Minas, martes 13 de enero de 2026. En pleno centro de Minas, una persona, a los gritos, conversa con una pareja de personas de la tercera edad. Como la conversación se desarrolla a una distancia de unos 20 metros, tanto la persona como los integrantes de la pareja gritan, para que el universo entero pueda enterarse de sus opiniones/vivencias/problemas/alegrías.
Pero, más que alegrías se trata de amarguras:
- ¿Vio? Se gastan la plata del pueblo en cargos y viajes.
- Sí, sí, sí, usan la plata de la gente en su beneficio.
- ¿Y vio que crearon nuevos cargos de confianza para sus amigotes y que cobrarán un montón de plata?
- Sí, sí, sí. ¡¡Que festejen ahora, los que los votaron!!
Se trata de una conversación que solía darse (y se da) en el almacén del barrio o el quiosco, y que se da también, potenciada, con casi infinitas variaciones, en redes sociales de internet.
Lo primero: Daniel Ximénez, el primer intendente frenteamplista de Lavalleja en toda su historia, ya explicó más de una vez (sus declaraciones se pudieron conocer a través de nuestras páginas, las de otros periódicos, en radios, TV, etc.) que prácticamente ninguno de los viajes que ha realizado desde que asumió como intendente significó gasto alguno para la Intendencia de Lavalleja ni para los contribuyentes.
Viajó a Buenos Aires más de una vez, pero pagando pasajes y alojamiento de su bolsillo. Viajó a Brasil invitado por una empresa de maquinaria, cuando se estaba evaluando equipamiento para trabajos viales. Finalmente se eligió a otra empresa para proveer a la IDL de la maquinaria. Viajó a Estados Unidos en un viaje familiar. Se trató de dos pasajes ganados en una rifa, que si no utilizaba antes de fin de año, los perdería. Y al mismo tiempo se hubiese comprado, de no viajar, un problema de proporciones con su esposa. No aprovechar dos pasajes gratuitos a Estados Unidos, no es changa.
Por otro lado, ya puede ser conocido por todos que el gobierno de Ximénez no creó nuevos cargos de confianza en el actual presupuesto. La noticia se publicó en Primera Página (y seguramente salió en todos los periódicos y se pudo escuchar por todas las radios, fue una conferencia de prensa pública) y la información es accesible para cualquiera que quiera informarse.
Pero, quizá ahí está el problema.
Quizá, al final, no deseamos informarnos de manera veraz y completa, porque quizá la información veraz y completa no avale o no esté de acuerdo con nuestras ideas.
Quizá, si soy acérrimo opositor al Frente Amplio y al gobierno de Daniel Ximénez, sólo voy a leer, a creer y a difundir -a los gritos en la calle, si tengo oportunidad de hacerlo- la información que me indique o sugiera que Ximénez es un corrupto, un deshonesto. La noticia falsa sobre los nuevos cargos de confianza en la Intendencia de Lavalleja se publicó en redes sociales y se viralizó en Lavalleja, en pocas horas.
Si Ximénez viaja, aunque se pague todos sus gastos, voy a creer y a proclamar -a los gritos, si es necesario y tengo chance- que lo hace con el dinero “del pueblo”. Voy a gritar también , a viva voz, que está creando nuevos cargos de confianza “para sus amigotes” de siempre. Aunque esa acusación no resista el más mínimo chequeo.
Quizá, desde que el hombre es hombre, pero sobre todo en los últimos tiempos, solemos confiar en la información que está de acuerdo con nuestras ideas preconcebidas. Y solemos difundir, defender con uñas y dientes esas ideas que están de acuerdo con nuestros prejuicios. Y solemos rechazar, soslayar, evitar, la información que no reafirma nuestros prejuicios. Es más: ese es uno de los secretos peor guardados de las redes sociales: los algoritmos que deciden qué vamos a ver en las redes sociales (porque todos y cada uno vemos cosas diferentes), nos muestran información (videos, textos,, fotos, noticias) que están de acuerdo con nuestras ideas, con nuestros prejuicios. Si somos partidarios de Israel nuestro Facebook estará lleno de publicaciones que exaltarán a ese país y sus acciones. Si apoyo la causa palestina y me opongo al genocidio de ese pueblo, mi Facebook (mi Instagram, mi Twitter, etc.) me mostrará publicaciones que reafirmarán esas ideas o prejuicios. Aunque por otro lado es bueno saber que los dueños de esas redes sociales han ocultado, minimizado, censurado, por años, muchas cuentas y publicaciones contrarias a Israel o propalestinas.
Las redes sociales hacen dinero, y mucho, en la medida que nosotros, las ovejitas/usuarios/internautas hacemos cada vez más clics, más comentarios, compartimos más veces esas informaciones o noticias con las que estamos de acuerdo. Lamentablemente, ese mecanismo que tanto dinero significa para las grandes multinacionales del mundo (Zuckerberg dueño de Facebook, WhatsApp e Instagram; Elon Musk propietario de Twitter, etc.) refuerza los prejuicios de todos y en definitiva la creciente intolerancia que existe en el mundo.
Hace unas décadas compartíamos mateadas, conversaciones e ideas con quienes pensaban diferente a nosotros, a veces con ideas casi diametralmente opuestas. Escuchábamos y a veces ocurría el milagro: nos convencían, o a veces convencíamos, a través de conversaciones o discusiones amistosas con amigos o conocidos.
Ahora vivimos en el reino del prejuicio instantáneo, apabullante, arrollador. Quienes no piensan igual que nosotros no merecen respeto, ni ser escuchados. A veces, incluso, pensamos que no deberían vivir.
Acostumbrarnos a emitir juicios ya es bastante osado: ¿quién nos contrató o eligió para juzgar a los demás, para juzgarlo todo? No somos jueces, ni de fútbol, ni de pim pom y tampoco, salvo contadas excepciones, del Poder Judicial. Y si los juicios ya son algo más bien osado, los pre-juicios ya son una hecatombe, porque vienen antes del juicio: no importa las ideas o razones que nos muestren o demuestren para intentar hacernos razonar o entender. A nosotros, protegidos por el escudo de nuestros pre-juicios, no nos importará un rábano la información, las pruebas, las razones que indican que estamos equivocados: los prejuicios ya hicieron su trabajo y esos a quienes ya odiamos por la razón que sea, merecen ser condenados en la pira de la opinión pública -a veces incluso reclamamos que sean ejecutados, literalmente-, porque eso es justamente lo que nos indican, infalibles, nuestros prejuicios.
Y, en el siglo XXI, estamos dispuestos a vociferar nuestros pre-juicios y nuestras condenas instantáneas, en las redes sociales o en el centro de Minas, a los gritos, con nuestros vecinos.