Desde la infancia, la salud de Aldana ha vivido un Vía Crucis. El conocimiento de los médicos, el apoyo de su familia y la fe se combinaron para que saliera adelante en cada instancia. Se aferró a la vida con todas sus fuerzas, sin preguntar porqué le había tocado tanta adversidad. A casi dos meses de su segundo trasplante renal, nos contó su experiencia de vida.

La vida de Aldana comenzó a cambiar desde los siete años, cuando le diagnosticaron diabetes infantil tipo 1, insulinodependiente, que se agravó ocho años después al declararse la insuficiencia renal crónica. En principio, debería someterse a una dieta muy estricta, hasta que, a los 21 años, comenzó a dializarse (Diálisis Peritoneal Continua Ambulatoria -DPCA-). Meses después empezó con los análisis correspondientes para ingresar en lista de espera para acceder a un trasplante, consciente de que era la única posibilidad de mejorar su calidad de vida. En ese tiempo comenzaron las complicaciones para caminar, el cansancio extremo, hasta que sus piernas dejaron de responderle. Empezaba una nueva lucha a partir del diagnóstico de una neuropatía que la dejaría cuadripléjica, otorgándole en ese momento muy pocas posibilidades de volver a caminar. Fueron cuatro años de lucha continua, uno de ellos en CTI, realizándose tratamientos para poder volver a caminar y para poder prolongar la espera hasta ser trasplantada.

Por diferentes situaciones vividas, ella y sus familiares más cercanos habían tomado la decisión de ser donantes de órganos, sin saber, por supuesto, que Aldana, algún día necesitaría transitar este proceso.

La contención de su familia fue fundamental, obviamente. A su vez, encontró algunas respuestas que en esos momentos necesitaba en el libro Viven, de Piers Paul Read, sobre la historia de los uruguayos en la cordillera de los Andes. «Si ellos pudieron en condiciones inhumanas, sin tener nada a su alrededor, solo con la fe y las esperanzas… Yo, teniendo todo, me propuse lograr lo que quería. Nunca pregunté el por qué, sino el para qué», enfatiza. Con el tiempo, conoció a varios de los protagonistas de aquellas peripecias, sucedidas en 1972.

Debido a su estado crítico de salud, ingresó en lista de urgencia (hay tres listas: urgencia, emergencia y común). La idea de su primer nefrólogo era un trasplante múltiple (riñón y páncreas), «algo de lo que no se había oído hablar nada antes en el Uruguay. Cuando me lo consultó, no dije que no, ni tampoco lo pensé. No había nada para perder y sí mucho para ganar».

El 22 diciembre de 2002, mientras terminaba de armar el arbolito de Navidad, recibió la llamada del médico. Eran las tres de la tarde. «Me decía que tenía el riñón para mi. Recuerdo que le contesté ‘si no hay un riñón y un páncreas, no voy’. Muy calmo, me respondió: ‘Bueno… en una hora te llamo’. No conté nada en mi casa y pedí que me llevaran a hacer las compras de Papá Noel. Mis padres quedaron nerviosos, algo sospechaban, pero tampoco quería decir demasiado, por las dudas de que la posibilidad no se concretara». Se desplazaba con andador y con ayuda. Al regresar, casi una hora después, Fernando, su hermano, «me andaba buscando para contarme que había una novedad. Yo seguía muy tranquila. Me tomé mi tiempo y emprendí el viaje hacia la capital. Estaban todos nerviosos, menos yo».

Fue el viaje más largo de su vida, más allá de que «nunca fui ansiosa, ni fui de esperar todos los días la llamada de salvación, por decirlo de alguna manera. Al contrario, sabía que en algún momento se daría. Esperé con esperanza y con fe que algún día el sueño de aquella niña de siete años se convertiría en realidad».

Tras más de 12 horas de intervención, comenzó un nuevo camino en mi vida. «Antes de dormirme me acuerdo de que pedí al equipo de trasplantes que me mostraran los órganos y en ese momento me dormí tranquila, diciéndoles y sabiendo que me iba a despertar con una nueva vida».

Se despertó en el CTI escuchando una canción que sonaba de fondo, Color esperanza, de Diego Torres. A su alrededor, el cuerpo médico del Hospital de Clínicas. «¡Estaban súper felices! Yo ya quería hablar -aún estaba con tubos y no podía-. Igual me las ingenié y al rato, ya sin nada de tubos, hablé por todo lo que no pude durante horas. Solo me toqué mi panza. Fue lo primero que hice. Para ver si mi catéter estaba, aquel que me había acompañado por años… Y pregunté la hora, ya que debía aplicarme la insulina, la cual convivió conmigo durante 18 años. Me dijeron: ‘Ya no más, ni diálisis ni insulina’».

Se convirtió en difusora de campañas que motivan a la donación de órganos y en referente en el departamento y en ejemplo en el país y fuera de fronteras. Desde 2003 trabaja en conjunto con el Instituto Nacional de Órganos y Tejidos (INDT), con la Asociación de Trasplantados del Uruguay (ATUR), con la Fundación Viven, con la Asociación de Diabéticos del Uruguay y en la filial Lavalleja y en la Fundación Pérez Scremini.

NUEVA INTERVENCIÓN

Aldana padece insuficiencia renal crónica, por lo cual, frente a ella, «solo existen tratamientos». Destacó la importancia de que existan policlínicas de nefro prevención y policlínicas renales. Luego de años en diálisis, llegó para ella el momento de un nuevo trasplante renal, el cual se concretó a principios del mes de junio. «Mi anterior trasplante de riñón duró unos 19 años. Mi páncreas tiene 23 años y está en perfectas condiciones», comentó, afirmando que en el cuidado de los órganos son fundamentales tanto la alimentación saludable como la actividad física, junto con el ritmo de vida que se transite. «El trasplante fue en el Hospital de Clínicas, donde funciona uno de los IMAE (Instituto de Medicina Altamente Especializada) con que cuenta nuestro país. El sistema prevé que el paciente elija el IMAE donde se realizará la intervención. En el caso de los trasplantes renales, además del Hospital de Clínicas, hay uno en el Hospital Italiano y otro en el Evangélico. A nivel infantil, en La Española. En el caso de mi primer trasplante, elegí al Clínicas y para el segundo no lo dudé, repetí el lugar. Lo elegiría siempre; tienes a disposición todo lo que necesitas».

Tanto antes como después del trasplante, es fundamental el trabajo del equipo multidisciplinario en conjunto con las personas que realizan los trasplantes, además de los controles semanales estrictos.

Aldana estuvo en diálisis tres años, seis meses y veintinueve días, realizando esta práctica tres veces por semana, lo cual, como es lógico suponer, generó en ella un desgaste notorio. Por ello el trasplante se hizo inevitable para mejorar su calidad de vida. «Hay personas que tienen miedos y o que están expuestas a determinados mitos. Es respetable, por supuesto. En mi caso trato de contar mi experiencia y de estimularlos para que intenten mejorar su calidad de vida y que no se aferren a los casos que no fueron positivos. Yo me sentía mal en diálisis, por no saber qué me pasaba. Igualmente, siempre ponía la mejor cara», estableció.

Este nuevo trasplante, reconoce, «me encontró en otra etapa de la vida. Cuando recibí el primer trasplante, que fue múltiple, estaba cuadripléjica, en silla de ruedas. No estaba ‘entregada’, porque siempre puse todo de mí junto a mi familia, pero todo era nuevo para, no sabía cuál sería el resultado de aquella intervención. Afortunadamente todo salió bien. Tenía 25 años, era diferente. Ahora tengo 48, con el desgaste propio de la diálisis anterior, con 19 años del riñón en mi organismo. Con la misma calma que esperé el anterior trasplante, esperé este, pero con otra madurez, más consciente de todo lo que estaba pasando».

Aldana elogió las características de la cobertura del sistema de salud uruguayo y especialmente el rol que cumple el Fondo Nacional de Recursos.

HUMANIZAR LA MEDICINA

Aldana abogó por la real humanización de la medicina, particularmente en áreas de enorme sensibilidad como la nefrología y la oncología, a partir de «la conformación de grupos multidisciplinarios de médicos, enfermeras, nurses, psicólogos, asistentes sociales y con la participación de los propios pacientes». Reiteró que, a nivel de nefrología, «la medicina uruguaya es reconocida en el mundo entero».

«El 3 de agosto se cumplirán dos meses de la operación. Enseguida, me dijeron ‘parate’ y arranqué a caminar. Debo haber hecho kilómetros en la habitación del hospital. Me encanta la actividad física y fue una de las cuestiones que me ayudó en el tiempo de diálisis, para que mi cuerpo no se deteriorara y mantuviera masa muscular. En estos momentos mis valores son excelentes, estoy bien. En la recuperación también es muy importante quién te rodea, mientras una debe mantenerse en actitud positiva. Por supuesto que hay momentos en los cuales te bajoneas, pero debes pensar que todo saldrá bien».

En definitiva, «es una manera de encarar la vida, saber que estás bien, que estás respirando. Hoy respiro vida. He pasado por todas las etapas posibles pero estos cambios han sido muy favorables en este mes y pico desde el trasplante. Quería seguir viviendo para ver crecer a mis sobrinos y afortunadamente podré hacerlo. Tengo una mejor calidad de vida y hay que saber aprovecharla, con agradecimiento», concluyó.