El 11 de setiembre de 1973, poco tiempo después de que en nuestro país se diera el infame golpe de Estado que derivó en una dictadura que asoló nuestra tierra durante casi 12 años, otro golpe de Estado derrocó al gobierno democrático de Chile, encabezado por el socialista Salvador Allende.

Este, médico de profesión, había intentado muchas veces ganar una elección -la primera vez que fue candidato presidencial fue en 1952-, antes de hacerlo en 1970, encabezando la Unidad Popular (UP), un conglomerado de partidos de izquierda chilenos.

Allende pretendió ensayar una “vía chilena al socialismo”, sin violencia, como alternativa a la “vía revolucionaria”, en aquellos años representada por le Revolución Cubana, con la que su gobierno mantuvo excelentes relaciones diplomáticas y políticas.

El gobierno estadounidense de Richard Nixon ya puso en marcha varios planes para derrocar al gobierno de Allende aún antes de que asumiera. Luego de que lo hiciera puso en marcha otros planes, liderados políticamente por Henry Kissinger y operativamente por la CIA, para derrocarlo. Eso dicen los propios documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos (EE.UU.) que se conocen desde hace unos pocos años.

El gobierno de Allende introdujo cambios que bien pueden ser llamados revolucionarios, por radicales: estatizó varios sectores de la economía (en base a la legislación chilena ya existente) y especialmente la minería del cobre, la principal riqueza del país trasandino. Las grandes minas de cobre habían estabado en manos de empresas de EE.UU., que por artilugios políticos y contables apenas pagaban impuestos al Estado chileno. Además, el gobierno socialista impulsó una reforma agraria, congeló los precios de las mercancías y aumentó de manera masiva los salarios de los trabajadores, entre muchas otras medidas.

El gobierno de EE.UU. no podía permitir un gobierno abiertamente socialista en América del Sur: sus planes para derrocar a Allende finalmente fructificaron gracias al apoyo de la oligarquía chilena, de los principales medios de comunicación de ese país y, para rematarla, de un sector importante de las Fuerzas Armadas, encabezadas por un hombre de confianza de Allende, el general Augusto Pinochet, que incluso era compañero de Allende en su logia masónica.

El 11 de setiembre de 1973 se dio un golpe cruento y violento, cuyo epicentro fue el Palacio de La Moneda, la casa de gobierno, en el centro de Santiago de Chile, donde Allende se atrincheró junto a unos pocos militares, policías y militantes fieles a él y a la democracia. La Moneda fue bombardeada por aviones y blindados dispararon sus cañones contra ella. Allí cayó Allende, fusil en mano. Dicen y al parecer así ocurrió, que Allende prefirió quitarse la vida y morir como un mártir antes que caer prisionero de los golpistas fascistas.

La dictadura de Pinochet, además de miseria y represión para la inmensa mayoría de los chilenos, significó más de 30 mil chilenos que fueron presos políticos -la inmensa mayoría de ellos, torturados salvajemente-, más de dos mil personas asesinadas, 1.102 desaparecidos y más de 200 mil exiliados políticos. Con los años se supo que Pinochet y sus secuaces, además de golpistas y asesinos, fueron ladrones y cobardes: se enriquecieron de manera corruputa y fueron capaces de las maniobras más burdas para evitar ser juzgados, con el retorno de la democracia.

Otro 11 de setiembre, muchos años más tarde, en el 2001, otra infamia sacudió al mundo, con el atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York.

Ese día, terroristas saudíes de la organización Al Qaeda liderada por Osama bin Laden, vinculado a la familia real saudí, estrellaron dos aviones comerciales secuestrados contra estos edificios emblemáticos, provocando la muerte de casi tres mil personas y 25 mil heridos.

El gobierno de Estados Unidos inmediatamente desató su “guerra contra el terror” y al mismo tiempo buscó corresponsabilizar del atentado al gobierno iraquí liderado por Saddam Hussein. En cierta forma lo logró y en base a esa y otras mentiras (como la de que Irak tenía o estaba a punto de desarrollar armas de destrucción masiva, cosa que se comprobó años más tarde era una  mentira absoluta, apoyada de manera entusiasta por casi todos los gobiernos de Europa Occidental), invadió Irak y derrocó al gobierno de Saddam Hussein, al que había apoyado cuando se enfrentó a Irán, años antes.

Como es casi obvio, a EE.UU. le interesaba controlar el petróleo de Irak, uno de los principales productores de oro negro en el mundo. Un célebre periodista británico especializado en Medio Oriente, Robert Fisk, ya fallecido, lo resumió con su brillantez habitual: “si el principal producto de exportación de Irak hubiesen sido los espárragos, Estados Unidos nunca lo hubiese invadido”.

La sed imperial por el petróleo iraquí le costó a ese país más de un millón de muertos civiles a manos del ejército de EE.UU., que perdió más de cuatro mil soldados en esa guerra, para defender y enriquecer a las grandes corporaciones.

Aún muchos años después del derrocamiento y la muerte de Hussein, las encuestas mostraban en EE.UU. que casi el 80% de los estadounidenses creían que el responsable del atentado de las Torres Gemelas había sido Saddam Hussein. Quizá aún lo creen. Un gran mérito de los medios de comunicación masiva de la mayor democracia del mundo.

Ya lo dijo muchos años antes un célebre estadounidense llamado Malcolm X: “Si no tienes cuidado, los medios de comunicación harán que odies a los oprimidos y ames a los opresores”. Malcolm X fue asesinado, como Allende. Y quienes dicen y piensan que fueron asesinados por las mismas instituciones y organismos, son legión.