La lectura -que siempre nos trae joyas preciosas, sorpresas invalorables y nos enriquece- del cuento “Próxima Estación Nico Pérez” de Isabel Hernández Tibau (Montevideo el 11 de agosto de 1936 – 18 de julio de 2025) leído por las integrantes del Club de Lectura Voces de Papel de Batlle y Ordóñez, Cristina Campelo Fuentes y Gabriela Pérez Beltrán, condujeron a la búsqueda de esta autora.
La docente e historiadora Cristina Campelo fue fundamental, proporcionando datos de la escritora Hernández Tibau y contactó a quien escribe con la hija de la autora, Irupé Alzogaray Hernández.
ENCONTRAR AQUEL PUEBLO DE BATLLE Y ORDÓÑEZ
Cuando se hizo la presentación del libro de Isabel Hernández Tibau, “Gorriones de la plaza”, Cristina Campelo escribió: “Es un libro que armoniza recuerdos de la infancia de su autora, con hilos de una ficción muy bien lograda. Encontraremos en él imágenes, personajes y lugares reconocibles y otros tal cual los conocemos hoy, como marco de las historias de vida de Isabel, ‘Isabelita’ como solían llamarla en su infancia, en algunos casos personaje central de las anécdotas.
Isabel Hernández Tibau, la autora, en sus tiempos de juventud solía visitar a su familia por estos parajes, y el recuerdo de esos momentos la llevó a escribir estas historias que llevaba en su corazón, y no había compartido hasta hoy. Nos sorprenderemos compartiendo lugares, sonidos e imágenes que son muy nuestras, pero también de ella y de tantos que han pasado por este “rinconcito” que los ha atrapado”.
ISABEL HERNÁNDEZ TIBAU
“Sí, esa soy yo. Me gustaría pensar que alguna persona me reconoce sólo por mi nombre, pero no creo... ¡hace tantos años que salí de ese pueblo!
A los 17 años volví a Montevideo con un enorme equipaje, no en valijas, sino en el corazón”, del testimonio dado en los festejos de los 130 años de Batlle y Ordóñez por Isabel Hernández Tibau.
SU HIJA IRUPÉ ALZOGARAY HERNÁNDEZ
Al solicitarle a su hija, Irupé Alzogaray una biografía de su madre Isabel Hernández Tibau, escribió:
“Nació en Montevideo el 11 de agosto de 1936.
Desde muy chica pasaba largas vacaciones en casa de su abuela y tíos en José Batlle y Ordóñez,
Lavalleja. Así fue que haciendo amistades allí, las estadías eran cada vez más prolongadas, hasta que al llegar a edad escolar, sus mayores acordaron que iniciara la escuela en Batlle y Ordóñez, donde ya estaban todos sus amigos.
Vivía frente a la plaza mencionada en Gorriones de la Plaza. Su tío era dueño del almacén de ramos generales frente a la plaza, lo que contribuyó en gran manera a que ella se vinculara rápidamente con la gente del lugar y conociera de primera mano todos los acontecimientos locales, integrándose totalmente a pesar de venir de Montevideo.
Durante los años escolares participaba activamente en actividades escolares y luego liceales (festivales, obras de teatro y danza), y sociales organizadas por la comunidad. Siempre manifestó un interés profundo por la literatura, la música y la pintura. Tanto en su casa, como en la de sus tíos siempre estuvo rodeada de un ambiente musical. Su padre fue violinista de la Orquesta del SODRE cuando tenía apenas 11 años, y aunque no continuó tocando, la inclinación por la música estuvo siempre presente en la casa, sonaban pianos durante casi todo el día, con una tía concertista y otra profesora. Inevitable que ella también lo estudiara, y hasta sus últimos años dedicaba algunas tardes a tocar su querido piano. Siempre fue una apasionada de la música en general, pero especialmente de la clásica y de la ópera, que escuchaba con frecuencia.
Durante su adolescencia también estudió dibujo y pintura durante algunos años. Siempre recordaba con orgullo y entusiasmo cuando la escuela de la que fue alumna le encargó una serie de murales para cada clase, que ilustraban los cuentos infantiles más conocidos, al igual que diferentes mapas para cada salón de clase.
Sus vacaciones de invierno y verano transcurrían en Montevideo, con sus padres y hermano menor.
Y aunque de algún modo para ella eso tenía algo de novedoso, no dejaba de extrañar a su abuela y tíos, sus amigos y su entorno en su pueblo querido. En algún momento de su adolescencia, llegó a cursar algún año de liceo en Montevideo, que abandonó debido a huelgas estudiantiles iniciadas a mitad de año. Pero retomó los estudios de nuevo en Batlle hasta culminar el liceo.
A los 17 años, sus padres resolvieron que volviera a Montevideo, y regresó, pero nunca sintió que Montevideo fuera su lugar. A pesar de no haber culminado sus estudios con alguna carrera universitaria (sí varios oficios e idiomas inglés y francés), siempre fue una ávida lectora, de cualquier tema, literatura, poesía, historia, filosofía, ciencias… Además de noticias y temas de actualidad. Y esto básicamente por su gran curiosidad y ansias de aprender y estar informada, algo que supo transmitirnos a nosotros sus hijos, que aunque uno tiene un perfil netamente científico y la otra totalmente humanístico, siempre encontró la forma de compartir profundas charlas y debates con cada uno a lo largo de los años desde muy temprano en nuestras vidas.
Empezó a escribir desde su adolescencia. Poemas mayormente, aunque también algunos cuentos. Un poco de timidez, pero seguramente también el ser demasiado estricta al juzgar su capacidad literaria hicieron que pocas cosas escritas en esa primera etapa sobrevivieran hasta hoy, apenas unos borradores. A fines de sus 20 años y mediados de sus 30 comenzó a escribir -a mano- una novela que llegó a una etapa bastante avanzada, ocupando varios cuadernos. Sin embargo, ésta no vio la luz, porque ella consideró que quizá no era de tanto valor como creía. De hecho, yo llegué a saber de eso casi al final de sus años. Y más allá de haber visto esos cuadernos en algún momento de mi niñez, no sé qué fue de ellos.
A sus 50 años, mamá cuidaba a Maximiliano, el niño de unos vecinos mientras sus padres trabajaban.
Desde los 4 a los 9 años, todas las tardes, a la hora de la siesta, siempre le leía cuentos, revistas de chistes que habían quedado en casa del tiempo en que mi hermano y yo éramos chicos. Y eso era motivo de curiosidad para él. Casi como si fueran algo de interés arqueológico. Y compartir ese rato era muy especial para ellos, que resultaban ser muy “compinches”, como les gustaba decir, si se trataba de treparse a los árboles, correr carreras, hacer experimentos caseros, o cualquier otra travesura.
Poco a poco, a medida que se agotaban los libros de cuentos, la lectura empezó a ser sustituida por los relatos verdaderos de la infancia de mamá, llenos de detalles que para Maxi resultaban no cosas de otros tiempos, sino cosas de otro mundo. Jugar en las calles o la plaza del pueblo, casi sin supervisión adulta, porque ese entorno no incluía los peligros actuales, relatos de cabalgatas, de escaparse a buscar renacuajos a la cantera, con las consecuencias de haber desaparecido sin avisar, la aventura de organizar “el día del kilo” para el comedor escolar y salir en grupos -en horario de clase, que era la mejor parte, porque era como “faltar”-, yendo de casa en casa a pedir colaboración a los vecinos. Las tardes de matiné o los bailes infantiles o de Carnaval en el Club Concordia y tantos otros relatos verdaderos que hacían que Maxi se lamentara: “¡Ay, abuela! ¿Por qué nosotros no fuimos chicos juntos? ¡Lo que nos habríamos divertido! Fuáaa… ¡habríamos vivido en penitencia!”. Y los mismos relatos se repetían -a pedido de la audiencia- una y otra tarde, porque cada vez que se contaban aparecía algún recuerdo, algún dato, que se había pasado por alto en la versión anterior y suscitaba un “¡Ah, pero eso no me lo habías dicho antes!” Yo también crecí escuchando el relato de esas mismas vivencias, con la diferencia de que yo también iba a Batlle en vacaciones y tenía la referencia de lugares, situaciones y algunas personas y podía armarme mejor la película. Pero el transcurso del tiempo, inexorablemente, iba a erosionar esos recuerdos, los detalles y pormenores, no sólo de esas historias, sino de otra época.
Por ese motivo, y mientras formaba parte de un taller literario, ella misma tomó la iniciativa de empezar a poner por escrito esos relatos en un formato diferente: historias aparentemente infantiles que terminan en una visión y análisis adulto de esos mismos momentos, lo que les da otra perspectiva, otra lectura de esos recuerdos. En esos cuentos se mezclan hechos verídicos con alguna cuota de ficción literaria y algunos nombres cambiados, pero mantienen toda la esencia de las vivencias infantiles y la semblanza de muchos personajes reales, siempre con la plaza como centro y en su entorno, esos niños que ella denomina “gorriones de la plaza”, ruidosos, alegres, frágiles, y siempre juntos, venga lo que venga.
Los cuentos fueron acumulándose uno tras otro, sin intención alguna, sin orden, sin el propósito de ser publicados. Hasta que un día, en una conversación telefónica con Eduardo Galeano, él le sugirió tomar al menos uno de esos cuentos y darlos a leer a por lo menos tres personas de confianza y con perfiles lo más diferentes posibles, para recoger opiniones igualmente disímiles. Èl mismo lamentó no poder leerlos por estar saliendo en esos días a una gira de promoción de una de sus obras. Lo hizo. Las opiniones, aunque variadas, coincidían en que el relato era excelente y debería escribir otros, sin saber que ya había otros escritos. Desde el comienzo de la lectura, decían todos, no habían podido dejar de leer, a pesar de la hora, hasta el final del cuento. Todos habían reído, llorado, sentido el suspenso y la emoción y querían más.
Pasado un tiempo, ya a sus 73 años, un poco empujada por tener dos hijos en ese momento viviendo en el exterior, mamá empezó a incursionar en el uso de la informática: el correo electrónico, las
video-llamadas, los chats... Eso no sólo la impulsó a seguir escribiendo y empezar a dibujar en programas básicos de diseño digital. Desde su laptop empezó a comunicarse regularmente por Facebook, chat y diversos foros con varias personas, en su mayoría vinculadas a la literatura, poesía y fotografía, de aquí y del exterior. Entre ellos, un escritor catalán con quien comparten el apellido Tibau (Jesús Tibau) y que es a quien mamá le encomendó la redacción de la solapa del libro. En esas incursiones informáticas, y siempre tendiendo lazos con su querido pueblo, dio con un blog NicoBatlle, Rinconcito de Uruguay https://nicobatlle2.wordpress.com/author/nicobatllense/, de la profesora Cristina Campelo https://nicobatlle2.wordpress.com/author/nicobatllense/, cuyo padre mi madre había conocido en su adolescencia, cuando vivía allá.
En un intercambio de mensajes sobre notas del blog, mamá mencionó tener escritos, aunque no publicados, varios cuentos inspirados en su infancia en Batlle. Cristina la instó a publicarlo y presentarlo en el marco de las actividades de los 130 años de la fundación de José Batlle y Ordóñez.
La idea la entusiasmó, pero las editoriales ofrecían acuerdos muy desproporcionados para una escritora sin el antecedente de obras ya publicadas, tirajes muy grandes y beneficios económicos insignificantes. El proyecto parecía irrealizable. Sin embargo, como durante varios meses había estado publicando cuentos en ese blog a pedido de Cristina, cuentos que no están incluidos en el libro, pero sí vinculados a su pueblo, y la aceptación y comentarios habían sido alentadores, resolvió hacer una inversión personal y editar el libro por su cuenta, con un tiraje de 100 ejemplares. Siendo yo diseñadora gráfica con experiencia editorial, me pidió que me encargara del diseño de portada y diagramación.
“Gorriones de la Plaza” se editó en diciembre de 2013 y su lanzamiento se realizó el sábado 10 de mayo de 2014 en la Casa de la Cultura de José Batlle y Ordóñez, como estaba acordado, en el marco de las actividades conmemorativas de los 130 años de su fundación.
Llegado el momento de presentar el libro, mamá cayó en la cuenta de que lo más probable era que, ese pueblo, cuyo recuerdo había guardado durante tantos años, ya no fuera el mismo. ¡Habían pasado demasiados años! Y quería preservar esa imagen, ese recuerdo. Y no se animó a volver.
Me pidió que, en su nombre, realizara la presentación. Que leyera una carta suya a los presentes, junto con la grabación de la lectura de un fragmento del libro a cargo de un locutor profesional.
Me llenó el corazón ver cuánta gente la recordaba aún, y cuántos de ellos habían sido algunos de esos
“gorriones de la plaza” de los que ella hablaba, compañeros de travesuras y experiencias de vida, que se reconocían a sí mismos y a otros en cada cuento.
Esto la llevó a retomar contacto por redes con algunos de sus conocidos, abrir su propio blog (cerrado luego de su fallecimiento) e incluso a realizar una edición limitada traducida al griego que se publicó en Atenas en 2017.
Hasta el final de sus días, este libro fue una de sus mayores alegrías y el reflejo de su amor por el lugar donde vivió su infancia y muchos de los mejores años de su vida.
Además de “Gorriones de la plaza”, existe otro libro de su autoría, esta vez de poemas no relacionados con esta temática, registrado pero inédito, con el nombre de “La Vida al Viento”.
Mi madre falleció el 18 de julio de 2025, poco antes de cumplir 90 años.
Lic. Irupé Alzogaray Hernández