Desde hace tres décadas es árbitra de fútbol. En Primera División, debutó en un encuentro entre Wanderers La Curva y Nacional. A pesar de los nervios y la ansiedad, banderín en mano y con algunos retos incluidos, sacó el encuentro adelante. Conoció el mundo del Baby Fútbol y no se ha apartado de él. Por ello, afirma que allí “encontré mi lugar en el mundo”. Dialogamos con Natalia Edith Fernández Molina.

AQUELLOS TIEMPOS…

Minuana, del barrio La Filarmónica, «nacida y criada ahí», cerca del Centro de Barrios Nº 1 «Dr. Alberto Reyes Terra» y alumna de la Escuela Nº10, emblema de la zona. «La mía fue una familia grande por parte de padre, con muchos tíos, con abuelos presentes, con muchos primos, más varones que niñas de mi edad. Fue una infancia normal, feliz. Se vivía de otra forma, se disfrutaba el barrio de otra manera», evaluó al evocar aquellos tiempos donde «todo era distinto, la niñez, la amistad, los juegos, absolutamente todo».

La zona ha cambiado y Natalia lo aprecia con conocimiento de causa, entre otras tantas cuestiones, porque «han desaparecido muchos espacios que siendo niños utilizábamos para jugar» y porque, en aquellos años, «había muchos jóvenes de nuestra edad, muchos niños», mientras que ahora «es un barrio más bien de gente adulta».

Los fines de semana, el lugar de encuentro para los gurises de la zona era la Plaza de Deportes de La Filarmónica, antes que se convirtiera en el complejo barrial desde hace algunas décadas. «A partir de esa variante, el lugar perdió identidad», opina la entrevistada, ya que «no nos podíamos juntar allí como lo hacíamos hasta ese momento. Durante mis últimos años de escuela y los primeros de liceo, los sábados enteros los pasaba jugando al vóley en la Plaza de Deportes, donde pasábamos precioso. De repente estabas dos horas esperando a que te volviera a tocar a jugar, porque se armaban cuadros eligiendo entre todos». De aquella época recordó al profesor Pereira, «quien nos retaba siempre que veía que estábamos haciendo algo indebido. Era una forma de controlarlos y, al mismo tiempo, de cuidarnos», valoró Natalia.

En el Centro de Barrios pasaba otro tanto con el recordado Hugo Pérez Aldrovandi, «muy conocido en el Baby Fútbol. Encontrábamos un campito, un baldío, y ahí nos juntábamos a jugar a la pelota, varones y mujeres, sin distinción alguna; nuestros padres se quedaban tranquilos porque estábamos bien cuidados y porque compartíamos con gurises de otras edades, lo cual también era enriquecedor para todos porque eso fomentaba el respeto, entre otros valores».

DEL LICEO AL TRABAJO

La Filarmónica era su mundo, por lo que el paso al liceo, el tener que trasladarse al centro de la ciudad fue un cambio importante en su vida. «Durante los primeros días de clases, nos traían al liceo, porque no era común que viniera sola al centro. Con el paso de los días, la libertad se iba ampliando porque veían que algunos de los compañeros en el liceo eran los mismos que había tenido en la escuela y por ende todos los conocían. Íbamos al mismo turno y salíamos juntos. Pero sí, fue todo un cambio para nosotros. Y te enseñaban el caminito que debías hacer siempre. Tus padres te decían: ‘bajás acá y doblás hasta ahí, derechito a la puerta del liceo’». Definitivamente, otros tiempos, otro ritmo de vida.

Los canales de televisión -en blanco y negro, por supuesto- comenzaban con sus programaciones «cuando llegábamos de la escuela a tomar la leche con Pilán -interpretado por el actor Eduardo Freda-» y «terminaban con el mensaje de buenas noches del Topo Gigio». Claro, siempre y cuando la televisión captara las señales de los cuatro canales disponibles (4, 5, 10 y 12), «por lo que era costumbre mover la antena para, al fin, encontrar la señal. ¡Ahora se les corta internet por unos minutos y no tienen vida, o pierden el celular y es un drama!».

Natalia Fernández accedió a su primer celular recién cuando comenzó a trabajar. Hasta ese momento, por lo general, las comunicaciones eran patrimonio exclusivo de los teléfonos fijos, los cuales no eran tan habituales en los barrios. «Por lo general alguna familia tenía el aparato y se convertía en el epicentro de la zona, un lugar al que todos recurríamos. Nos llamaban y nos salían a buscar para decirnos que nos estaban buscando, que querían hablar con nosotros. Son historias que una vivió y que no cambio por nada del mundo», destacó con orgullo. Lindo haberlo vivido pa’ poderlo contar…

«Ahora tengo trato con los vecinos de más años en la zona, pero si me preguntas por alguien que hace poco que está en el barrio, no tengo idea». Cada época es diferente, sin dudas, y eso se traduce también en el relacionamiento vecinal.

TRAYECTORIA LABORAL

Natalia cursó hasta sexto año en el Liceo Fabini, pero «aún debo algunas materias». Comenzó a trabajar y el estudio pasó a un segundo plano. «Después, de grande (tengo 55 años), siendo madre (tiene tres hijos: Maximiliano, Joaquín y Facundo), rendí dos exámenes, pero viste que una madre prioriza a sus hijos y al trabajo para sacarlos adelante», argumentó.

Cursó Banco y Contabilidad con el profesor Juan Carlos Montero, de quien guarda un afectuoso recuerdo. Además, Montero fue el artífice para que Natalia consiguiera trabajo en un supermercado ubicado en el barrio Olímpico.

Con 19 años ingresó a trabajar en el Círculo Policial, donde estuvo hasta el año 2001. Fue en esa etapa en la cual realizó el curso de árbitro de fútbol once.

EL REFERATO

Se vinculó al arbitraje tras la invitación que le cursara Gustavo Layes, «un señor árbitro», definió. «También estaban Víctor Acuña, Marcos Bon, Telmo Nis, Javier Navarro, Juan Reyes, Israel Rodríguez, Hermes Silva, Techera y Hugo Gómez», entre otros. De todos ellos elogió y agradeció lo que le aportaron, «su manera de enseñarme», dentro de un ambiente típicamente masculino por aquellos años. «Cuando me recibí de árbitra, ya estaba trabajando Amanda Simones, quien estaba en pleno crecimiento. Luego llegó Graciela Ferreira. Era la tanda de mujeres árbitras de aquel momento y muchas cosas se facilitaron por el respaldo que tenía del instructor Julio Oliva. Te miraba y encontraba tus defectos y la próxima vez que te veía te los marcaba a rajatabla. Algo que nunca he perdido es la puntualidad. Él nos decía: al árbitro no hay que esperarlo, tiene que estar antes, tiene que esperar a la gente, y así lo apliqué siempre».

Su debut en Primera División fue en cancha de Wanderers La Curva, donde el local enfrentó a Nacional. Ese día el árbitro fue Hugo Gómez y Natalia lo acompañó como asistente, al igual que Rimel Pereira. «Ese día, como es lógico, estaba bastante nerviosa y algún que otro reto de Hugo ligué, sobre todo porque me apuraba en levantar la bandera, entre otros detalles, pero lo importante es que todo salió bien y sacamos el partido adelante».

Por aquellos años aún no estaba instalado el denominado alambrado olímpico, por lo que el relacionamiento entre jueces a hinchas, por decirlo de alguna manera, era más estrecho, cercano, directo.

Recuerda que un partido complicado en el que le tocó actuar enfrentó a Olimpia y a Granjeros. Aquel día el juez fue Daniel Rodríguez y Natalia fue asistente junto a Hugo Gómez. «Hubo un lío tremendo en cancha de Olimpia», rememora sobre aquella jornada futbolística.

EL BABY FÚTBOL

La invitaron a ser árbitra en el Baby Fútbol básicamente porque faltaban jueces, y porque en aquella época, quienes se encargaban del referato en el fútbol once, con el curso debidamente aprobado, estaban habilitados para hacerlo a ese nivel. «Un día me llamaron para decirme que en una de las canchas de Baby Fútbol faltaba un árbitro, a ver si yo podía ir. Nunca había arbitrado allí y no tenía mucha idea, por lo que en un principio dudé en aceptar, hasta que me dijeron que era lo mismo que el fútbol once, simplemente que no había offside, por lo que no tenía asistentes y arbitraría completamente sola. Fui con mucha ansiedad, lo reconozco, tensionada, pero todo salió bien y desde ese día no dejé más de arbitrar en Baby Fútbol», porque allí «encontré mi lugar en el mundo».

Destaca la conexión que desde siempre tuvo con los niños como básica para poder cumplir con esta tarea, resaltando el respeto que ellos tienen hacia su función, junto al cariño que le manifiestan en cada ocasión. «Los niños quieran festejar su cumpleaños, sus padres alquilan canchas de fútbol 5 y me quieran a mí como árbitra el día de su cumpleaños. Ese es el mejor regalo que pueden hacerme», catalogó, porque, «a pesar de que a veces los reto, lo hago como si fuera una maestra, como una madre, para que ellos entiendan, porque el árbitro, a su modo, es un poco docente y otro tanto psicólogo, ya que, a su vez, trabajas con el entorno, controlando a los adultos, tratando de manejarlos para que no haya desbordes de ningún tipo. Cada niño tiene su personalidad y su forma de ser y te lleva años asimilarlo como corresponde».

Respecto a los padres de los pequeños futbolistas, «solamente pueden alentar a los niños», porque «para dar indicaciones están los técnicos que practican con ellos. Soy madre y sé que a veces es difícil contenerse, pero así son las reglas de este juego y debo hacerlas cumplir», indicó.

Para mantenerse en forma, Natalia sale en bicicleta, concurre al gimnasio y camina con asiduidad. De lo contrario, analiza, «con 55 años no podría hacer una jornada de seis, siete u ocho partidos por día».

LO MÁS GRATIFICANTE: EL CARIÑO DE LOS NIÑOS

Entre las mayores recompensas que el fútbol le ha dado a Natalia Fernández, el cariño que ha sabido ganarse de parte de los niños figura en primer lugar. Dentro de su actividad, no dispone de fines de semana libres, no puede asistir a cumpleaños, ni disfrutar del Día de la Madre en familia, por ejemplo. «Hace 31 años que soy madre y hace 30 años que ejerzo como árbitra», declaró.

«Es precioso, en esos días especiales, recibir un bombón de parte de un niño, o una flor por el Día de la Madre. Yo los guardo a todos porque los siento como los reconocimientos más sinceros, porque no hay nada más espontáneo y auténtico que un niño brindándote su cariño. Al papelito del bombón le pongo el nombre de quien me lo regaló y en qué día lo hizo. Son recuerdos que me van a quedar por siempre. Me confirman que soy querida por los chicos y eso es lo más importante de todo».

«Mientras el físico me dé -por eso entreno y hago todo lo que hago-, continuaré arbitrando. El día en que no me sienta capacitada para tenerle paciencia a un niño, daré un paso al costado. En este momento mi idea es estudiar y seguir vinculada al fútbol cuando ya no trabaje más con niños», manifestó para finalizar Natalia Fernández Molina en diálogo con Primera Página Dominical.