Nació en Minas, en el barrio Trelles. Una maestra no le permitió seguir yendo a la escuela porque “mi madre, como no podía comprarme la túnica, iba agregando retazos blancos por todos lados”. Conoció la discriminación desde pequeña y en su elección de vida decidió trabajar y luchar por los más vulnerables, por quienes padecen severos y crónicos problemas de salud mental. Dialogamos con la enfermera Selva Tabeira en Primera Página Dominical.
En 2017, Selva Tabeira recibió el Morosoli Institucional en Derechos Humanos por su trabajo en el Taller Sala 12 del hospital Vilardebó. En la reciente edición, otro tanto ocurrió con el Morosoli de Plata, en idéntica categoría.
¿Cómo recuerda su vida en nuestra ciudad?
Nací en Minas en 1958, en el entonces barrio Trelles, donde está San Cono, antes de llegar al Cerro Partido, en una calle que ahora se llama Mateo Lázaro. A pesar de todo, fue una etapa muy linda de mi vida. Éramos muy, muy pobres. Mi madre llevó a vivir con nosotros a dos de sus tías abuelas, Felipa y Rosa Falero, dos viejitas. Por la radio comunicaron que si nadie aparecía a buscarlas en el Vilardebó las llevarían a la guardia del Etchepare. Así que desde que tengo uso de razón, desde los cinco o seis años, ellas vivieron en casa, donde el único que trabajaba era mi papá. ¿Te imaginas cuál era nuestra situación económica? De todas formas, nos manejamos muy bien. Teníamos unos terrenitos cerca y con mi madre plantábamos de todo un poco: maníes, choclos, zapallos, hasta paja para hacer escobas. Teníamos unas ovejas y como criamos algún que otro chancho, hacíamos embutidos. Aprendí a hacer prácticamente de todo.
Pobreza y dignidad...
¡Sin dudas! Como mi madre tuvo que cuidar a sus tías, yo viví una infancia y una adolescencia en cierto modo abandónica. Con el diario del lunes, una se da cuenta. Cuando una es tan carenciada, como que no mide las carencias, pero tiene la edad suficiente y compara. Me acuerdo de una maestra, Blanca Bertolotti, en cuarto año. Mi madre, como no podía comprarme la túnica, iba agregando retazos blancos, pedazos de tela de ese color por todos lados. La maestra me llamó aparte y me dijo que no podía seguir yendo así a la escuela. Por eso el anterior Premio Morosoli fue tan significativo para mí, porque fui tan discriminada... Iba en pésimas condiciones de higiene y mal vestida a la escuela hasta que la maestra dijo basta. Empecé a usar zapatos a los seis años; hasta ese momento tenía una suerte de zuecos que me hacía mi padre. Entonces, cuando tuve el Premio Morosoli en mis manos, me dije: ¡Pah, qué cachetada! Por todo ello, me dediqué de lleno a las personas carenciadas.
¿Cuándo se radicó en la capital del país?
Fue cuando tenía 19 años. Fui a estudiar enfermería, porque en Minas no era posible en ese momento. El 12 de diciembre cumplí 45 años como enfermera. Me recibí por Defensa Civil, en la época de la dictadura. Empecé a estudiar en 1978 y me terminé dos años después. Empecé a trabajar el 4 de febrero del ‘81 en el Hospital Español.
Nunca eligió el camino fácil, el de los atajos…
No, jamás. Empecé en el Hospital Español -me encantaba, porque todo era cirugía- y en La Fraternidad, después en CEMECO (Cooperativa de Empleados de la Mutualista) y en Empleados Civiles, mutualistas que ya no existen, donde aprendí muchísimo con dos veteranos, porque no había nurses en aquella época, así que vos eras quien hacía prácticamente todo.
¿Cuánto postergó por priorizar a los demás, a los más vulnerables?
Nunca lo sentí de ese modo, pero respondiendo a tu pregunta, postergar sería desde 2008, cuando comencé a trabajar en el Vilardebó. Vi la carencia y el abandono. Ellos sí que son los olvidados del mundo. Entré a la Sala 12, de pacientes crónicos. En ese momento había 32 hombres. Les preguntas cuánto tiempo están allí y te responden que no saben.
¿Cómo es volver a su casa con esa carga emocional tan potente?
No es fácil. Mi esposo me entendía porque tenía un hermano esquizofrénico -quien está cerca de los temas de salud mental, comprende- y mis también, me acompañaron siempre con la cooperativa de vivienda del lavadero. Camilo me ayudaba con las bombas de agua. Aprendí mucho con mi padre y, además, soy una persona muy audaz. Yo los defiendo ante todo y ante todos. ¡No me los toquen! Ellos tuvieron malos ejemplos, pisaron tierra, se hundieron bastante, algunos con consumo problemático de sustancias. Pasó lo que pasó en sus familias porque, lamentablemente, muchos de los delitos fueron en su hogar, principalmente contra su mamá, que es la que siempre está cerca. Quisieron salir, ¡y no sabes cómo trabajan! En este momento en que estamos hablando estoy en la obra, rodeada por ellos.
Hubo un caso que fue público, el del jugador de Danubio y de selecciones juveniles Jorge García, quien mató a su padre y fue derivado al Vilardebó.
Lo tuve en el taller enseguida que se compensó -sufrió un brote sicótico, por eso su situación- y de que se establecieran medidas de seguridad para él. En el taller hicimos el banco con chapitas que le regalamos a Pepe Mujica, que aún está en la chacra. Yo quería tener una casa a medio camino para ellos, sacarlos de Vilardebó lo antes posible. Pepe me consiguió una casa que era del INAU, que se llama El Trébol. Por eso Jorge García salió antes, porque ya había una casa a medio camino. Enseguida que salieron se me ocurrió hacer un lavadero industrial y él entró a trabajar allí. Después se fue con la esposa a Playa Pascual y perdí contacto. Yo le decía a ella: «Vas a ver, va a haber un mañana». Y así fue.
En algún momento, ¿podrá superarse el modelo asilar del Vilardebó?
Si se pudiera replicar lo que hacemos nosotros, no tengo dudas de que sí, pero no ha sido fácil. Damos trabajo y ahora estoy en el complejo de viviendas. Esta experiencia bien podría ser replicada. Pero no, los sistemas no quieren.
No hay voluntad.
No, no hay voluntad. Para nada. De todos modos, de mi parte, sigo y seguiré trabajando y luchando. En general, al Estado no le interesa la salud mental, solo la estadística, que no se maten tanto. Es lamentable y tristísimo. Si no le ponemos un pienso, será cada vez más complejo. Viste lo que pasó el otro día en Santa Lucía, tres familiares asesinados. ¿Cuántos meses hacía que el autor no iba a consulta psiquiátrica, siendo que se trata de un paciente esquizofrénico? ¡Es tan fácil hacer un seguimiento con una computadora, pero tan fácil! Si se nota que no va a la consulta, es obvio que en algún momento va a descompensarse, porque a la medicación la tiene que tomar siempre. ¿Se está esperando que cometa un delito? Es todo muy impersonal, tristísimo.
¿Usted cuenta con contención psicológica? Por aquello de cuidar a quienes cuidan...
No es nada fácil. Yo se lo dije una vez a una monja, Fernanda. No puedo ver ni a un perro abandonado y puedo trabajar con estas personas que cometieron delitos tan graves que mataron a su hija o a su madre. No tengo contención en ese sentido. Me hago como una coraza y estoy focalizada en mi meta. Quiero que estas personas tengan su vivienda, quiero caminar con ellas, entre las viviendas. Que cada una tenga su casa y su trabajo. Es lo máximo que se puede lograr. No puede ser que una persona, por padecer una enfermedad mental, no tenga derecho a una vivienda propia, digna. Tienen derechos, pero en la realidad es muy complejo hacerlos cumplir. Cuando fui a construir las viviendas, recurrí al Ministerio. No quisieron apoyarme. Estaba Tabaré Hackenbruch como ministro y me defendió en pila. Después, cuando fui a conseguir el Instituto de Asesoramiento Técnico para construir, el arquitecto Ismael Castellano, a quien premiaron el otro día, me dijo que no me iba a construir las viviendas porque no trabajaban con pacientes psiquiátricos. ¡¿A dónde me lo vengo a encontrar?! ¡En Minas! Tuve el privilegio de decírselo en la cara. Me quedé hasta el final para decirle: «Usted me dijo que no; yo me hice mi propio instituto, tengo la propiedad, ya tengo los planos, tengo todo. Hasta el pozo de agua me hice. La obra no se va a trancar por nada del mundo».
Se aproximan fechas muy especiales. ¿Cómo se viven en este contexto?
Ellos recobraron todos sus vínculos familiares. Me queda uno, el que está en más compleja situación, el más nuevo y ha costado. Creo que voy a tener que esperar dos o tres años. Algunos de ellos viven en la casa y otros en apartamentos ubicados en la calle Democracia. Arriba del lavadero tengo unos apartamentos y ellos ya están con más autonomía, lograron el cese de las medidas curativas, ya no le deben más al Estado. Me quedan unos cuantos, pero hay que esperar. Hay que ‘convencer’ al juez de que ellos van a poder tomar la medicación, de que van a tener un trabajo y de que van a vivir en una cooperativa de viviendas. Esas condiciones son bien diferentes para los jueces si las comparan con el panorama actual.
Formó su familia y dedicó gran parte de su vida a los demás. ¿Es feliz?
Sí, soy muy feliz. Tengo dos hijos divinos y un esposo igualmente divino que en 2017 sufrió un aneurisma. Justo llegué a casa en el momento en que ocurrió ese episodio. Uno de los chicos, a quien llevé durante dos años a la escuela para que aprendiera a leer y a escribir, cuidó a mi esposo. Venía desde Rivera, había matado a su madre. Eso demuestra que sí se puede, vaya que sí se puede. Lo más importante en la vida es pasar por ella y dejar huella. Humildemente, creo que la estoy dejando. Tengo una nieta de cuatro meses y dos hijos que me adoran, que me acompañan y me entienden. Por las noches, les cortaba el pelo y las uñas. Yo decía: «¿cómo me voy a cansar? ¿Cómo no les voy a cortar el pelo si mis hijos están acostados en casa y no tienen que andar pidiendo que les corten el pelo?» Esos pacientes me ven en la calle y me gritan, me saludan. Entro al hospital de mañana y es una romería, porque gracias a Dios tengo yerba y todos los días la reparto de 8 a 9. ¿Sabes lo que es eso para mí? Es como sentirme una reina».