En el año 2017 se estrenaron los primeros episodios de la mundialmente célebre serie televisiva “El cuento de la criada”, basada en el libro del mismo nombre del año 1985 de la escritora canadiense Margaret Atwood. A raíz del éxito de la serie se hicieron seis temporadas y la serie está aún disponible en diversas plataformas como Netflix y otras.
La base del argumento de la serie es relativamente simple: a raíz de un conjunto de circunstancias catastróficas en la que la contaminación del ambiente juega un rol central, la fertilidad de las mujeres cae en picada en pocos años y la humanidad, o al menos la parte de la humanidad que vive en lo que es actualmente Estados Unidos, corre peligro de extinción. En este contexto se da una guerra civil en la que resulta al menos parcialmente triunfante un régimen autoritario que crea un Estado llamado “Gilead” en la que gobiernan “los comandantes” y donde las pocas mujeres fértiles que hay, muy escasas, son obligadas a funcionar como materia prima para parir nuevos niños. Son esclavas sexuales violadas regularmente por “los comandantes”, en cuyas casas viven, junto a “las esposas”, que participan del sistema aunque también son víctimas de violencia y control extremo. “Las esposas” deben ser amas de casa, ayudadas por otras esclavas domésticas, no tienen derecho a trabajar fuera de casa y ni siquiera pueden aprender a leer. Los castigos por la desobediencia para las mujeres en general incluyen mutilaciones (corte de dedos, manos u otra parte del cuerpo) pero los maltratos son extremos entre las esclavas -domésticas, sexuales, en granjas, etc.- y por supuesto la pena de muerte se aplica de manera rutinaria. Se trata de un mundo, el de Gilead, liderado por hombres sádicos con una lectura literal de partes de la Biblia que parecen justificar el maltrato de las mujeres y la ausencia de derechos.
Qué mundo distópico, ¿no?
Bueno, no tanto.
En Estados Unidos (EE.UU) está en auge el movimiento “household voting” o “voto hogareño”, parte de un movimiento ultraconservador más amplio que busca prohibir el voto de las mujeres en ese país. Lo que buscan es que haya “un voto por hogar”, que sea ejercido por “el jefe de familia”.
Sectores religiosos -muchos de ellos ligados a corrientes cristianas neoevangélicas ultraconservadoras- impulsan una campaña con el lema “Repeal the 19th” (“Revocar la 19ª”) con el objetivo de eliminar la 19ª enmienda de la Constitución de EE.UU., la que justamente garantiza el voto femenino.
Esto está ligado también a un espacio repleto de personajes misóginos, conservadores y de extrema derecha en el que incluso participan mujeres: hay muchas de ellas ligadas al movimiento “tradwives” (“esposas tradicionales”), que exaltan una vida para las mujeres dedicada exclusivamente a tareas domésticas y al cuidado de la familia, en la que la mayor parte de las decisiones importantes son tomadas por los hombres, los que además tienen el poder económico. Hay incluso muchas “influencers” de redes sociales, muy populares, que promueven este tipo de rol entre las mujeres.
En el año 2022 la Corte Suprema de EE.UU. anuló el fallo Roe vs. Wade de 1973 y de hecho el derecho al aborto de las mujeres en EE.UU.
Ahora el Congreso de EE.UU. está discutiendo el “Save America Act”, un proyecto de Donald Trump que busca exigir que, para ejercer el derecho al voto, los datos del documento de identidad deban corresponder con el acta de nacimiento. Con este proyecto el gobierno de Donald Trump busca limitar y de ser posible eliminar el voto de muchos inmigrantes, pero al mismo tiempo esto impediría votar a muchas mujeres: en EE.UU. continúa siendo común que las mujeres utilicen, de adultas el apellido de sus esposos, incluso en sus documentos, por lo que estos no coinciden con los apellidos de sus actas de nacimiento.
No pocos creen que ese movimiento se da a raíz de un fenómeno que existe a nivel mundial: por razones que muchos intentan averiguar, las mujeres suelen ser más proclives a votar por candidatos que promuevan la defensa de los derechos de las personas y las libertades individuales, en comparación con los hombres. En pocas palabras: los hombres son mucho más proclives a votar por partidos conservadores y de derecha, respecto a las mujeres.
Sea por estas u otras razones, en este mundo de maldad insolente en el que los inmorales nos han igualado, se impulsa que las mujeres ya no puedan votar.
Y todos tan campantes.
(Nota de Redacción: Una distopía es una sociedad ficticia e indeseable donde las personas viven con miedo, opresión y deshumanización. Es el antónimo exacto de la utopía, “un mundo ideal”, caracterizándose por gobiernos tiránicos, control extremo y pérdida de la libertad)