Querido flaco, ya hace un año que te fuiste. El otro día una amiga en común, Verónica, me lo recordaba. Hace un año que te fuiste y que dejaste un agujero grande en el corazón de muchos que te queríamos. Me corrijo: que te queremos.
“El Flaco” Miguel Barrios logró con su bondad y don de gentes meterse en el corazón de las personas. Y, cuando no está, su ausencia es notoria. Y esos amigos tuyos nos encontramos y nos sorprendemos diciéndonos que nos hemos acordado de él, de alguna de sus ocurrencias.
Yo fui uno de los privilegiados que pude conocerte ya desde la niñez.
Estaba en el liceo, en 4º o 5º año, y la profesora de Dibujo me avisó que me iría seguramente a examen. Era malo para dibujar, sobre todo en el dibujo “al natural”. Me faltaba talento. Y me faltaba la disciplina para aprender a hacer como la gente las proyecciones, las acuarelas y los demás dibujos “más técnicos”. Y apareció el flaco, para ayudarme como ayudó, a lo largo de su vida, a una infinidad de personas. En menos de una semana, con una paciencia infinita, me enseñó cómo hacer las proyecciones que me faltaban y a pintar con acuarelas. Entregué la carpeta de fin de año y salvé Dibujo gracias a su ayuda.
En la década de 1970, cuando oir hablar en Minas de decoración de interiores o de diseño arquitectónico era para un adolescente casi como escuchar hablar de marcianos, el Flaco conseguía, vaya uno a saber dónde, revistas de Arquitectura y Diseño. Aprendí que existía un Frank Lloyd Wright y su “Casa de la cascada” o Le Corbusier u Oscar Niemeyer gracias a él, que me enseñó a además a apreciar esas obras magníficas. Ese amor por la arquitectura y el diseño que me transmitió hizo que mi primera vocación fuese la de arquitecto. Terminé en cualquier otro lado, pero fue la primera vocación.
Con el tiempo, a fuerza de talento y disciplina, el Flaco se transformó en un diseñador de interiores destacado en el país y supo trabajar muchos años en Minas, en Montevideo, en Punta del Este, en buena parte del país. Como diseñador y como arquitecto sin título, capaz de diseñar viviendas y otros edificios hermosos y funcionales.
Miguel fue “el tío” de infinidad de niños, a lo largo de toda su vida adulta. Siempre tuvo una inigualable capacidad para establecer vínculos cálidos, divertidos y llenos de amor con muchos niños y niñas que a lo largo de los años lo llamaron “tío”, que crecieron y siguieron llamándolo “tío” y que, ya adultos, llegaban a su casa de visita, con sus propios hijos.
Tenía la bendita costumbre de tocar timbre cuando pasaba por casa al hacer algún mandado. Y se quedaba un rato conversando, preguntando por mis gurises, por mis hermanas, por mis sueños, por mi trabajo. Siempre aportando ideas novedosas, soluciones. Y discutiendo, porque le encantaba discutir y le encantaba hacerme enojar discutiendo sobre política. Él disfrutaba como un cosaco cuando “me hacía entrar”, y yo terminé disfrutando que lo hiciera.
Por muchos años me hizo conocer música y músicos de todas partes del mundo. Aún conservo una infinidad de pistas de audio, con cientos de canciones y piezas musicales de todo el mundo que me regaló.
Uno de los motivos de discusión casi permanente que tuvimos en los últimos años tenía que ver con su amor hacia Irlanda y Escocia. Cuando nos veíamos solía compartir música, videos e información de esos países que admiraba y que sólo le faltaba conocer personalmente, porque hasta tenía ya la lista de pubs a visitar en Dublín. Y yo le decía que se dejara de “romer los h...” hablando de Irlanda y Escocia y que hiciera el viaje de una buena vez, que se lo merecía y que la vida es corta.
Cuando te fuiste hace un año me encontré con tu hermano en el velorio. Hacía muchos años que no lo veía. Y entonces me enteré de que estaban planificando para hacer, juntos, un viaje a Escocia, quizá a fin de año.
Qué tristeza, querido Flaco, que te hayas ido tan pronto. Por otro lado, qué felicidad que hasta el último día estuvieses planificando, junto a gente querida, la concreción de tus sueños.
Te fuiste dejando al mundo mejor de lo que lo encontraste. Y para muchos, muchos, parece incluso que ni te hayas ido, porque seguís presente en nuestras vidas.
Raúl Vernengo