Franklin Rodríguez es un hombre de teatro todo terreno -actor, dramaturgo, director, productor- aunque reconoce que lo que más ama es actuar. El viernes 1 de agosto, a las 20 horas, estará en el teatro Lavalleja actuando en “Los trenes de la memoria”, obra además escrita y dirigida por él, invitado por el grupo teatral minuano A Escena, quienes han realizado varias obras de Rodríguez.
EL INTERIOR
Al preguntarle cómo es su relación con el interior del Uruguay como actor, respondió: “¿Relación? Hace pocos días estuve en Tacuarembó, en San Carlos. Salimos cuando se dan las posibilidades, pero es muy complicado salir, porque siempre tiene que haber un productor privado o algo así, generalmente es muy difícil, sobre todo que las intendencias apoyen, no está sucediendo eso. Entonces, se hace difícil los costos, porque hay que trasladarse, viajar, comer, promocionar, y si no hay un productor atrás, es casi imposible hacerlo. O sea que diría que la relación del teatro de Montevideo con el interior y en mi caso es poca. Estoy haciendo una obra, ‘Nuestras mujeres’, es una obra exitosa, la dirige Mario Morgan, que está (Cesar) Troncoso, el actor de ‘El eternauta’, está (Diego) Delgrosi, y fue poca gente, porque falta la iniciativa de los lugares a donde vamos. Hay muchas cosas para llevar al interior, no solo nosotros, pero falta la iniciativa del otro lado. Porque la gente responde cuando se arma una infraestructura, pero si no tenés gente que haga la publicidad en cada lugar que vas, es imposible. O podés tener la mejor obra, el mejor teatro, pero si no tenés quien haga el llamado de lo que hay, el público no se va a enterar. En San Carlos se llenó, porque la gente se enteró”.
VIVE HERIDO
Al señalarle que siempre se dice que el teatro es siempre un esfuerzo o el teatro siempre está en crisis, Rodríguez se ríe y manifiesta que “el teatro vive herido, eso pasa en el Uruguay y en el mundo, pero no lo mataran nunca. No, no lo puedes matar, cuando apareció la televisión, primero en blanco y negro y después a color, dijeron que se acababa el teatro y el cine, después apareció el VHS, el DVD, ahora los streaming y eso no sucedió. No sucedió porque la gente necesita de ese contacto entre el público y el actor”.
Franklin Rodríguez asegura que “la gente necesita del teatro, de ese cuentito que se desarrolla ese día especialmente, en ese lugar y no otro. Porque ves al actor en vivo, porque tiene otras connotaciones que eso lo hace este alcanzable, cercano, vivaz y esa es la diferencia que tenemos. No, el teatro no muere, no muere”.
INESTABILIDAD CONSTANTE
Asegura el actor, que “es en el mundo entero esa inestabilidad, eso es el teatro, pasa en Nueva York y pasa lo mismo en otras partes del mundo, hay muchas cosas muy conocidas y hay muchas desconocidas, donde les pasa lo mismo que a nosotros en Uruguay. Tal vez acá hay menos apoyo, menos reconocimiento, menos todo. En el mundo los actores viven de la televisión o del cine, después hacen teatro. Eso trae gente (que) los conoce y los va a ver. Acá no hay nada de eso y claro, estás como siempre peleándola desde abajo y hacemos lo que siempre hacemos, lo que lo que podemos hacer para que esto funcione. Es muy difícil y siempre está en caos, pero porque no tiene ayuda, falta siempre el apoyo institucional o el apoyo de empresas. Mientras no se tenga eso, sigue siendo lo mismo. Los actores no nos podemos jubilar. Ahí ya se arranca mal. Pero es así y ya está, ya ni me quejo de eso, no es una batalla que voy a dar”.

Usted es escritor, actor, dramaturgo, director, productor. ¿Cómo se complementa entre los diferentes roles?
El único que yo sé hacer bien es el de actuar. Lo demás son consecuencias de que tengo y quiero hacer una obra. Me pongo a hacer una obra, pero no tengo quien dirija, ni quien la produzca, ni quien pinte la pared. Entonces si no lo hago yo todo, no la hago, me quedo en mi casa. Pero como yo tuve en un momento tres hijas que había que darle de comer -tenían la mala costumbre de comer todos los días mis hijas-, fue entonces que tuve que empezar a reinventarme sobre la marcha. Y hacer todo. Todas esas tareas profesionales las fui haciendo en la medida en que me seguía agarrando de la actuación. Entonces la dirección, la escritura, la producción tiene que ver con eso y dar clases de teatro, tiene que ver con vivir, uno tiene que hacer todo eso para poder seguir existiendo. Pero la profesión madre fue la actuación, estudié en la EMAD, me preparé para ser actor, los otros son consecuencias del devenir diario.
Con la escritura tiene una relación muy fuerte porque tiene más de 80 obras de teatro escritas, varios libros de ficción. Un libro es la biografía del actor Ricardo Espalter (1924-2007) ¿Por qué escribió ese libro?
Eso se dio, porque estaba en una obra que hicimos con Espalter que fue un verdadero fracaso, no fue nadie, a las tres semanas bajó la obra, pero conocí a Espalte. Yo tengo y tenía una admiración enorme por él, porque mi vida estuvo marcada por Decalegrón y otros programas que él hizo, sobre todo por el humor. Empecé a hablar con él y descubrí un tipo muy triste, un tipo absolutamente retraído, y eso que era un triunfador, reconocido en Argentina, Chile, en Miami, era uno de los creadores del humor a nivel internacional, pero a su vez era un tipo muy triste, muy apagado, muy metido para dentro. Y me dije, ‘yo voy a hacer una biografía de este hombre’. Le pedí, accedió, me dio fotos, hablamos mucho y armé un libro con el que pasó una cosa curiosa, cuando Espalter cumplió 100 años empezaron entonces a recordarlo, pero no había nada. Pero por lo menos está mi libro, que es una referencia, y van a pasar los años y va a haber un libro sobre Espalter. Me pasa de ir por la calle o por una feria y encontrármelo con el libro a la venta, por 50 pesos 100 pesos pero está ahí, es una emoción muy linda.
¿Somos nostálgicos los uruguayos?
Los uruguayos no sé, creo que sí. Yo soy extremadamente nostálgico. Sí, y me da bronca porque eso me ata mucho, me hace depender mucho de cosas. Pero por otro lado la nostalgia puede ser buena también. A mí lo que me hace es ir hacia el pasado, es recordar cosas que eran de una sencillez alarmante y yo las complico ahora de una manera increíble. O sea la nostalgia del recuerdo me hace a veces valorar cosas que tengo ahora que valen mucho. Por otro lado la nostalgia lo que me hace es acercarme a seres que ya no tengo, a mis padres, a mi hermano mayor. Vas para atrás y ya están tan cerca, pero no están más, pero están ahí en la vuelta. Eso para mí es fundamental.
¿“Los trenes en la memoria” marca mucho eso que se vivía con el paso de los trenes en el interior?
Sí. Había algo tan sabandija políticamente, cuando cerraron el ferrocarril, y después amenazaban con que lo iban a abrir. Hoy paso por la Estación Central de Montevideo y lo único que se ve es la cara de Artigas, lo demás está tapado, es desconsolador ver el abandono en que está todo eso y es muy triste el no tener trenes de pasajeros. Entonces, cuando escribí la historia de la memoria, me retrotrajo a mi mamá, que iba desde Montevideo a Rivera a buscar bagayos, muchas veces en el tren ese anaranjado, que le decían ‘El Rápido’, que lo menos que tenía era de rápido, eran 15 horas para llegar a Rivera, era llegar, comprar todo y esa noche volverse inflado con cosas que compraba. Que si te revisan te lo sacaban -botellas de cachaça, de grappa, jabones, margarina, goiabada, muchas cosas- y mi madre llegaba al barrio del Cerro y lo vendía. Me acuerdo de eso porque tenían un costo social, porque era la forma de sobrevivir que tenía mi vieja, éramos cinco hermanos, comer a veces era complicado. Creo que muchos pueblos en el interior dependían de la materia prima que traían los trenes. El tren se cerró y los pueblos fueron muriendo. Están abandonados por completo. El único clamor que me sumo en mi vida por (José) Mujica era cuando decía: ‘Y ahora ¿quién va a plantar en el interior?’ Es cierto. ¿Quién va a plantar y quién va a quién va a cuidar la vaca? No hay gente, nos quedamos todo apretados acá en Montevideo. Y los pueblos chicos han muerto así.
¿Cómo invitar al público a ver “Los trenes de la memoria”?
La obra me parece que es como un repaso mental que uno hace de un tren que va a un lado al otro, pasa por pueblos que la gente a veces no conoce, son pueblos como perdidos y lo que hay en la obra es una gran crítica a todas esas pérdidas y de nostalgia, sí está eso que nos atamos a cosas que se nos perdieron. Fíjate que esta obra la hice el año pasado en varios lugares, en Frankfurt, siempre en español, en una iglesia con una cruz gigante atrás. En Nápoles, en Estocolmo, en El Cairo, siempre en español, por el Instituto Cervantes, el público eran árabes que hablan y estudian español. Uno de los comentarios de esta gente árabe era: ‘Qué raro que no tengan tren porque acá el tren es todo’. Uruguay es que el único país de América que no tiene tren, entonces anda a explicarle a la gente. No saben de las empresas de transporte que tienen negocios, que están unidas a monopolios. Más allá de eso lo que importa es cómo ese bicho de hierro tenía una vida propia con seres de verdad que se conocían, que se abrazaban, que se encontraban, que se enamoraban, las estaciones de madera que había en el interior y de eso trata la obra. Hago todos los personajes con sombrero, sombreros distintos, que van haciendo los personajes distintos. Eso es lo más lindo. No es un monólogo, son varios personajes. No, no es stand up.
Semanas atrás se estrenó la obra suya “Los días contados”, con una dramaturgia más profunda muy humana.
Esa esa obra surgió porque quien era mi suegro, vivía en Maldonado y se le dio una enfermedad. Entonces sin quejarse, ni decir nada, salió del hospital, fue a un lugar donde vendían tractores y se compró un tractor. Después fue y le dijo a la familia: ‘Voy a perder mis últimos días cortando el pasto de la gente y haciendo un acto humano hacia la gente’. Y fue una lucha, ni siquiera en el momento final lo dejaron, porque lo empezaron a multar, no se puede andar con tractor por la calle. Es una mirada nostálgica sobre el tiempo que pasa, sobre lo que te va quedando y sobre los momentos que uno tiene que para que disfrutar lo que tiene y de la manera que lo tiene. Es una comedia dramática. Es hacer en ese momento, porque no hay después.
Hasta el viernes en el teatro Lavalleja, nos vemos en “Los trenes de la memoria”.
Los espero a todos allí, la van a pasar muy bien.
Las entradas tienen un costo de 350 pesos, y están en venta en Librería Acuarela, en Minas Cable Visión y en Abitab de avenida Varela y Ellauri, en Minas.