Mi tío Salvador siempre ocupado en el trabajo social. En su manera de ser ambos fueron muy exagerados con las comilonas, mientras que mi otro tío, Joan, soltero, era más maniático, más comedido, más tranquilo».
Saturnino, su padre, «tenía mucha personalidad» y con él, además del amor que los unió, mantuvo «discusiones sonoras y sonadas». De acuerdo a diversos testimonios recogidos, otra de las características de Saturnino Roca Prats fue la solidaridad que dispensó siempre, especialmente en los tiempos revueltos.
A Salvador, uno de sus tíos, lo recuerda como «una persona muy graciosa» porque «era él nos hacía gracia. Empezaba a imitar los sonidos de las gallinas y de los cerdos y le salían muy bien. Y su voz tan estertórea, fuerte, ¡y sus carcajadas! El cura se reía de una manera que retumbaba en toda la habitación. Pasaron los años, lo seguí visitando y conociendo desde otro lugar, cocinando juntos. También lo visité en la etapa en la cual estuvo en el Hogar Sacerdotal, ya con la mente un tanto ida. Igualmente recordaba a los muchachos. Siempre lo decía: ‘yo he trabajado toda la vida con muchachos, con los muchachos’… Y es la realidad, porque toda su obra social fue por sus muchachos, para que pudieran tener un trabajo, enseñándoles y manteniéndolos ocupados, activos y buscando una manera de salir adelante para que tuvieran un oficio. Ese es el recuerdo que atesoro de mi tío Salvador», una persona que «tenía profundas convicciones, católicas, obviamente, y profundas creencias de cambiar el mundo a través de lo social y de ayudar a las personas. No tenía ningún tipo de vergüenza en pedirle a quien fuera y de organizar lo que fuera con tal de ayudar, cumpliendo objetivos y haciendo cosas, porque fue, ante todo, una persona muy activa».
«Todos los Roca se caracterizan por tener un carácter fuerte y, a la vez, por ser sensibles y emotivos. Salvador, el cura, se emocionaba e incluso lloraba en las homilías. Mi padre, Saturnino, cuando ponía alguna música, otro tanto. Todos un poco añoradores, un poco románticos. Esa fue la manera de ser de los tres hermanos», recordó.
URUGUAY
Como comentaba nuestra entrevistada, el cambio de España a Uruguay se sintió en el núcleo familiar. «Para mi abuelo significó vivir sus últimos años en otro país, lejos de su tierra natal. Salió de su pueblo cuando pensaba que estaría allí hasta el final de sus días, pero de repente un viaje al otro lado del mundo a pasar sus últimos tres o cuatro años allí. Fue un cambio brusco para él».
Para Mary Campos, la madre de Davinia, también fue un gran desafío en su vida. «Para mis padres fue empezar su vida como matrimonio y que naciéramos en Uruguay los tres hermanos. Por eso el país fue tan importante para ellos».
A Davinia le contaron que su madre le dijo a su padre: «Oye: nos vamos a Uruguay y nos casamos allí». Saturnino aceptó, «a pesar de que mi abuela estaba en contra de que se fuera a Uruguay, dejado un trabajo por algo que se asemejaba mucho a una aventura. Pero bueno, todo salió bien. Ella fue madre primeriza en Uruguay, con la ayuda de mi madrina y de las vecinas, con quienes forjó sólidas amistades, porque los minuanos, en general, somos muy familieros, muy tranquilos y también con un sentido del humor de ‘pinchar al otro, algo que a mi me encanta».
Para Joan Roca Prats, tío de nuestra entrevistada, fue la primera vez que salía de su pueblo natal, al cual nunca regresó. Fue para cruzar el Atlántico y para adaptarse lo más rápido posible a un contexto totalmente diferente al que conocía.
Haber nacido aquí y luego, a sus seis años, radicarse en España, fue para Davinia conocer dos realidades bien diferentes. «Me aportó otra visión de las cosas, el hecho de crecer en el campo, en un sitio donde se valora aún más a la familia, a las costumbres, que en relación a lo que puede pasar en Europa o en ciudades más grandes. Me encanta el arraigo que tiene mi familia con Uruguay. De mi parte es un honor haber nacido en Minas».
En suma, «Uruguay y en especial Minas han sido muy importantes para la familia. Siempre ha habido música uruguaya en mi casa, mate, aunque después no lo tomáramos; la relación con Lula, con los Lapeyre, que para mi son como una segunda familia, como si fueran mis tíos y mis primos lejanos».
A LA DISTANCIA
Davinia considera que vive «una vida normal». En ella incluye «el gimnasio, el cine, el teatro, leer y la música», junto con «gustos ya personales y algún que otro viaje. Y nada, a ver si puedo ir a Uruguay el año que viene, en febrero. Me gustaría, pero no lo tengo claro porque también estamos intentando ampliar familia».
Los retornos a Minas a lo largo del tiempo la llevan a la conclusión de que la ciudad «está más o menos siempre igual. Me he enterado de las nuevas canchas de pádel y lo que noté fue que cambiaron de lugar a la terminal de ómnibus, que ahora es donde hay un shopping. También que se cerró El Ombú, algo que me entristeció mucho porque al Ombú íbamos con mi familia y cada vez que volvía a Minas me encantaba hacerlo. Me generaba buenos recuerdos. Es una lástima... Ojalá no cerraran antiguos lugares emblemáticos de la ciudad, pero a veces se torna inevitable. Este verano estuve en Uruguay, visitando a Lula, luego pasé por Buenos Aires, viajé a San Carlos. Hice el viaje con mi pareja por primera vez. Le encantó. Me comentó: ‘Sí, se respira la tranquilidad’. Estar en medio de la naturaleza, con las tradiciones tan presentes, le llamó la atención. Tal vez en un futuro pueda volver y reinstalarme en mi ciudad natal. Nunca se sabe. Puede ser cuando estemos ya retirados o antes, trabajando en remoto, posibilidad viable en todo el mundo, o al menos pasar allí una temporada. Sí que me lo he planteado. Cuando estaba sola también lo pensé, pero lo vas dejando. No lo descarto en un futuro hacer como una mezcla entre Uruguay y España o incluso, más adelante, pues Uruguay».
A los seis años no quería irse de Minas. «Recuerdo estar en España contando los años que llevaba allí, si había pasado el mismo tiempo que había vivido en Uruguay o menos. Cuando llegué a los doce años dije: ‘vale, creo que no voy a volver...’. Es una vida, mucho más para una niña, porque la infancia es una etapa dorada, en el campo, en la ciudad, con la gente, el cariño. Me encanta el verde, la naturaleza y los paisajes de Uruguay con esas llanuras, las vacas, los eucaliptos, absolutamente todo».
«Me gusta cómo huele. Cuando mi madrina nos visitaba en España, todo llegaba con un olor característico que asocio a Uruguay. No sé si es algo que utilizan para lavar la ropa o el olor de los árboles. He viajado bastante. He vivido en Filipinas cinco años y me recorrí toda Asia. He estado en casi toda Sudamérica, pero Uruguay es único. Así lo siento yo», concluyó.