Acaba de realizarse la Convención Departamental Nacionalista y de ella surgió un nuevo liderazgo blanco para Lavalleja.

No estuvo exenta de reclamos la asamblea. Varias agrupaciones exigieron, reclamaron, una mayor renovación en la dirigencia, luego de  ver que los primeros lugares en la lista única fueron ocupados, por ejemplo, por el exintendente Mario García y la diputada Adriana Peña, entre otros.

El razonamiento que tuvieron para ello es claro: la responsabilidad principal para que el Partido Nacional (PN) perdiera las últimas elecciones departamentales recaería naturalmente en los viejos dirigentes, y por tanto se necesita una renovación que permita mirar el futuro electoral y político de manera más esperanzada y positiva.

Este tipo de razonamiento puede parecer justificado y natural, pero no por eso tiene porqué ser acertado.

El propio Partido Nacional, a lo largo de su historia, tuvo a varios de sus más gloriosos y capacitados dirigentes siendo derrotados en casi cada una de las contiendas electorales en las que se presentaron. Wilson Ferreira Aldunate, que nunca llegó a ser presidente, es quizá el ejemplo más célebre, aunque no sería justo decir que perdió cada instancia electoral a la que se presentó: fue electo senador varias veces, probablemente ganó las elecciones presidenciales de 1971 -casi todos coincidimos en la convicción de que Juan María Bordaberry resultó electo luego de un fraude electoral- y podría perfectamente haber sido electo presidente en las elecciones de 1984 si no hubiese estado porscripto y además preso.

Hay muchos otros ejemplos. Entre ellos destaca el de Tabaré Vázquez, quien perdió varias elecciones antes de ser electo presidente en el año 2004, y luego reelecto en las elecciones del 2014. Si en el Frente Amplio se hubiesen guiado por la concepción de quitar del medio a quienes pierden elecciones, a Vázquez lo hubiesen mandado para la casa luego de perder en las elecciones de 1994 y de nuevo después, en las de 1999. El Frente Amplio no lo hizo y Vázquez inauguró un período de gobierno de 15 años para el Frente Amplio y se transformó en un símbolo de la coalición de izquierda.

El triunfo electoral no es signo de acierto político, o de honestidad, o de razón. Como mucho, podría ser consecuencia de una buena campaña electoral propia o de una pésima campaña ajena. O reflejo de la conciencia social de las personas en una sociedad dada, en un momento histórico determinado. Y eso difícilmente puede ser afectado por dirigente político alguno.

Del mismo modo, la derrota electoral no invalida a dirigentes políticos, no los anula, no los denigra, no significa que sean malos dirigentes. Sólo muestra que tuvieron menos votos que su(s) oponente(s) en una elección.

Quizá, al PN, más que pensar en cambiar liderazgos, le convendría sentarse, mate de por medio, a analizar en conjunto errores propios y aciertos ajenos, para minimizar los primeros y -quién te dice- quizá imitar los segundos.