Es un clásico del periodismo en muchas partes del país y del mundo, el concepto de “la otra campana”.
Muchos periodistas de Lavalleja utilizan y se rigen por este concepto: cuando sucede algo en el que puede haber dos versiones, a menudo contrapuestas, contradictorias o literalmente excluyentes, es prácticamente obligatorio “consultar las dos campanas” y darles el mismo espacio y relevancia.
Si hay una trifulca con dos contendientes heridos, “consultamos las dos campanas”, hablamos con ambos púgiles o peleadores, y transcribimos, sin control o cuestionamiento alguno, lo que dice cada uno. Y que el lector elija qué creer. ¿Acaso uno de los contendientes atacó por la espalda al otro, lo tiró al piso y lo pateó, y su herida se originó en un tropiezo que tuvo luego y se golpeó contra la vereda? ¿Y sin embargo dice que quien quedó en el suelo lo atacó y él se defendió? ¡Tenemos la solución mágica, publicamos las dos versiones! ¿Y qué pasó en realidad? ¿Hay alguno de los dos que dice la verdad, o no la dice ninguno? Siguiendo el concepto de “las dos campanas”, nunca lo sabremos. Entonces nos convertimos en periodistas-pilatos, nos lavamos las manos, publicamos o difundimos lo que dice cada uno, a cada uno con el mismo espacio, y asunto resuelto. ¿Asunto resuelto? Pues si la tarea es hacer un pésimo trabajo periodístico, claro que es asunto resuelto. Si queremos hacer un trabajo periodístico de verdad, nos quedó bastante por hacer. Para empezar, además de hablar con ambos púgiles, deberíamos consultar a quien pasaba por allí y vio todo lo que ocurría, cómo se originó la pelea y cómo se desarrolló. Y si quien pasaba por allí no tiene ningún parentesco o afinidad por ninguno de los peleadores, mejor aún, es probable que obtengamos información desinteresada y no sesgada.
Uno de los más grandes periodistas de los siglos XX y XXI, el inglés Robert Fisk (fallecido en el año 2020), lo dijo magistralmente al comentar las acusaciones que se le hacían de que sus artículos estaban “sesgados” a favor de Palestina y los palestinos cuando era corresponsal en Medio Oriente: “Si estuviésemos haciendo trabajo periodístico sobre el comercio de esclavos en el siglo XIX, ¿se debería esperar que diésemos el mismo tiempo y espacio al capitán del barco esclavista? ¡No! Lo que hacemos es hablar con los esclavos y averiguamos cuántos de ellos han muerto en el barco. Si hubiésemos estado en la liberación de un campo de exterminio nazi en la II Guerra Mundial, ¿daríamos la mitad de nuestro espacio a las declaraciones del vocero de las SS? ¡¡No!! Hablaríamos con los sobrevivientes para conocer sobre el exterminio de los judíos. Y cuando estuve en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila (1) en Beirut en 1982, caminando sobre los cadáveres, escribí luego sobre los sobrevivientes y sobre las víctimas. No le dí el mismo espacio a las excusas israelíes”.
No es responsabilidad de nosotros, los periodistas, dar espacio a “las dos campanas”. Esa es una ilusión de “objetividad” que no tiene nada de real, y a veces puede ser hasta criminal. Nuestra misión es la de brindar información de calidad a nuestros lectores/oyentes/televidentes. Y eso supone trabajar con honestidad, curiosidad y rigor profesional, lo que significa acercarnos, con nuestras humildes crónicas y entrevistas, lo más posible a la elusiva verdad, a la realidad.
(1) Del 15 al 18 de setiembre de 1982, cuando Israel invadió Líbano y tomó el control de su capital, Beirut, se desarrolló una brutal masacre en los principales campos de refugiados palestinos del país, en las afueras de la ciudad. La masacre, realizada por milicias falangistas libanesas aliadas de Israel y mientras tropas israelíes bloqueaban todas las entradas y salidas de los campos, tuvo un saldo de unas 3.500 personas asesinadas, casi todos ellos civiles. La masacre fue alentada, organizada y supervisada por Israel. Ariel Sharon, ministro de Defensa de Israel, junto a varios de los máximos líderes militares de Israel, incluyendo a jefes de los servicios de inteligencia Shin Bet y Mossad, supervisaron toda la operación desde el tejado de un edificio a sólo 200 metros de una de las entradas de Shatila. Las milicias libanesas utilizaron vehículos, armas y munición cedida por Israel. Sharon fue tiempo después electo primer ministro de Israel y nadie fue nunca juzgado por estos delitos de lesa humanidad, ni en Israel, ni en Líbano ni en ninguna otra parte del mundo.