En tiempos de Inteligencia Artificial, de conexiones que aíslan, el prestigioso artista Gonzalo Moreira propone a través de sus canciones y de cómo decidió componerlas, volver al mano a mano, al reencuentro, como forma de plantar bandera al avasallamiento de los avances tecnológicos. Sus maestros, sus referentes, su trayectoria, la época de Canciones para no dormir la siesta y la huella de Rumbo, algunos de los temas abordados junto al músico, compositor y productor musical.
Gonzalo Moreira nació en Montevideo, el 26 de marzo de 1955. Estudió guitarra con Olga Pierri, batería con Gustavo Etchenique y Sergio Faluótico, armonía con Esteban Klisich y percusión con Nicolás Arnicho.
Empezó su carrera musical en los años ’70, tocando en televisión con su hermana Leticia. Desde el año 1975 formó parte de «Canciones para no dormir la siesta», grupo musical para niños que revolucionó la música infantil, con ocho discos editados, hasta el año 1990. Desde el año 1979, y hasta 1985, formó parte del grupo «Rumbo», de gran importancia en la música popular uruguaya.
Desde 1979 a 1981 formó parte de la banda de Jaime Roos. También participó como arreglador del disco del grupo «Contraviento», en 1979. Fundador y director de «La Mayor», productora de audio pionera en Uruguay, que trabaja para publicidad, cine y música. En los estudios de La Mayor produjo su primer disco solista, llamado «Resumiendo», que contiene canciones de su autoría, de toda su carrera. La banda que participa en el disco está formada por sus cinco hijos (Federico, Soledad, Valentina, Guillermina y Joaquin), más los músicos Guzmán Mendaro (yerno de Moreira), Nacho Mateu y Gabriel Estrada.
Ayer sábado, con Florencia Menchaca como artista invitada, Gonzalo Moreira compartió parte de su repertorio con el público minuano en el Centro Cultural Casa Lorca.
¿Cómo se explica que, en un país como el nuestro, con su dimensión y su población, históricamente surjan talentos musicales de tanta calidad?
Por lo chiquito que somos, tenemos esa grandeza y esa lucidez, lo que nos da nuestro lugar, que es un lugar tranquilo, con buena onda, y donde tenemos muchos talentos que se han alimentado unos a otros. Ha habido mucha generosidad en los músicos uruguayos en cuanto a transmitir sus conocimientos. Siempre fue así. Por ejemplo, el Negro Rada, que acaba de irse, tuvo una gran generosidad con su obra y con compartir sus conocimientos o su manera de hacer las cosas. Siento que mi música, la que yo compongo, contiene mucho del Negro Rada, de Alfredo Zitarrosa, de Los Beatles, mucho de muchas cosas. Somos muy buenos mamando la esencia de la música del mundo. Ahora la historia cambió un poco, está atomizada. Internet y las redes sociales hacen que toda la música del mundo esté en todos lados, lo que determina que sea imposible de abarcar. En la época en la cual arranqué con esto, nos comprábamos un disco de Los Beatles por mes. En Uruguay tenemos esas ganas y esa expertise para sacar jugo a lo que venga, porque somos poquitos y el país es chiquito. Ocurre en el arte y también en el fútbol. Tenemos que exprimir al máximo todas esas condiciones con las que contamos. Ojalá siga siendo de ese modo.
Hablando de generosidad, tuviste grandes maestros en tus inicios.
Tuve la suerte de conocer a muchos, a todos. Conocí a Alfredo Zitarrosa, Jaime Roos es amigo, empezamos juntos prácticamente, toqué en su banda como tres años, hemos tocado mil veces y hemos hecho miles de cosas juntos, Daniel Viglietti, los compañeros con quienes toqué, Mauricio Ubal, Laura Canoura, a quienes voy a tener invitados este jueves (pasado) en Sala Zitarrosa, donde voy a tocar, haciendo un par de temas de esa época, donde también van a estar Hugo Fattoruso, Guzmán Mendaro, que es mi yerno y es el guitarrista de Hereford. He tenido el privilegio de estar rodeado siempre de grandes, del Corto Buscaglia, de Nancy Guguich, en el caso de Canciones.., y he aprendido de ellos, del Flaco Castro, del Flaco Invernizzi, grandes letristas de Uruguay que me han aportado letras para yo componer, porque tengo muchas canciones junto con ellos, el Flaco Denevi, quien me enseñó teatro. Tuve el privilegio de conocerlos y han sido siempre generosos en cuanto a compartir su conocimiento y la onda. Fattoruso no para de hacer, por lo que pensé que no iba a poder tocar conmigo en esta ocasión, pero se hizo un espacio, vino y toca el jueves. Esas cosas pasan en Uruguay. Es difícil que pasen en otros lugares. Esa generosidad es difícil de encontrar. En Uruguay la tenemos y nos diferencia.
¿Cómo era ser artista en la década del ‘70, sobre todo a partir de 1973, del golpe de Estado?
Era complicado, pero tenía esa cosa clara de hacia dónde queríamos ir. ¿Qué hacemos? ¿Cómo hacemos para cantar y que no nos prohibieran, que no nos sacaran? ¿Cómo hacemos esa manera de escribir y de esconder las ideas? Fue, en cierto modo, también muy divertida. Siempre apostamos a la alegría, a la esperanza, a la apertura a partir de la música y considero que pusimos nuestro granito de arena para que la gente pasara un poquito mejor en aquellas épocas tan oscuras. Era complicado ser músico, vivir de la música era muy complicado, realmente difícil. Si bien nuestros grupos eran exitosos, no teníamos un mango, es la pura verdad. Era difícil hacer plata, hacer algún dinerillo. De algún modo, tengo buenos recuerdos de aquella época porque, a pesar de todo, fue prolífera y creativa, de juntarnos todos hacia un mismo lugar, un lugar de apertura, de luz, de alegría, contra una oscuridad que estaba ahí, difícil de vencer, pero al final de cuentas lo logramos. No solo con la música, por supuesto, cada uno puso su granito de arena. Como te decía, aquella época fue complicada, difícil y a la vez, prolífera. La recuerdo con cariño.
En 1975 irrumpió Canciones para no dormir la siesta, en principio un espectáculo para niños que tomó posicionamiento ante lo que ocurría en el país por aquellos años.
El grupo nació como una obra de teatro para niños que tenía canciones para niños y para adultos, porque considero que el niño es tan o más exigente que el adulto. Abolimos aquello de que el nene no entiende. Al niño lo abordamos con gran respeto. Entendieron y se unieron a nosotros de una manera muy especial, espectacular. Tengo una onda con los niños que me encanta, me encantó tocar para niños, ver sus reacciones. Aprendimos mucho de ellos y debemos aprender mucho más de los niños, de los animales, de la inocencia, porque la hemos perdido bastante, esa cosa inocente, divertida y amorosa a las cuales les sigo cantando.
¿Cuántos problemas les trajo la canción Al botón de la botonera en aquel contexto?
Sinceramente, muy pocos, porque estábamos en el final de la dictadura cuando nació la canción, en 1983, más allá de que quedaban resabios de lo peor de ese período. Nunca la prohibieron, aunque hacían cosas raras. Tal vez no la entendieron, o sí, pero se hicieron los idiotas. Pero hacían cosas raras. En una actuación en el Platense, dejaban tocar al Corto Buscaglia, pero solo abajo del escenario. No podía subir, no podía aparecer, se escuchaba la voz y lo que tocaba, pero él no podía aparecer. La gente entendía el toque y lo que estaba pasando, por lo que era mucho más divertido para nosotros, nos potenciaban. Con Rumbo, en una ocasión tocamos en el Florencio Sánchez, en el Cerro. Llegaron los muchachos a controlar y decidieron que Carlitos Vicente podía tocar, pero no hablar ni cantar. Entonces le hablábamos y le preguntábamos ¿por qué no hablas vos? y enseguida se armaba relajo, porque la gente comprendía todo lo que estaba pasando. Eran torpezas que hacían para molestar, para marcar presencia. Esa era la idea: ‘Acá estamos nosotros, así que cuidadito’. Pero bueno… allá ellos y acá nosotros.
Rumbo es todo un capítulo insoslayable...
Ni qué hablar. Ayer (por el lunes) estuvimos con Laurita (Canoura) y con Mauricio (Ubal) tocando en el ensayo e increíblemente hicimos cuatro temas de Rumbo, uno yo con Laura, otro con Ubal y después los tres juntos tocamos uno. Los hacemos una sola vez, porque salen como si no nos hubiéramos dejado ver nunca, una cosa tan impregnada, la música, que nos salió tan del alma, porque es realmente emocionante que 50 años después estemos cantando esas canciones tan queridas y tan amorosas y que salieron de maravilla, con las experiencias que tenemos cada uno por separado, pero nos juntamos como si nos hubiéramos visto ayer. Es increíble. Me fui del ensayo con un bienestar y con una emoción divina.
También compartiste escenarios y proyectos artísticos con el músico minuano Gabriel Estrada.
Gabriel es como mi hermano. Gran arreglador, en mi disco también, en el disco que hice últimamente, que se llama Resumiendo y que presenté en el Sodre. Allí él tocó los teclados, Guzmán Mendaro la guitarra y estuvieron mis cinco hijos en la presentación. Gabriel Estrada es una luz que sigue iluminando el camino, como siempre. Ahora compuso cuatro temas que voy a estrenar en Minas. Uno se llama La segunda copa, que da nombre a la gira y al show. Seguimos trabajando juntos. Hace 30 que trabajamos juntos. Él trabajó conmigo en La Mayor, en muchos de los jingles y de las canciones que escuchan al aire. En todos ellos está la mano de Gabriel Estrada. Gran músico uruguayo, excelente, de los salados y a quien no le importa sobresalir. A él le gusta estar. Y siempre está. La mano de Gabriel está en todo lo que yo he hecho y se lo agradezco infinitamente. Minas ha aportado muchos buenos músicos y Gabriel Estrada es uno de ellos, espectacular.
Incursionando en tu faceta como productor y publicista, ¿cómo comunicar un mensaje efectivo en tiempos de tal inmediatez en los que cuesta captar la atención?
Creo que nadie sabe muy bien cómo es porque todo está atomizado. Ahora un canal de televisión, no se sabe si es un streaming, un streaming es una radio, es un canal de televisión. La definición de lo que antes era televisión abierta y radio se acabó. Ahora la radio es un poco streaming, casi todas las radios tienen streaming. O sea, lo puedes ver y escuchar. Y entonces se ha atomizado tanto y hay tanta cosa para ver… Entras a los streamings y ahí todas las radios se han transformado en una especie de pequeños canales de televisión. Se hace complicado imponer algo, que un artista sobresalga ahora en el mar enorme de cosas que hay para escuchar. No creo que ahora surgieran unos Beatles, o unos Rolling, o unos Creedence Clearwater Revival. No creo que ahora sucediera un hecho así. Ese tipo de revolución es porque se ha atomizado tanto y de tantas maneras que todo el mundo escucha todo, de todos lados. Hay tanta cosa que es imposible elegir. Cuando uno mira lo que hay en los canales, en las aplicaciones de Netflix, hay millones y millones de cosas y muchas de ellas de baja calidad. Entonces, lo que yo creo que va a ir quedando es lo que voy a ir a hacer a Minas este sábado (ayer). Tocar en vivo y con la gente al lado, a un metro de distancia, con la guitarra y la voz, con las canciones tal cual fueron compuestas. De la manera que las compuse, las voy a tocar. Esa es la esperanza que tengo, que eso siga funcionando, lo humano, que es lo que está faltando. Porque todo es mucha maquinaria por todos lados y el contacto humano es lo que va a valer y confío en que siga de ese modo, que no nos gane el hecho de quedarnos en casa mirando el streaming o escuchando música, sino que lo humano sea lo más importante. Ahora hay una ola muy grande, muy fuerte de todo esto que estoy hablando, pero creo que va a pasar y vamos a volver a la necesidad de comunicación directa, vos y yo, acá, al ladito. Estoy esperanzado en que eso sucederá y creo que va a suceder. Voy a trabajar para que pase.