El avance de la tecnología nos sitúa frente a procesos que se imponen. Pareciera que lo único que eventualmente podrá estar a nuestro alcance será mitigar los impactos negativos, como para que los excluidos a partir de esta nueva realidad no se multipliquen por millones. La Inteligencia Artificial (IA) llegó para quedarse. Por ello es necesario, oportuno y clarificador el análisis que el doctor Juan Raso Delgue realiza sobre el tema en Primera Página Dominical.

¿Cómo se define la IA? ¿Dónde y en qué ramas comenzó a aplicarse?

Técnicamente, la Inteligencia Artificial (IA) es un proceso informático que organiza algoritmos, que a su vez son alimentados por datos -millones de datos; billones de datos-. La rapidez de las computadoras permite que con esos datos se construyan algoritmos (una secuencia lógica y ordenada de instrucciones que permite resolver problemas): eso es lo que en términos sencillos definimos como Inteligencia Artificial. Lo central del proceso son, por lo tanto, los «algoritmos», que a mi me gusta comparar con la receta de una… torta. En la receta tenemos determinados ingredientes (azúcar, vainilla, harina, levadura, huevos, etc.), batimos todos ellos con la intención o finalidad de preparar una torta de crema. Pero también es cierto que si modificamos los ingredientes (por ejemplo, sustituimos vainilla con cocoa), tendremos una torta de chocolate. La sencillez del ejemplo nos permite entender que el producto final estará siempre vinculado a los ingredientes de la receta, la cual puede, además, tener exceso de azúcar o de grasas o de sodio. El problema es que muchas veces vemos la torta, pero desconocemos los ingredientes y la calidad de los mismos. Lo mismo ocurre con la Inteligencia Artificial. La IA importa en la realidad del trabajo, porque al estado actual sus principales objetivos de experimentación son el sector financiero, el e-commerce y las relaciones laborales.

La Inteligencia Artificial (IA) llegó para quedarse
La Inteligencia Artificial (IA) llegó para quedarse

 

Cómo impacta la IA en el mundo del trabajo?

Como ha expresado el informático británico Andrew Ng, «la inteligencia artificial es la electricidad del siglo XXI». Y así como la electricidad impactó en el industrialismo a comienzo del siglo XX, la IA lo hará de forma irreversible en este siglo. El impacto en el trabajo es bien importante. Podría resumirlo en 5 puntos:

  1. a) Primer problema: la «accesibilidad» al algoritmo. Dijimos que el algoritmo es como una receta de cocina, pero desconocemos los ingredientes. Es necesario regular la «transparencia del algoritmo», es decir debe existir una ley que permita a los trabajadores y a sus organizaciones entender si en la decisión aparentemente fría e imparcial de la IA, está escondido un propósito muchas veces discriminatorio o ilegítimo.
  2. b) Segundo problema: la discriminación científicamente concebida. En la lógica artificial es posible producir de modo oculto efectos discriminatorios, introduciendo o eliminando datos en la «receta» del algoritmo (relativos al género, la raza, la edad, el origen nacional, etc.), que alteran la igualdad entre los trabajadores. De esta forma, por ejemplo, en la selección de personal se podría estar favoreciendo el ingreso de unos y no de otros en función de determinadas características personales y no de su capacidad laboral.
  3. c) Tercer problema: la invasión de la vida privada y familiar del trabajador. El uso de los datos personales para la construcción de los algoritmos permite ingresar a aspectos de la vida privada que exceden el vínculo funcional y pueden poner en riesgo el derecho a la intimidad, no solo del trabajador, sino también de su núcleo familiar.
  4. d) Cuarto problema: la presión sobre la productividad del trabajo. La organización algorítmica del trabajo puede llevar a presionar de forma «deshumana» sobre los trabajadores para que aumenten su productividad. Ya no será un capataz o un supervisor quien controle el volumen y la rapidez del trabajo, sino un sistema tecnológico que no tiene momentos de distracción o de pausa. Ello llevará inevitablemente a situaciones de stress y daños a la salud, cuyo estudio comienza a ocupar y preocupar a especialistas en tema de salud psicosocial. La Organización Mundial de la Salud vaticina que la depresión será la principal patología en este siglo.
  5. e) Quinto problema: el control algorítimico. El control tecnológico a través de sistemas de videovigilancia, micrófonos y rastreo por geolocalización serán cada vez más sofisticados. Ya se venden en el mercado instrumentos de control biométrico, ropa y relojes «inteligentes» que permiten la medición de la salud y la productividad de los trabajadores en tiempo real. Ello contribuye a crear en los trabajadores un «clima psicosociológico» de control e invasión de su privacidad, obligándolos a un estado de permanente alerta.

¿En qué instancia de su evolución nos encontramos en la actualidad?

Entiendo que ya estamos en una etapa avanzada de ese proceso que llamamos Inteligencia Artificial. A comienzos de siglo el ser humano instruía al robot; hoy en muchos casos es el robot el que guía al humano. Pensemos en un ejemplo sencillo: la medicina. Muchos médicos ya intervienen en una enfermedad o en una cirugía a partir de las instrucciones que le da la IA. Es realmente un cambio copernicano: Hoy los robots ya no son máquinas que se prenden y se apagan. Tenemos que aprender a convivir con ellos, aplicando decisiones que ya no son nuestras, ser «empáticos» con ellos. Lo lamentable -es mi opinión- es que seguimos viendo esta realidad como una excentricidad, como un cuento de ciencia ficción y nos cuesta comprender el avance realizado por la IA en los últimos diez años.

Ante lo desconocido, se generan miedos, mitos, tabúes, y siempre dependerá del uso que se realice de la tecnología. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Vengo reflexionando mucho sobre su pregunta. De algún modo pasamos de la alta tecnología a la filosofía, que es la forma en que el ser humano medita sobre el entorno en el que vive. ¿La IA es buena o es mala? Como todos los instrumentos creados por el hombre, será buena o mala según el uso que se le dé. Es como el radio descubierto por los esposos Curie, que cura enfermedades y que ayudó a construir armas de destrucción masiva, o como la dinamita de Nobel, que abrió galerías y destruyó vidas humanas. De la misma forma, la IA prestará ayuda y creará problemas a la humanidad. Por supuesto que tenemos miedo: el ser humano siempre teme lo desconocido. Pero no podemos cambiar el futuro. Pensemos en el miedo que tenían a fines del siglo XIX los fabricantes de velas cuando apareció la electricidad. Hoy sabemos que la electricidad no fue un «mal», sino que contribuyó a mejorar la vida y a aumentar el empleo. Lo complejo de la IA es que los cambios son muy rápidos y que exigen una recalificación continua de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades.

¿Se ha legislado sobre esta materia en Uruguay?

El legislador llega tarde en su deber de regular la IA. Existen proyectos de ley desde la anterior legislatura, pero los mismos reposan en los archivos del Parlamento. Otras cuestiones parecen más urgentes -porque son más populares-, y no logramos entender que mientras «hacemos la plancha» legislativa, la IA avanza sin pausas: 24 horas, los 7 días de la semana. Es cierto que se aprobaron recientemente dos normas -la Ley 20.396 de 13/02/ 2025 y su Decreto Reglamentario nº 145/025- pero ellas refieren exclusivamente a los trabajadores de plataformas y el tema de la IA es mucho más extenso y complejo. ¿Qué hacer? Entiendo que el legislador debería mirar hacia realidades que han avanzado; por ejemplo, la legislación de la Unión Europea, donde ya hay importantes regulaciones. Debemos tener la humildad de aprender de aquellos que han avanzado en la regulación de la dimensión digital.

¿Qué sucede con la IA en nuestro país, en comparación con la región? ¿En qué áreas su presencia es ya indisimulable?

Pese a lo que vengo de expresar, Uruguay ha avanzado técnicamente en materia de IA y es destacable el rol que cumple en el país la AGESIC (Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento). A comienzo de año pregunté a un grupo de más de 100 estudiantes universitarios si conocían a AGESIC: nadie levantó la mano. AGESIC es la Agencia Nacional del Gobierno electrónico -un verdadero Ministerio de la IA- pero que a mi entender trabaja a puertas cerradas y por lo tanto pocos conocen su actuación. Recientemente, escribí en mi blog que la «Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información» (AGESIC), organismo que depende de la Presidencia de la República, ha actuado con exitosa autonomía técnica a través de los diversos gobiernos que se sucedieron en estos años. Su principal objetivo es procurar la mejora de los servicios al ciudadano, utilizando las posibilidades que brindan las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. Como ejemplo, ha sido clave su acción en materia de expedientes electrónicos, comunicación vía web con la administración o en cuestiones relativas a la protección de los datos personales. AGESIC ha aprobado un documento donde indica cuáles son los principios para guiar una estrategia nacional en materia de Inteligencia Artificial. ¿Quién los conoce? Es una pena que una institución tan prestigiosa y con un rol tan importante sea absolutamente desconocida por la mayoría de la ciudadanía. Somos un país avanzado en América Latina, pero no siempre logramos las mejores conexiones entre las instituciones públicas y las organizaciones ciudadanas.

¿Qué impacto laboral ya ha generado en Uruguay y cómo se prevé serán los próximos años?

La construcción de los procesos de algoritmos que llamamos IA está impactando fuertemente en Uruguay en muchas áreas de la actividad laboral. Ya no solo las finanzas y el comercio electrónico se alimentan de la IA: pensemos en la medicina, las comunicaciones a través de las redes sociales, los sistemas de geolocalización y de monitoreo de los trabajadores, en la gestión de la seguridad y, por supuesto, en las cada vez más numerosas aplicaciones que aparecen en nuestros celulares. Se habla mucho de salarios y de reducción de la jornada laboral, pero poco se hace en defensa de los trabajadores ante el impacto de la IA. Sin embargo, apareció una primera señal. El caso NAVIS 4. Es un software que permite a los operadores portuarios reducir enormemente los tiempos de operación en la actividad portuaria, alcanzando tiempos óptimos desde que el camión ingresa en el recinto portuario con un contenedor, hasta que sale del puerto a bordo de un barco. A mediano plazo, el sistema reducirá a la mitad la necesidad de trabajo humano y este problema es el germen del conflicto que se produjo en el Puerto de Montevideo. Más allá del tema puntual, en el que no voy a ingresar, es la primera alerta severa sobre los estragos que la IA puede hacer en el mundo del trabajo si no se la regula y se negocian amortiguadores que impidan un daño irreparable a las fuentes de empleo.

¿Cómo debe encararse la preparación de las personas que en poco tiempo se incorporarán al mercado laboral con esta condicionante de la IA?

La formación y la educación serán determinantes en la construcción de las competencias de los nuevos trabajadores. Conjuntamente con los conocimientos naturales de una profesión, será indispensable apostar al aprendizaje digital. En los documentos internacionales más recientes sobre la IA se insiste en la necesidad que los Estados inviertan en la «alfabetización digital».  Hoy muchos jóvenes no tienen acceso a la formación tecnológica, los mayores de 45 años tienen dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, hay desinterés por parte de las empresas de invertir en la formación de individuos más cerca del retiro profesional. Por lo tanto, la formación y aprendizaje en las nuevas tecnologías y en las necesarias competencias laborales debe ser una política de Estado. Son fundamentales a los efectos de defender la empleabilidad. En un futuro inmediato, algoritmos y seres humanos deberán retroalimentarse para desarrollar adecuadamente sus tareas. Formarse en las nuevas prácticas laborales deviene fundamental.

Uno tiende a pensar que la IA suplantará muchos puestos de trabajo. ¿Cómo impactará esto en una sociedad envejecida como la nuestra?

El problema que plantea la pregunta es cómo se sostendrá la seguridad social de los próximos años. Desde el punto de vista laboral-tributario se planteará la cuestión de si los robots deberán aportar a la seguridad social. Es obvio que es una forma de expresarse, pero esconde una verdad: ¿cómo financiar la seguridad social del futuro con menos trabajadores contribuyentes y más máquinas? Las empresas de alta tecnología y robotización avanzada desplazan cada vez más a los trabajadores de cualquier edad, lo que implica también una responsabilidad social que deberá ser regulada. Deberá pensarse en un tributo sobre las ganancias de las empresas con pocos trabajadores y que esté destinado al sistema jubilatorio.

¿Cuál considera será la mejor manera de prepararnos para un futuro que ya es presente, que nos guste o no, terminará instalándose sin preguntarnos nuestra opinión?

No hay otra salida que la educación. Hay que educar a los jóvenes con nuevos planes de estudio que incluyan asignaturas que capaciten en nuevas habilidades para crear vínculos de colaboración con la IA. Pero también hay que educar a los mayores recalificándolos, sin olvidar que luego de los 45 años ya eres una persona mayor, como nos dice la Ley N° 19.973 de 13 de agosto de 2021. Los trabajadores mayores expulsados del sistema de relaciones laborales, difícilmente conseguirán un nuevo empleo y se volverán probablemente personas invisibles para la sociedad.

 

Juan Raso Delgue

Profesor Grado 5 de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Profesor Grado 5 de Teoría de las Relaciones Laborales de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República. Es miembro de número de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Fundador de la Asociación Uruguaya de Relaciones Laborales (AUREL). Codirector, con el doctor Gerardo Cedrola, de la Revista Relaciones Laborales. Es autor de libros y artículos de sus especialidades. Redactor permanente y miembro del Consejo Asesor de la Revista Derecho Laboral, ha dictado conferencias en países latinoamericanos y en universidades europeas.