El miércoles, en la sede minuana de la Universidad Tecnológica (UTEC), el profesor Gabriel Quirici Franzi, Director Nacional de Cultura, presentó el libro “200 años del nacimiento del Uruguay. La provincia que se hizo país” (Ediciones de la Banda Oriental), en el que “procura estudiar algunas de las claves políticas y regionales que pueden hacer más comprensible la deriva de la historia de los procesos de construcción del poder estatal entre 1825 y 1828” y “las múltiples miradas que la actual historiografía ha venido planteando en torno a este período”.

Junto al autor participaron de esta instancia los profesores Álvaro Barate, Marcos Fernández y Lía Panero. Previo al evento, dialogamos con el profesor Gabriel Quirici Franzi.

¿Cuál era el concepto de independencia manejado aquel 25 de agosto de 1825? ¿Ante qué poderes?

Fundamentalmente, el de ser independientes del poder extranjero, que era el poder brasileño en ese caso, que, además, supuestamente, se basaba en algunas resoluciones, como el Congreso Cisplatino, y en algunos acuerdos que habían sido arrancados a la fuerza, como dice la primera ley, por la violencia, por la invasión. Entonces, la independencia de los representantes de los pueblos orientales era volver a gobernarse por sí mismos.

A su vez, se planteaba la unión con las provincias.

Sí, claro, porque es un tema que se viene estudiando con mucho cuidado en la historia regional, no solo en nuestro país, también en las provincias argentinas y en las regiones o estados de Brasil. Río Grande era un estado en formación y los territorios no tenían las fronteras definidas. La de provincia fue la primera idea de soberanía compartida que surgió en los territorios tras la expulsión de los españoles. Unirse con las provincias en absoluto significaba perder independencia, era algo natural, estar todos juntos como se entendía debía suceder.

Sobre todo teniendo en cuenta que la idea de Uruguay era impensada en ese momento.

Es que ninguna idea estaba pensada en ese momento, ni la de Argentina, ni la de Paraguay en sí mismo. Los territorios se estaban formando y ahí la cuestión que nos vincula con aquel pasado es la idea de los pueblos orientales tratando de forjar su destino en común con sus hermanos de la región.

Usted hace hincapié en la importancia de analizar los ciclos y los procesos más allá de centrarnos en fechas específicas.

Exacto. Sí, yo creo que hay un asunto que es también interesante para la conversación pública hoy, y es que cuando uno analiza procesos enriquece la posibilidad de interpretar de forma más compleja, con más elementos, con más variedad y color y también con posibilidades de entender lo social y lo económico, en vez de los relatos simplificados de un héroe o una nación o un pueblo. Fíjate que todos los relatos son míticos. La mitología es importante, pero la historia no es mitológica, la historia es protagonizada por hombres, mujeres, colectivos, regiones, países, provincias, etc. Entonces, cuando analizamos cómo surgió nuestro Estado, en realidad no surgió de un día para el otro, no surgió por un prócer, sino que fue un proceso de luchas, sueños, también frustraciones de los pueblos de esta región tratando de forjarse un destino independiente junto con sus hermanos, que después terminó siendo un país intermedio que tiene características propias, que en parte son históricamente reales, porque ya van 200 años que somos un país diferente. Entonces hay algo ahí que está bueno de visualizar en proceso y no caer en el inmediatismo de ‘es una sola fecha’. No fue tal fecha, no. Eso es más parte de una discusión, como a veces ocurre en las redes sociales o cuando se ‘tribunizan’ las cosas. La historia no es un ámbito de tribunas, más bien de tratar de humanizarnos y de comprender los procesos.

Justamente, sin romantizar ni idealizar, ¿cuál considera que es la forma apropiada, adecuada de celebrar y de conmemorar el bicentenario?

Nosotros, en la Comisión del Bicentenario, lo que estamos proponiendo es celebrar el ciclo, celebrar el ciclo en diversidad, y esto siempre lo digo con mucho cuidado, no utilizando la palabra diversidad como ese, a veces, latiguillo fácil y descafeinado. No, la diversidad es reconocer que, en nuestro país, en nuestra historia, existen diferentes territorios, movimientos políticos, actores étnicos, económicos y sociales que fueron parte de este proceso. Y si reconocemos eso, la celebración es mucho más inclusiva. No podemos celebrarlo solo en Montevideo, tiene que ser en todos los pagos; no podemos celebrarlo solo por lo militar, tiene que estar lo social y lo cultural. No es solo una realización de los varones, sino que también fueron muy importantes las mujeres. Estaba recorriendo Casa de la Cultura, la casa de Lavalleja, y qué importante fue Ana Monterroso, igual que Lavalleja. Lo mismo que los pueblos africanos de nuestra región. Entonces, la perspectiva para celebrar en proceso y con dimensión social considero que recoge lo más rico de nuestra historia social y cultural. Somos un país de fronteras, un país en donde no todo está definido ni solo por Montevideo o solo por lo militar o solo por lo agrario, sino que tenemos una parte litoraleña, otra parte más recostada en el este y vinculada con Brasil, otra parte que viene de las Misiones, otra parte que viene del Atlántico. Y de esa mixtura que es nuestro país, que eran nuestros pueblos orientales, surgieron formas de pensarse el gobierno de la provincia, autónomo e independiente, que terminaron siendo capaces de crear un país, aunque al principio no lo esperaban. Y ese me parece que es un asunto bien lindo de recoger, porque en algún sentido, y a esto lo señalo en el libro, cuando se dan todos los procesos que de alguna manera rompen la posibilidad de que la provincia se mantenga unida, después del año ‘27 hay un fenómeno que es la Convención García, donde devuelven la provincia a Brasil las autoridades de Buenos Aires, un desastre absoluto porque casi habíamos ganado la guerra, y la gente en Buenos Aires derroca a ese gobierno que había tenido un acto totalmente irresponsable, pero ya continuar la guerra era muy difícil. Uno de los factores que apura a algunos de los dirigentes políticos, que tampoco crea una revolución social, y a los ingleses, que ven con preocupación que esto ocurra, uno fue que la población oriental, en su mayoría, era partidaria de una independencia igualitarista, porque son, dice así, todos seguidores de Artigas. Entonces, ¿qué pasa? Artigas ya no estaba, había sido derrotado, etc., pero la idea de un pueblo oriental con perspectiva de hacer la política desde los sectores del interior, de la campaña, con igualdad, con república, había quedado desde la época del artiguismo. Entonces también, para los brasileños ya no nos podían gobernar porque lo habían, digamos, corrido con las batallas, el centralismo porteño nos había devuelto y la gente de acá, de alguna manera, ya era vista como, bueno, ‘mejor que se gobiernen solos’. La provincia esa que se declaró independiente empezó a poder gobernarse sola. Y elaboraron una constitución que, para sorpresa, cuando uno mira la historia, hay de todo, pero más allá de que se le han hecho muchas críticas, la Constitución de 1830 tuvo una duración en el tiempo de casi un siglo. O sea que había un pueblo acá que se podía gobernar. No se llamaba Uruguay al principio, pero terminamos siendo eso, y me parece que es muy rico.

¿Estaba presente el sentimiento independentista, más allá del “Estado tapón” y de la acción de lord Ponsonby?

Claro. Yo creo que ahí, también, si lo miramos en el proceso, la influencia británica fue muy importante. Sobre todo para que no se retomara la guerra. Inglaterra presiona, no le da créditos a Buenos Aires, porque en Buenos Aires después viene Dorrego, y Dorrego, junto con Rivera, con Frutos Rivera, intentan reiniciar la guerra. Y ahí Inglaterra presiona para que no sucediera. Pero también Inglaterra presiona para que Brasil acepte perder la provincia Cisplatina. Lo que no es cierto es que Inglaterra fuera el principal artífice de eso, sino que fue parte de todo ese complejo proceso.

Un muy interesante complemento del texto son las ilustraciones.

Sí, estamos muy contentos en ese sentido. Ahí hicimos un trabajo en conjunto con Banda Oriental, de buscar a través del Museo Histórico del Cabildo y del Museo Blanes, imágenes que fueran también de alta calidad y que reflejaran no solo las batallas, sino también la sociedad de la época, cuadros obviamente que han marcado nuestro sentir nacional, como el de Juan Manuel Blanes y el desembarco, pero también cuadros menos conocidos, como el de Josefa Palacios, que fue la primera pintora mujer que hizo el desembarco de los Treinta y Tres. Hay mapas que expliquen esto, hay una parte de tratar de que el libro tenga una compañía amena, didáctica, que sea un libro para todo el mundo, y que celebre estos 200 años.

¿Qué significa para usted presentar este libro en UTEC Minas, es decir, la universidad en el interior de nuestro país?

Para mí es un orgullo y una oportunidad muy linda que la primera salida al interior sea en Minas, la tierra de Lavalleja, que es uno de los grandes forjadores del inicio de todo esto, y que sea también un lugar donde en la actualidad los censos nos muestran que toda la región este del país, el sureste, tiene una dinámica cultural, económica y también universitaria propia. Poder compartir esto con la perspectiva de que empecemos a contarnos la historia de los 200 años entre todas y todos y en todas las regiones me genera una profunda satisfacción.

 

Gabriel Quirici Franzi

El actual Director Nacional de Educación es Profesor de Historia por el Instituto de Profesores Artigas (IPA) y Diplomado en Historia Económica (FCS-UDELAR). Ejerció la docencia en educación secundaria, pública y privada, IPA, Magisterio, Universidad Católica del Uruguay y en la Universidad de la República. Es autor de varias publicaciones sobre enseñanza, educación e historia. Fue editor de la revista Educarnos de ANEP (2018-2020). Es columnista y colaborador en programas de radio y televisión, especialmente de la Columna de Historia en Del Sol FM, en el programa No toquen nada y Caminando la historia, en TV Ciudad.