Desde tiempos remotos, el ser humano ha intentado explicar lo que no comprende a través de relatos. Así nacieron los mitos, las leyendas y las supersticiones. El problema no es su origen cultural, sino cuando esas creencias dejan de ser símbolos y pasan a justificar acciones concretas que dañan la vida silvestre, la flora y el equilibrio natural.
En ámbitos rurales y urbanos persisten ideas profundamente arraigadas que cargan culpas sobre seres vivos inocentes.
La lechuza, injustamente señalada como presagio de muerte; el benteveo, acusado de anunciar desgracias por su canto; plantas como el potus, vinculadas sin fundamento a enfermedades o “malas energías”.
No hay evidencia ni lógica: hay miedo repetido hasta transformarse en verdad aceptada.
Uno de los casos más graves y silenciosos es el del zorro. Se lo acusa casi automáticamente de matar ovejas, cuando en numerosos casos los daños son causados por perros sueltos, malas prácticas ganaderas o simples descuidos humanos. Sin embargo, el mito resulta funcional. El hombre mata al zorro por codicia o por venganza, porque la pérdida que atribuye suele ser económica.
Ese relato habilita la caza, justifica el comercio de sus pieles y empuja a la especie hacia una peligrosa vulnerabilidad. No se mata por necesidad: se mata por interés.
La contradicción se vuelve brutal cuando se observa que, mientras se extermina a un animal silvestre por “peligroso”, el propio ser humano crea razas de canes a imagen y semejanza de su violencia. Cruza perros para atacar, para matar por él, para hacer lo que no se anima a asumir.
Luego, esos mismos animales —producto directo de esa ingeniería de la agresión— protagonizan tragedias: mordeduras fatales, ataques a niños, a adultos mayores, a sus propios dueños. El zorro muere por instinto; el perro mata por diseño. Y aun así, el señalado sigue siendo el primero.
La paradoja es obscena. El hombre crea demonios para justificar su miedo y, al mismo tiempo, fabrica “curas” para tranquilizar su conciencia. Coloca una ruda detrás de la puerta para espantar una maldad imaginada, cuelga amuletos, repite rituales. No para entender el mundo, sino para no hacerse cargo de él. La naturaleza queda atrapada entre dos violencias: ser acusada o ser usada.
Ni la lechuza trae la muerte. Ni el zorro es un asesino. Ni una planta protege de lo que no existe. Lo que sí existe es una cultura que necesita culpables externos para no mirarse al espejo.
La verdadera amenaza no vuela, no aúlla ni crece en una maceta. Camina erguida, mata con excusas y llama tradición a su propia cobardía.
Mientras sigamos exterminando especies para sostener relatos cómodos, el problema no será la fauna ni la flora: el problema somos nosotros. Y ninguna superstición nos va a absolver.
Gerardo Peña Hernández (Integrante del Grupo Ecológico Arequita (G.E.A.)
Fundado por Néstor Peña Trigo