¿Qué tienen en común Lesoto, Guyana, Eswatini, Corea del Sur, Kiribati, Micronesia y Surinam? Pues que tienen el triste privilegio de ser los únicos países del mundo, entre casi 200 naciones en todo el planeta, que tienen tasas de suicidio mayores que la de Uruguay.

Sí. Tenemos el triste privilegio de ser el octavo país del mundo con la tasa más alta de suicidios, 24,8 por cada cien mil habitantes.

Eswatini (antes Suazilandia, al sur de África y vecina de Sudáfrica y Mozambique) es una nación con poco más de 1.2 millones de habitantes y casi 80% de población rural. Es muy pobre y está gobernada por una monarquía absoluta. Es considerado un país “no libre”, con 40% de desocupación laboral y 80% de la población obligada a vivir con menos de $ 400 diarios. 63% de la población vive por debajo del nivel de pobreza y unos diez mil empresarios se quedan con la mayor parte de la riqueza generada en la actividad agrícola. Los partidos políticos están prohibidos y las fuerzas de seguridad (el rey es ministro de Defensa y controla a la Policía) cometen habitualmente asesinatos políticos y matanzas colectivas mientras abundan las denuncias de torturas y maltrato de ciudadanos del país. El 30% de la población padece de VIH-Sida (¡¡¡el 30%!!!) y en parte por esa causa, la esperanza de vida es muy baja, de sólo 50 años. El sistema de salud es extremadamente precario y su lucha contra el Sida depende casi completamente de la ayuda internacional.

¡¡¡Y Uruguay, que aspira a ingresar al Primer Mundo, tiene una tasa de suicidios comparable con la de Eswatini!!!

Kiribati es un archipiélago en el centro del Océano Pacífico formado por 33 atolones coralinos y poco más de cien mil habitantes. En Desarrollo Humano ocupa el puesto 140º entre 195 países y sus habitantes se dedican sobre todo a la pesca. Las islas están en promedio a sólo tres metros del nivel del mar y ya se sabe que con el cambio climático este pequeño país sería el primero en desaparecer por el aumento del nivel de los océanos. No es broma: entre los años 2003 y 2016, el presidente de entonces de Kiribati, Anote Tong, hizo una gira por muchos países buscando una nación que acogiera a toda la población, porque su país va camino a la desaparición, quizá en unas pocas décadas. Sólo Nueva Zelanda les respondió positivamente.

¡¡Y este país con riesgo cierto de desaparición tiene una tasa de suicidios comparable con la de Uruguay, el vergel bendecido por la naturaleza con sus ríos, praderas, cerros y bellezas naturales!!

Es claro que estas referencias a Kiribati y Micronesia tienen algo de sarcástico. Igualmente, estar tan arriba en este tristísimo ranking (octavos en el mundo, entre 195 naciones) debería causarnos más que alarma y, sobre todo, llevar al desarrollo de políticas de Estado, más allá de los partidos que estén en el gobierno. Se nos va literalmente la vida en este asunto.

Vivimos en una emergencia de salud mental, con tasas de depresión y suicidio altísimas para los estándares y promedios internacionales.

El fácil acceso a terapias psicológicas y psiquiátricas y a medicamentos debería ser la norma. Pero no lo es. Las listas de espera para consultas psicológicas y psiquiátricas supera a veces las decenas de miles de personas, cuando existe en realidad urgencia en buena parte de esas personas que, para empezar, dieron un paso gigante para mejorar, que es buscar ayuda profesional.

Hace pocos días tuvimos la hermosa novedad de que Minas contará con centro de salud mental, que tendrá apoyo económico y en recursos humanos tanto de la Intendencia de Lavalleja como del gobierno nacional. Pero no alcanza con eso.

Nuestro sistema de salud -tanto público como privado- debería tener muchos más psiquiatras y psicólogos disponibles, porque para la mayoría de los pacientes acceder a terapias privadas es completamente prohibitivo.

Debería existir un gran esfuerzo en comunicación por parte de las autoridades sanitarias para combatir prejuicios sobre las enfermedades mentales y el suicidio. Todavía campea la cultura de que la salud mental no importa mucho: “no es nada grave” y “ya te mejorarás de esa tristeza”, “no jodas y ponete a estudiar/trabajar”, “tenés que ser fuerte y salir pa’delante”. Este último prejuicio es de los más usuales y crueles: ya está demostrado de sobra que de la depresión muy difícilmente se pueda salir sólo. Necesitamos tratamientos y ayuda profesional, redes sociales (no las de internet, por favor) y familiares que nos contengan y apoyen.

Los uruguayos somos pocos, nuestra tasa de natalidad es bajísima y a los uruguayos que tenemos no los estamos cuidando como es necesario. Urgentemente necesario.