“Mañana, a las 16 horas, se realizará la ceremonia pública de entrega de la Casa de la Cultura al servicio público. Los actos se cumplirán en el patio de la casa solariega de los Lavalleja”, anunciaba la prensa minuana sobre lo que acontecería el 25 de agosto de 1955. Casi 70 años después, en un acto de estricta justicia, este espacio pionero en el país lleva el nombre de su impulsor, “Académico Santiago Dossetti”.
HACIENDO HISTORIA
Una imagen publicada en redes sociales por Julio Canapá, minuano radicado en París, muestra «el estado en el que se encontraba la casa donde naciera Juan Antonio Lavalleja (hoy Casa de la Cultura) en el año 1902». Canapá agrega: «La foto fue tomada en el mismo año para la realización de una serie de tarjetas postales emitidas en la ocasión de la inauguración de la estatua ecuestre que se encuentra actualmente en Plaza Libertad. Estas fueron impresas por la casa editora montevideana Barreiro y Ramos y esta tarjeta fue la N°5 de aquella serie».
La historiadora Florencia Fajardo Terán decía: «Por su parte, la casa del poblador Felipe Castañeda se encontraba a una cuadra de la Plaza, era lindera a la de Fermín Beracochea, como también la de Manuel Pérez de la Valleja (hoy Casa de la Cultura) y la de Ignacio Fernández».
Esto fue en el año 1784. Según «Historia de Minas», de Florencia Fajardo Terán: Tal vez la casa de Fermín Beracochea, por la información que se maneja estaría donde hoy se encuentra Identificación Civil y sería padre o familiar del coronel Matías Beracochea (conocido por Lazarte)».
El 16 de mayo de 1888, por ley, se realizó la expropiación del predio donde está la casa natal de Juan Antonio Lavalleja en la ciudad de Minas y se elevó a la categoría de ciudad a la Villa de Minas. Por el artículo 3º de dicha ley, «La Casa de Lavalleja, con las reformas que fuere necesaria hacer, sería destinada a Escuela de Varones».
«Sobre la puerta de entrada del edificio se colocará una plancha de mármol con la siguiente inscripción: ‘Aquí nació el Jefe de los Treinta y Tres Orientales, Brigadier General Juan Antonio Lavalleja’. ‘La República, honrando la memoria de aquel héroe, dedica este edificio a escuela pública’», establece el artículo cuarto. Esta plancha fue colocada muchos años después: «En 1955, el día 23 de agosto, por obra del marmolista minuano Ramón L. Fernández, dos días antes de ser inaugurada la Casa de la Cultura, fue colocada la plancha de mármol en su frente. Transcurridos 67 años se dio cumplimiento al artículo 4º de la ley en la cual el Poder Ejecutivo autorizaba el pasaje al Estado de la Casa de Lavalleja».
El inmueble nunca llegó a albergar a dicha escuela, sino que fue destinado a «caballeriza policial» y posteriormente residencia de la familia Aparicio, descendiente de Lavalleja. A esta sucedió la familia Prieto.
LA INAUGURACIÓN
El mencionado artículo periodístico de Diario La Unión, Decano de la Prensa Uruguaya, informaba sobre el programa de actividades a desarrollarse el 25 de agosto de 1955 con motivo de la inauguración de Casa de la Cultura. El programa establecía:
Himno Nacional y dos temas corales de Eduardo Fabini por el coro del Conservatorio Municipal, bajo la dirección de Néstor Rosa.
Palabras del representante del Concejo Departamental de Lavalleja, Santiago Dossetti.
Discurso del ministro de Instrucción Pública y Previsión, don Renán Rodríguez, en representación del Consejo Nacional de Gobierno.
«Oda a Eduardo Fabini» por su autor, el poeta Carlos Sabat Ercasty.
Habilitación del salón de exposiciones y de la Sala Eduardo Fabini.
La jornada contó con la presencia de consejeros nacionales, quienes arribaron a título personal, pues la representación del Poder Ejecutivo estuvo a cargo del ministro de Instrucción Pública, directores de museos, concejales de Montevideo, directivos del SODRE, presidente del Ateneo, legisladores, artistas y familiares de Eduardo Fabini.
En el salón de exposiciones estuvieron presentes algunas obras de Horacio Espondaburu, pintor minuano fallecido en 1902.
En cuanto a la Sala Eduardo Fabini, la esposa del músico, Ema Suárez, donó para Casa de la Cultura de Minas sus obras originales, sus instrumentos (violines, guitarra, piano, armonio y acordeón), vestimenta personal (poncho, talero, etc.), premios recibidos a nivel nacional e internacional, esculturas de Rienzi y Margarita Fabini, cuadros y gran cantidad de fotos de amigos personales (Julio Herrera y Reissig, Pedro Blanes Viale, Santiago Dossetti, Eduardo Lagarmilla, etc.), dos óleos de Manuel Espínola Gómez y Metalo Gilbert.

DON SANTIAGO DOSSETTI
La instalación de la primera Casa de la Cultura del país fue la coronación de un largo proceso en el cual Dossetti fue protagonista.
De padre inmigrante italiano (Santiago Bernardo Dossetti) y madre uruguaya (Margarita Rodríguez Cantera), Santiago Dossetti Rodríguez nació en Gutiérrez, 10ª Sección del Departamento de Lavalleja, el 7 de febrero del año 1902.
Pasó su adolescencia en el pueblo José Batlle y Ordóñez donde, según Aníbal Barrios Pintos, aprendió el oficio de tipógrafo y fundó, junto a Leopoldo Lumillo, el semanario Crónica.
En 1925, luego de un breve pasaje por Montevideo, se radicó en Minas, involucrado en la vida cultural y el periodismo, en primera instancia en La Tarde. En 1932 trabajó en el diario minuano La Palabra, en el que colabora Juan José Morosoli, su concuñado y amigo por siempre. Desde 1933 y hasta 1966 dirigió el diario La Unión.
Asimismo, y dados sus fuertes vínculos con el Partido Nacional, fue nombrado director del Departamento de Cultura y Turismo de la Intendencia Municipal de Lavalleja y secretario del Consejo Departamental.
Durante los dos gobiernos de su partido se radicó en Montevideo integrando el Consejo Directivo del Servicio Oficial de Difusión Radioeléctrica (SODRE), entre 1959 y 1965. En los dos años subsiguientes se desempeñó como director de Programaciones Radiales del mismo instituto. Llegó a ocupar el cargo de vicepresidente de la Academia Nacional de Letras, institución en la cual ingresó en 1972.
En 1958, el ministro de Instrucción Pública le encomendó una misión para estudiar los museos en Europa, viaje que registró metódicamente en una serie de artículos para La Unión.
Si bien su dedicación por el periodismo fue activa y larga, se lo reconoce por la publicación de un solitario libro en 1936: Los Molles, en edición de la Sociedad de Amigos del Libro Rioplatense. Se trata de un conjunto de nueve cuentos, algunos de los cuales había adelantado en el Suplemento Multicolor de los sábados, del diario Crítica de Buenos Aires, dirigido por Jorge Luis Borges y Ulises Petit de Murat, y otros periódicos de Uruguay.
Las historias del libro transcurren íntegramente en un paraje casi desolado de Lavalleja, habitado por un puñado de inmigrantes europeos, afrodescendientes y algunos criollos.
De regreso a Minas, Santiago Dossetti reasumió el cargo de director de Cultura y Turismo de la Intendencia de Lavalleja, del cual se retiró en 1978.
Murió en Minas, el 28 de febrero de 1981.
RELEYENDO A DOSSETTI
«La erección de la Casa de la Cultura es nuestra réplica a los hombres de 1825. Aquel encendimiento inicial -crisol de metales perdurables- ha de integrarse, debe integrarse imperativamente con este ademán labrantío, potencial de ineludibles quehaceres. Empotradas y raigales, las piedras de la fábrica que cobijó a los Lavalleja proclamarán, desde ahora, su vigencia en el pensamiento y la docencia. Nadie podrá arrancar estas piedras con intención de frustrar su destino, porque están vivas, y si lo hacen, salpicarán de sangre caliente. Ningún galeote podrá descuajarlas para arrojarlas a los Quijotes que sueñen más alto que los que hoy sueñan. Si caen, es que habremos caído. Entonces, estos muros ejemplares no tendrán sentido ni estarán sostenidos, como ahora, por fuertes cariátides de vecinos.
Aspiramos a una forma cálida de vasos comunicantes que concilie los tiempos, aquella tarea agónica y esta incertidumbre pacífica. Aquella picada sombría, abierta entre el coraje y la muerte, y este camino claro sobre el lomo de la cuchilla. Esto no es un monumento, en el sentido clásico. Es costumbre llegar al no hacer por los caminos del bronce y del granito. ‘Cuanto más frágil la institución, más sólido el monumento’, dice Mumford. El hombre, en puntas de pie, aspirando a rebasar su propia dimensión, grita, desesperado, su miedo a la muerte y al olvido. Suele salvarse el monumento, pero sin él. No aspiramos a levantar un monumento. Aspiramos a formalizar una sencilla herramienta de trabajo.
Cumplimos un acto de fe en las instituciones, en el porvenir y en el pueblo. Es un estilo de construcción. ‘La piedra da un sentido falso de la continuidad y de la vida’, pero eso sucede cuando se pierde su categoría emocional, su categoría de testigo, herramienta y mensaje.
La mecánica de la sangre está regida por el principio de la alternancia de los golpes fuertes y los golpes débiles. La continuidad biológica, del hombre o la sociedad, está en tales extremos. Ni el tiempo ni la sangre se detienen. El hombre no se baña dos veces en las mismas aguas, advierte un presocrático. No regresamos a los muros vacíos por el placer melancólico de ver caer la tarde. Queremos utilizar de ellos lo que contienen de gravidez moral, de sustancia caliente. Es el instante del golpe débil, rebasados los tiempos de clarines y banderas.
La Casa de la Cultura tiene un programa universal, fortalecido en el humus gordo del lugar. Reservorio y dínamo de valores, suma de sueños, sitio de encuentros fermentales para las generaciones. Aquí funcionarán el Conservatorio Municipal de Música, el Museo de Bellas Artes, la Biblioteca de la ciudad, el Museo Histórico. El esfuerzo convergente de los gobernantes nacionales y departamentales y la generosa comprensión vecinal, renovada en fuertes estímulos, han hecho posible la obra. El resultado es una victoria de la semilla caminadora sobre el musgo y sobre las tentaciones de la monumentalidad. Una victoria de la confianza en la vida y en los valores circundantes.
La primera etapa del plan general está lograda y entra, hoy, en funciones. Los trabajos proseguirán sin interrupciones, porque existen recursos económicos, conseguidos mediante el fervoroso empeño de la Comisión Departamental de Homenajes a Lavalleja. El aporte municipal se mantendrá en su total vigor, como corresponde a las proyecciones espirituales de la empresa. Los técnicos no aflojarán los resortes de su devoción ni los obreros dejarán caer los brazos, porque saben que eso sería una forma de traicionarse.
Rebasando el contenido de los símbolos, adelantándose a su plenitud, la Casa de la Cultura trae un recóndito mensaje, encendido por la presencia de los instrumentos, pertenencias hogareñas y papeles de Eduardo Fabini. Todo en él era anteico y este retorno a su tierra, agrega fuerza a la fuerza, claridades a su permanencia, proximidad humana a las distancias de la inmortalidad. Se repite la parábola del regreso, cumplida en los ‘tristes’. Se repite para permanecer, celeste y raigal. Aquí volverán a encontrarse los temas bautismales con los emocionados campesinos de Salus y Solís. Como se encontraron en la música fabiniana, para echar a andar y marcar el rumbo definitivo.
La compañera del artista, doña Ema Suárez de Fabini, ha hecho la entrega fundamental, a través de la cual el pueblo palpitará en las profundas corrientes y se sentirá vivir junto a quien supo expresarlo. Son bienes que ingresan al acervo de la ciudad, inseparables de su historia y de sus certidumbres. En esta actitud de los suyos, Eduardo sigue dándose, en el área vecinal, más allá de la cal de sus huesos. Ha llegado, también, el aporte comprensivo de Margarita, don Enrique y el Dr. Camilo Fabini. Por los mismos canales circularán los fabinianos todos y lograremos una colección de antecedentes para situar una instancia del proceso musical del país.
La aventura del hombre tiende orgánicamente a culminar en la libertad. La cultura debe ser una forma de servicio elemental a la libertad. Pero se frustraría como doctrina y como sueño si no estuviera al servicio de la fraternidad humana. Importa tanto ser libre y culto como ser bueno. Y estas paredes deben trascender ese mensaje y ese programa de vida, para realizarse integralmente, en el corazón humano y en el ancho camino de los días. En nombre del Concejo Departamental de Lavalleja entrego al cuidado y beneficio de la ciudad esta Casa de la Cultura. La entrego con devoción recóndita con confianza acendrada en su destino, como quien entrega una semilla caliente, largamente apretada entre las manos».
Santiago Dossetti. Acto de inauguración de la Casa de la Cultura (Minas, 25 de agosto de 1955).
Revista Minas, octubre de 1955.
DOSSETTI POR ALMA
Alma Dossetti, su hija, lo describió como “un hombre bastante difícil de carácter, enérgico, tozudo y lo que él quería hacer, se hacía. Con nosotros, siempre fue muy benévolo. Nos daba algún rezongo y creo que la única vez que le dieron una palmada a mi hermano ‘Pucho’ -Lacio-, fue porque andaba en bicicleta adentro de la casa. Vivía la vida plenamente. Le gustaba mucho leer y disfrutar de la vida de la campaña y, cuando podía, se iba a su campo -unas pocas cuadras compradas junto a Morosoli, en Puntas de Pan de Azúcar-, con sombrero de paisano, de ala ancha, a plantar árboles, regarlos, matar hormigas... Era de dar consejos, siempre nos apoyó y constantemente nos estaba apuntalando. Siempre fue un soporte para nosotros, sus hijos». Recordaba las caminatas al arroyo, a la rambla y una visita «al enorme taller de José Belloni, inmensos galpones llenos de escaleras y moldes”. Los domingos eran especiales. Se reunía toda la familia para escuchar los queridos cuentos de Nico Pérez “que eran de llorar de risa. Papá nos contaba de la época en que aparecieron los dos primeros automóviles en Nico Pérez que tuvieron la mala suerte de chocar de frente en una esquina». Una vez, venía con un primo, tuvo una diferencia con él y decidió bajarse del auto. “Había llovido muchísimo y al bajar quedó con el agua hasta el cuello, porque era chiquito. Estaba tan furioso que no se dio cuenta de que había una creciente bárbara. Era de enojarse, pero enseguida se le pasaba”. Una de las imágenes más recordadas es la de don Santiago “en las cálidas noches de verano, sentado en su silla de paja con brazos, en la vereda de la casa de calle Ituzaingó. Mamá en otra silla y nosotros en el escalón o en el cordón de la vereda”.
Fuente: Semanario AREQUITA, 28 de enero de 2005.