El sábado 13 de setiembre, desde las 19:00 horas, Palestina en Lorca llega al centro cultural minuano, actividad en la que participarán Alma Bolón, Alberto Chiriff y Raúl Vernengo -Mauro Alayón será el moderador-. Bolón es Doctora en Ciencias del Lenguaje por la Universidad Paris III-Sorbonne Nouvelle, Profesora Titular de Literatura Francesa, Fhuce, Udelar y Profesora Agregada de Lingüística Aplicada en la carrera de Traductorado Público, Fder, Udelar.
Junto a Daniel Gatti, es autora del libro Palestina - Papel y plomo (Editorial Estuario). “Si desde octubre de 2023 Palestina se hizo cotidiano espectáculo de masacre y destrucción, la historia viene de lejos y habla de una empresa colonizadora que hunde sus raíces en Europa a mediados del siglo XIX. A sus peripecias, sostenidas en sangre y embuste, se dedica este libro. Reúne así una variedad de artículos de autores palestinos, israelíes, argelinos, sirios, franceses, británicos, estadounidenses, españoles, argentinos y uruguayos quienes con poemas, análisis y entrevistas procuran ilustrar la parte nuestra que también se juega en Palestina”, informa la reseña de esta obra.

En el libro Palestina. Papel y plomo se compilan artículos y obras propias exponen la situación actual. ¿Cómo surgió la idea de realizar esta publicación y cuáles fueron los objetivos trazados?
Este libro empezó a gestarse en la primavera pasada. En esos días, la política genocida llevada adelante por el Estado de Israel era inocultable y se hacía presente en la prensa diariamente. Solo que no se decía, como ahora estamos diciendo, “política genocida llevada adelante por el Estado de Israel”, sino que el genocidio se planteaba en términos del “derecho a defenderse que asiste a Israel, luego del ataque terrorista del 7 de octubre de 2023”. Es decir, la prensa poderosa hablaba repitiendo lo que decía (y sigue diciendo) el Estado genocida de Israel: “tenemos derecho a defendernos porque hemos sido víctimas de un ataque terrorista el 7 de octubre de 2023”. Por esto, Daniel Gatti y yo tuvimos el propósito de indagar y difundir cómo se había llegado al 7 de octubre de 2023, siguiendo así otras vías de comprensión. Porque está claro que elegir el momento desde el cual empieza a contarse una historia no tiene nada de ingenuo. Cuando Israel y sus cómplices eligen contar la historia a partir del 7 de octubre de 2023, están diciendo: “Nosotros, israelíes, que somos tan occidentales y modernos y tolerantes y demócratas, fuimos atacados por una banda sedienta de sangre que, al amanecer de un apacible sábado, llegó hasta nuestros kibuts a matar a pacíficas familias, y que también a matar llegó hasta donde nuestra dorada juventud se entretenía con un bucólico concierto”. Esta explicación, que voluntariamente niega más de cien años de historia colonial y supremacista, es un tejido de patrañas que nuestro libro desea enjuiciar.
¿Acaso la indignación fue un punto de partida para realizar este trabajo?
Sí, sí, sin duda alguna. La indignación y el dolor ante el sufrimiento impuesto a los niños gazatíes, al personal de salud (médicos, paramédicos, enfermeros, socorristas, etc.) y a los hospitales, a los periodistas, a los inválidos y minusválidos sobrevivientes de anteriores acciones represivas israelíes: todos ellos, niños, personal de salud, periodistas, mujeres, inválidos, todos están especialmente protegidos por las Convenciones de Ginebra y todos ellos eran (son) los blancos privilegiados de las mal llamadas “Fuerzas de Defensa de Israel”, es decir, de su ejército. ¿Cuál es el sentido de disparar prioritariamente contra niños, personal médico, periodistas? Matar niños es ir matando el futuro, es no dejar testigos que en el futuro puedan pedir cuentas, hacer justicia. Por otro lado, matar niños, médicos y periodistas no solo es ser impune, es también hacer alarde de impunidad, negando o reconociendo a medias o aduciendo razones estúpidas. Tal vez los lectores recuerden cuando Israel empezó a bombardear los hospitales de Gaza. Primero, decían que no habían sido ellos los autores del bombardeo, sino Hamás o algún otro grupo de la resistencia. Luego decían que habían sido ellos, pero que se había tratado de un «error», de un “accidente”. Luego decían que sí, que habían bombardeado porque el hospital era un escondite de terroristas. Es decir, entonces y hoy, Israel se da el lujo de alardear de que nos toma por idiotas. Lo hicieron entonces, al empezar a bombardear hospitales y lo siguen haciendo, por ejemplo, el domingo pasado (10 de agosto), cuando un dron israelí bombardeó la carpa en la que dormían seis periodistas de Al Jazeera, asesinándolos a los seis, hecho condenado hasta por la mismísima Cancillería francesa. Y justificado por el Estado genocida, que adujo que uno de los periodistas era “terrorista”. Uno se indigna por la destrucción en Gaza de vidas, de escuelas, universidades, mezquitas, bibliotecas, hospitales, teatros, centros culturales, pero también se indigna por el cinismo impune. Que el Estado genocida de Israel hoy siga diciendo que ocuparán Gaza para “recuperar a los rehenes y derrotar a Hamás” forma parte de esa mentira tan poco cuidadosa que no busca ser creída, sino mostrarse por encima y eximida de cualquier civilidad, de cualquier obligación social de verosimilitud: matamos como y cuanto queramos; decimos lo que se nos antoje. Esto produce indignación e impulso de ponerle coto.
La portada del libro es significativa, grafica el proceso vivido en Palestina.
Sí, así es. La portada es muy significativa, muy elocuente, cuenta la historia de un despojo, de un saqueo, de una empresa que, desde siempre, se planteó y se ejecutó como una operación colonial de expulsión y ocupación. Esa portada cuenta cómo Palestina, tierra habitada por palestinos, cristianos y judíos que convivieron durante cuatro siglos bajo el Imperio Otomano, por obra de algunos europeos -europeos cristianos y europeos judíos- fue elegida en 1917 como «Hogar nacional para el pueblo judío», y en 1948 fue declarada “Estado de Israel”. Cuenta cómo el terrorismo judío primero y el ejército luego (hoy combinado con los colonos de Cisjordania) expulsaron de sus tierras a las familias palestinas, cómo destruyeron sus olivos y demolieron sus casas, cómo se apoderaron de la tierra y del agua, cómo cometieron lo que el gran historiador israelí Ilan Pappé llama la “limpieza étnica”, que arrancó de sus casas a 750.000 palestinos, expulsados hacia Jordania, Siria, Líbano y, claro está, Gaza, en el sur. Claro que esa tapa, además, nos habla del fracaso estruendoso y seguramente definitivo de la partición de Palestina en “dos Estados”: a pesar de los “libros blancos” británicos, de las resoluciones de la ONU, de Camp David y de Oslo, a pesar de que ahora muchos (véase Emmanuel Macron) se apresuren a prometer que reconocerán al Estado de Palestina. A pesar de todo esto, esa tapa muestra que nunca el Estado de Israel tuvo en sus planes reconocer al Estado de Palestina y que, inclusive ahora que está bajo escrutinio mundial, el Estado de Israel sigue expulsando y asesinando palestinos en Cisjordania y construyendo nuevos asentamientos judíos, sigue apoderándose de Jerusalén y El Aqsa, y sigue planeando, y lo anuncia todos los días, la ocupación y control de Gaza. Pero la historia seguirá y Palestina volverá a ser un Estado binacional, con dos idiomas, con una, dos, tres, o ninguna religión, sin apartheid, sin racismo, sin supremacismo.
¿Cómo evalúa la respuesta de la comunidad internacional y particularmente del Estado uruguayo frente a lo que está sucediendo en Palestina?
Con enormes diferencias entre unos países y otros, pero puede decirse que la situación a la que nos referíamos al comienzo hoy se modificó: si antes hubo consenso en reconocerle a Israel el derecho de defenderse hoy hay consenso para denunciar a Israel y, en particular, a Netanyahu. Se emplee o no se emplee el término “genocidio”, hay consenso para denunciar que lo que hace Israel en Gaza es completamente inaceptable. Hay consenso para constatar el horror infligido a los niños, mujeres y hombres palestinos, así como hay consenso para constatar la impotencia planetaria para detener ese horror; en consecuencia, hay consenso para diagnosticar el desmoronamiento del orden internacional. Como es sabido, a este consenso escapa el gobierno uruguayo, cuyas autoridades se sitúan entre los cómplices más obsecuentes del Estado de Israel. Conocemos las respuestas torpes, poco esclarecidas y bastante tilingas que estas autoridades suelen dar cuando se les pide que se expidan condenando el genocidio y asumiendo el cumplimiento de las resoluciones internacionales con respecto a Israel. El gobierno uruguayo parece estar esperando que pase el chaparrón para que su sionismo confeso pueda volver a pasar inadvertido. La reciente reunión de Yamandú Orsi con una delegación de mujeres israelíes “por la paz” no hace más que agregar desagrado, por lo que uno juraría que se trata de una operación de propaganda concebida e implementada por los servicios de inteligencia.
En general, ¿qué conocimiento manejamos desde estas latitudes? ¿Qué rol juegan los grandes medios de comunicación, con corresponsales que informan desde Israel y sin tener un testimonio similar desde Palestina?
Me parece que en Uruguay muchas personas nos las arreglamos para seguir la actualidad y además conocer más y más de la historia de Palestina, y que esto lo hacemos a pesar de los medios de comunicación, empeñados como están en ignorar el asunto o en machacar los puntos de vista del Estado de Israel y de los lobbies sionistas. Aunque, como decíamos hace un ratito, en los últimos meses el consenso se desplazó: salvo para el gobierno uruguayo y para algún otro, Netanyahu es objeto de aborrecimiento o, por lo menos, de críticas severísimas. Este nuevo consenso es perceptible, por ejemplo, en los grandes periódicos extranjeros; hoy, en Le Monde se publican noticias y puntos de vista críticos hacia Netanyahu cuya publicación era inimaginable el año pasado, o a comienzo de 2025. Ahora bien, a mi modo de ver, este nuevo consenso extremadamente crítico con el accionar de Netanyahu y muy compasivo con los gazatíes bombardeados y hambreados, mantiene intacto un relato cuyo inicio se sitúa el 7 de octubre de 2025. Puede que, hoy, la referencia al 7 de octubre de 2025 no sea más la condición indispensable para, acto seguido, poder denunciar el genocidio que comete Israel. Puede que la referencia no venga como condición para poder denunciar al Estado genocida de Israel, pero viene como condición para poder seguir hablando de Palestina. A mi juicio, nada bueno podrá salir de una perspectiva cuyo momento cero impone censurar más de cien años de historia (historia de un saqueo y de una resistencia al saqueo).
¿Qué expectativas le genera participar de la actividad que se realizará en Casa Lorca próximo sábado 13 de setiembre?
Una expectativa enorme y modestísima: la expectativa de que, reuniéndonos, conversando e intercambiando pareceres sobre Palestina, de alguna ínfima manera, impediremos que el crimen se cometa en silencio completo. Seguir hablando, para que se sepa que, a pesar de los poderosos medios de comunicación, a pesar de los lastimosos gobernantes que hay en Uruguay, a pesar del armazón de mentiras constantes del sionismo, nosotros sabemos y queremos que se sepa que sabemos. Y, a título muy personal, venir a Minas es venir a Morosoli o más precisamente a Perico, uno de los libros más inteligentes y bondadosos que haya leído.