El departamento de Lavalleja, y principalmente la ciudad de Minas, se nutrió a lo largo del tiempo de las costumbres y de las idiosincrasias de diferentes colectividades, las cuales, por diferentes motivos, eligieron estas serranías para iniciar una nueva vida. Hoy nos referiremos a la inmigración suiza, a apellidos como Lupi, Morosoli, Cuadri, Figini, Quirici, Porrini, Clérici, Pozzi, Molinari, Tonaccini, Ogiatti, Balmelli, Soldini y Antoniolli, por citar algunos ejemplos, familias que arribaron a estas latitudes ya formadas en oficios y que a través de ellos dejaron una huella aún persistente. Recurrimos a diferentes fuentes, a nuestro archivo e incluso a la embajada de Suiza en Uruguay.
LA INMIGRACIÓN SUIZA
Gracias a Álvaro Borghi, integrante de la Embajada de Suiza ante la República Oriental del Uruguay y la República del Paraguay, supimos que la emigración suiza a nuestro país «se remonta, principalmente, a la segunda mitad del siglo XIX» y que, con la excepción de algunos comerciantes, «las familias huían de la pobreza, especialmente desde las zonas rurales».
Hoy en día, hay alrededor de 1.100 ciudadanos suizos en Uruguay, concentrados en Montevideo y en sus alrededores. Sin embargo, «la comunidad de descendientes suizos (sin nacionalidad suiza) es mucho más grande. Muchos de ellos se encuentran en Nueva Helvecia», indicó el funcionario diplomático.
En lo que respecta a la ciudad de Minas, «se dice que fue el paisaje similar al de la región suiza del Tesino (Ticino) lo que atrajo a muchos inmigrantes de esta región (como la familia Morosoli)», comentándonos la existencia de la Società Ticinese de Montevideo, la cual nuclea a quienes tienen sus orígenes en aquella zona de Suiza.
Juan José Morosoli, quien dictara una conferencia en 1950 en la Societá Patriótica Liberale Ticinese de Montevideo, al referirse a sus antepasados suizos, expresaba: «Ellos eran solitarios trasplantes que venían por sí a crear su propio medio. A enraizar para irradiarse en nuevas familias. Venidos de uno en uno, eran todos obreros con oficio. Tradicionalmente ‘lavoratori’. Los de Minas, albañiles, yeseros, pintores».
Destacaba con orgullo sus antecedentes familiares: «‘La Riviera de oro la hicimos nosotros, los suizos’, decía mi abuelo paterno, albañil como mi padre y como mi bisabuelo».
El historiador Aníbal Barrios Pintos escribía en un artículo que «los suizos fueron en Minas artesanos, gente de oficio», y que entre las obras que realizaron y que subsisten se hallan «el teatro Lavalleja, la iglesia inaugurada el 10 de abril de 1892 y en la que trabajaron cuatro constructores suizos, el edificio del Banco Hipotecario (Palacete Sánchez), el templete de la virgen del cerro de Verdún, el primer cuerpo del hospital, la casa Farina, el molino Escayola y el de Aguas Blancas», junto con «la nivelación de la ciudad».
Entre los pobladores de origen ticinés, el historiador menciona los apellidos Lupi, Morosoli, Figini, Quirici, Porrini, Pozzi, Molinari, Tonaccini, Ogiatti, Balmelli, Soldini y Antoniolli, y señala, además: «El 1 de enero de 1885 los pocos existentes en Minas constituyeron la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos». Junto con este grupo de familias, llegó la siempre recordada profesora de francés Madame Emilie Gottreaux.
También debemos decir que el recordado y prestigioso músico, con raíces suizas, Claudio Taddei, nació en Minas. «Mi madre, cuando estaba por parir a su primer hijo -yo nací dos años después-, quiso dar a luz en Minas y que quien trajera la vida, además de ella, ayudada y asistida, fuera el médico Omar Fortunato Estrada. En las vísperas, cuando Claudio se estaba anunciando, mi madre manifestó esa idea, que quería ir a Minas y ser atendida por Omar. Claudio nació en Minas por esa razón, porque luego volvieron a Montevideo». Así lo contaba su hermana Rossana, también distinguida artista, en entrevista con Primera Página Dominical el 24 de marzo de 2024.
Tras la inmigración registrada, y ya establecidos en nuestro país, en Nueva Helvecia predominaron los suizos de los cantones del norte; en Paysandú la preeminencia fue del cantón de Valais. En Montevideo y en Minas los inmigrantes suizos provenían del Ticino, el cantón de lengua italiana. El fenómeno migratorio suizo se produjo en principio hacia otros países europeos, más o menos cercanos, y también a América del Norte, y se extendió hacia el sur del continente cuando la Guerra de Secesión estadounidense convirtió aquel destino en inconveniente. Así, grupos organizados de suizos llegaron a Brasil y particularmente a Argentina, donde fundaron numerosas colonias agrícolas. Con ese mismo fin, algunos aprovecharon las ventajas ofrecidas por el gobierno uruguayo para establecerse y fundar Nueva Helvecia, pero la mayor parte de los inmigrantes suizos arribó en conjuntos pequeños y se radicó en núcleos urbanos ya existentes como Montevideo, Minas o Paysandú.
La colonia suiza Nueva Helvecia reunió a aquellos que sabían o querían trabajar la tierra; la de Minas, en cambio, atrajo a los especialistas en los rubros vinculados con la construcción: albañiles, yeseros, pintores, etc. Los ticineses se habían hecho conocidos en Europa por este motivo.
Los suizos, y posteriormente sus descendientes, se integraron fácilmente a la dinámica del Uruguay. En el primero de los casos, fundaron sociedades, sobre todo para la celebración de la fiesta Nacional suiza, cada 1 de agosto (Día de la Independencia suiza, fecha en la cual se celebra el pacto de 1291 entre los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden contra el dominio de los Habsburgo). En Paysandú, y particularmente en Nueva Helvecia, perduran algunas instituciones de aquella época.
SOCIEDAD SUIZA DE SOCORROS MUTUOS
En 1878, en tiempos de la Jefatura Política y de Policía del coronel Nicasio Galeano, fueron publicados, entre otros, los siguientes datos estadísticos correspondientes al departamento: número de habitantes: 20.991 (11.352 varones y 9.639 mujeres), de las cuales 4.738 correspondían a la 1ª Sección. Entre ellos, 21 eran suizos. Otro censo, relevado en 1895 por el jefe político Enrique Gerona, registró que había 35 miembros de esa nacionalidad, mientras que el censo de 1900 estableció que en el departamento estaban radicados 32 suizos.
El 1 de enero de 1885 se constituyó la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos. Su finalidad era la de ayudar a las familias suizas que se enfermaban y no tenían dinero. En caso de la muerte de un esposo, por ejemplo, se trataba de socorrer a las viudas. Más tarde existió el Centro de suizos y descendientes. El reglamento de esta institución, según aportó Alfredo Morosoli, tenía 62 artículos y dos adicionales, caracterizados por su humanismo y solidaridad. En el Nº 14, decía: «Se nombrará por secretaría y por orden riguroso de turno, cuando haya necesidad, uno o más socios de los que viven en el radio para visitar a los enfermos que hubiere y dar cuenta a la secretaría del estado y necesidades de aquellos. Los socios visitadores velarán por los enfermos de gravedad en los casos en que la comisión lo crea conveniente».
EL CAFÉ SUIZO
Un establecimiento que marcó época, ineludible para los suizos, sus descendientes y su círculo de amistades, fue el Café Suizo, que funcionó en 25 de Mayo 582 casi Washington Beltrán, donde durante décadas luego estuvo ubicada la empresa Corisma. «No se olvide…al salir del teatro pase por el Gran Café Suizo», rezaba la publicidad de la época, lugar donde llegó a haber 10 billares de la marca Brunswick, se expendían «bebidas de calidad a precios módicos» y con «atención esmerada».
Otra de las atracciones era un biógrafo en el cual se proyectaban películas de cine mudo, de forma gratuita, todas las noches.
Culturalmente fue un espacio de efervescencia, en el tiempo en el cual Juan José Morosoli estuvo al frente del emprendimiento junto a Malaspina. Fue lugar de encuentro ineludible para los periodistas de la época al cierre de cada edición y allí se formó una tertulia intelectual que dio lugar, unos años después, a la histórica publicación colectiva Bajo la misma sombra, que reunió obras de Morosoli, Guillermo Cuadri, Valeriano Magri, Julio Casas Araujo y José María Cajaraville.
«En la década del ’20 al ’30 estuvo el famoso Café Suizo. En ese café su socio fue Malaspina, primero alquilaron un bar y luego construyeron allí. En ese período fue un bar muy importante, hasta orquesta tenía, diez mesas de billar, en fin, y ahí se reunía toda la juventud de Minas y los muchachos que estudiaban en Montevideo, incluyendo a Valeriano Magri y Casas Araújo, todos se reunían allí. En aquella época había cerca de 10 periódicos en la ciudad y los periodistas desayunaban en aquel Bar Suizo porque allí estaban todos los ‘chismes’ de la ciudad... En esa época, cuando pone el Café, junto a Julio Casas Araújo y Emilio Lafferranderie (padre de ‘El Veco’), alquilaron una habitación y se fueron a vivir al centro de la ciudad. Iba todos los días a la casa de la madre, a almorzar, pero vivía en el centro. A mí lo que me llama poderosamente la atención, y creo es la primera vez que lo digo públicamente, es que un hombre que tuvo un café importante y que tuvo la vida que tiene que tener un propietario de un café, nocturna, después que se casó cambió totalmente su vida porque no recuerdo una sola vez en que mi padre haya salido solo, sin nosotros, a un boliche», compartía con su generosidad característica la arquitecta María Luz Morosoli en entrevista que realizamos hace varios años en Semanario AREQUITA y que titulamos El Morosoli que pocos conocieron.
TETRO LAVALLEJA
La ciudad de Minas conserva patrimonios tangibles que testimonian el grado de preparación que los suizos que llegaron hasta estas tierras tenían en el manejo de los oficios. Uno de esos ejemplos es el teatro Lavalleja, en cuya construcción, y cumpliendo diferentes tareas, participaron integrantes de dicha colectividad, quienes pusieron de manifiesto tanto su capacidad como su profesionalismo.
«Toda su estructura de ladrillo fue sabiamente proyectada por el arquitecto catalán Buigas y Monravá, lo que exigió -por su tamaño y detalles interiores y exteriores- una mano de obra sumamente especializada. Trabajaron en él muchos albañiles suizos, herederos de los ‘magistri comacini’, o ‘maestros comasinos’, oriundos de la zona del Lago de Como, en el norte de Italia o en el Cantón Ticino de Suiza. Estos conservaron las técnicas del ladrillo desde remotas épocas que se pueden acercar al Imperio Romano», explicaba la arquitecta Morosoli en Semanario AREQUITA.
El edificio, que costó $ 57.000,00, fue construido en un terreno adquirido por la Unión Católica al agrimensor Antonio Juanicó, bastante alejado de la plaza Libertad, centro natural de la actividad de la época.
Los trabajos de construcción fueron confiados a Juan Morosoli y Cándido Tonassini, ambos suizos. El primero de ellos, padre del escritor Juan José Morosoli. El director de las obras fue José Clérici. Es muy probable que Juan José, siendo un niño, haya ayudado a su padre, de acuerdo a sus posibilidades, en la construcción de este histórico centro irradiador de cultura.
Los palcos se construyeron volados, a la manera de los del teatro Liceo, de Barcelona, el Urquiza montevideano y el Colón, de Buenos Aires. El teatro fue librado al servicio público el 8 de diciembre de 1909, con una muy concurrida velada, pero los comienzos no fueron auspiciosos para los propietarios del teatro. También los suizos brindaron su trabajo, aportando esfuerzos a través de oficios relacionados generalmente con la construcción o las obras públicas.
Agradecimientos: Juan Luis Morosoli. Julio Canapá. Álvaro Borghi, Embajada de Suiza ante la República Oriental del Uruguay y la República del Paraguay.
Fuentes consultadas
Aníbal Barrios Pintos. Minas. Dos siglos de su historia. Tomos I y II.
Sonia Ziegler. El espíritu de los ticineses en el Uruguay.
Semanario AREQUITA.
Primera Página Dominical.